lunes, 3 de julio de 2017

El viejo habitado de olvido

Un aliento gélido me mordió la piel al acceder a las entrañas de aquel santuario. Las paredes rezumaban humedad y el moho crecía a corros. La escasa luz que penetraba por las ventanas acuchillaba las tinieblas que envolvían la estancia.

Como cada tarde a la misma hora, lo vi hervir agua para preparase un té. Esta vez tampoco le añadió azúcar. "Amargo, como la vida", solía alegar. Y en su caso, así era. Tomó una cucharilla entre sus manos encalladas y removió el contenido de la taza. Después, encendió su desgastada pipa y le dio una calada. Le observé mientras se recostaba en la mecedora en un intento por recordar.

El tiempo y la miseria habían dibujado líneas sinuosas en su rostro curtido por el sol y marcado por alguna enfermedad. El cabello largo y plateado caía sobre sus hombros. De pronto, sus diminutos ojos grises, chispeantes y encharcados en lágrimas, descansaron sobre los míos.

- Sólo logro distinguir su rostro- musitó con la voz rota, como su alma de pirata.

Se aproximó a la rústica mesa de madera que presidía la habitación, encendió el candil y se inclinó para coger la pluma y comenzar a escribir. Bajo la luz tenue, pude apreciar esa caligrafía elegante que revelaba la altura de su linaje; muy diferente a la existencia de polvo y sombra en la que había anidado la costumbre. Lunes de borrachera, martes de resaca. Y el resto de la semana, asustando críos a la salida de la escuela, 
regalando flores silvestres a distinguidas damiselas o tocando un ukelele al que le faltaban un par de cuerdas. 

Soltó la pluma poco antes de que el aceite de la lámpara se agotara. El manuscrito era un entramado de sueños, recuerdos y momentos inconexos. Pero hablaban de ella. 
Una esperanza esculpida como una presencia en la memoria. Y al acabar la lectura, yo también pude contemplar su semblante. 

jueves, 8 de junio de 2017

Llamadas

L u z
E S P E R A N Z A
F u e g o
A g u a
C a r i c i a
A b r a z o
R e f u g i o
P u e n t e
C a y a d o
A c e i t e,  v i n o
S a l


Luz que ilumine las noches.
Fuego que proporcione calor.
Agua que sacie y limpie.
Caricia que provoque ternura.
Abrazo que reconforte, que haga sentir en casa.
Refugio que se convierta en acogida sin preguntas.
Puente para conectar personas y facilitar la comunicación, la tolerancia.
Cayado que sea apoyo en el que sostenerse frente al cansancio y las caídas.
Aceite y vino que sanen las heridas.
Sal para dar sabor y sentido a todo lo anterior.


"La esperanza no es la certeza de que algo saldrá bien, sino la convicción de que todo tiene sentido, independientemente de cómo resulte"

viernes, 19 de mayo de 2017

El plan de Anteros

«La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, tomados de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas raras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban conduciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido».- Arthur Conan Doyle

A todos los sueños absurdos que invaden mis noches.

No era un día habitual en Hyde Park. Amaneció nublado, pero los rayos de sol lucharon con insistencia contra los nubarrones que tintaban el cielo de gris y por fin, el azul había invadido el territorio celeste. Por ese motivo, Teresa aprovechó para salir con las dos niñas que cuidaba. Era domingo y a las peques les encantaba caminar por los jardines y subirse en las barcas para navegar por el lago Serpentine. Ella también disfrutaba, aunque no podía evitar sentir cierta nostalgia por Madrid, su ciudad natal, y por el parque del Retiro.

Esa mañana, a mitad del paseo, Teresa había recibido un whatsapp inesperado. Ángel había recorrido los más de mil kilómetros que separaban Madrid de Londres para intentar arreglar lo suyo. “Lo nuestro" lo había llamado él, aunque ella tenía serias dudas sobre si seguían teniendo algo en común. 

Pero lo heroico del gesto de Ángel no era el viaje en sí, sino cómo lo había hecho: en coche. Y después de dos largos meses desde la ruptura. “¿No podía ser una persona normal y tomar un avión?”, pensó ella. Quizás deseaba sorprenderla así, pero consiguió el efecto contrario. ¿Qué pretendía demostrar? Aquello que tanto le había llamado la atención cuando lo conoció, ahora sólo la ponía de mal humor. Tal vez era porque, tras ese esfuerzo, era incapaz de decirle que no y mandarlo directamente a freír espárragos.

Quedaron esa misma tarde en Piccadilly Circus. Ella trabajaba en Manor House, podría coger la línea directa del metro y en veinte minutos llegaría sin problemas. No imaginaba que las cosas pudieran complicarse ni que el destino tuviera otros planes.

Él se encaminó hacia su cita con dos horas de antelación. No podía dormir y no aguantaba un minuto más de espera en aquel rancio cuarto del hostel, que no había tenido más remedio que compartir con desconocidos que le miraban raro. Las paredes pintadas de color remolacha más una única y diminuta ventana, que dificultaba la ventilación, le estaban causando claustrofobia. Hacía un siglo, ese edificio había sido una cárcel que había albergado a cientos de personas hacinadas, sin más vistas que el cielo oscuro y a menudo cargado de lluvia en la ciudad de Oliver Twist

Se había vestido con su camisa blanca favorita y la americana de las ocasiones especiales. Ante todo, no perder la clase ni la elegancia. Montó en su coche recién comprado y estuvo dando vueltas, estudiando donde podía aparcar para acercarse andando. Casi a la hora exacta en que Teresa comenzaba su tiempo libre, condujo hacia allí. Con un poco de suerte, podría recogerla, haciéndose el sorprendido por el encuentro. Atisbó una plaza de aparcamiento y se dirigió hacia ella. Sin embargo, no aparcó. 

- Hey, friend! Do you speak spanish, please? ¿Español? Necesito una manita… Help.– un hombre joven salió del vehículo estacionado justo detrás de la plaza libre. Tenía las mejillas y las manos sucias. Parecía que su coche le estaba dando problemas.

Ángel negó con la cabeza y continuó buscando sitio. No podía perder tiempo ayudando a ese pobre desesperado y tampoco le daba confianza abandonar su coche junto al de él. “No pierdas la paciencia, ya encontrarás un lugar mejor", se animó a sí mismo, mirando de reojo la hora que marcaba el reloj de su móvil.

Ella, por otra parte, había tenido una tarde de locura. Una de las niñas se había puesto enferma con vómitos y fiebre. Ni corta ni perezosa, cogió el coche de su patrón y la llevó a urgencias. Mientras le hacían pruebas a la menor y su hermana se dedicaba a patinarse por los pasillos, Teresa intentaba localizar a los padres. Acudieron al hospital cuando la situación se había calmado y la pequeña descansaba en una cama de una fría habitación, con paredes blancas y olor a desinfectante.

Salió más tarde de su hora y además tenía devolver el automóvil, porque los señores Shepard habían llegado en sus otros vehículos. Sin embargo, la suerte parecía sonreírle. Encontró un sitio amplio en Manor House, próximo a la estación de metro. “Cuándo regrese lo llevaré al garaje. No creo que a Mr. Shepard le importe por un rato", se autoconvenció con optimismo.

- Hey, friend! Do you speak spanish, please? - alguien interrumpió sus pensamientos. 

martes, 25 de abril de 2017

Amanece, que no es poco

"La utopía está en el horizonte. 
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. 
¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar".
- Eduardo Galeano -

Hay personas que siempre están contentas y derrochan energía. Otras, en cambio, respiran queja y amargura perpetua. Y luego está la gente como yo, cuyo estado de ánimo es una montaña rusa que no se ha diagnosticado como trastorno bipolar porque no llegamos a los extremos de depresión y manía (euforia).

He tenido un gran curso. De hecho, desde el mayo pasado, ha sido mi año de la esperanza, la calma y la alegría interior, a pesar de los malos ratos. Me preguntaba si sería capaz de continuar con esa esperanza como actitud existencial cuando me sobreviniera la crisis.

Y aquí estoy: esforzándome por permanecer fiel a esa promesa. No me traumatiza estar de bajón. Llevo como dos meses más flojilla y yo diría que comienzo a ver la luz. Es una etapa que pasará como tantas otras y seguramente dejando una enseñanza, un sentido y una retahíla de logros por haber sobrevivido.

Las crisis casi nunca son consecuencia de las circunstancias. Creo que mis circunstancias vitales actuales no pueden ser mejores (o sí, pero son muy buenas), sin embargo... 

Dicen que los momentos difíciles nos ayudan a crecer, pero también nos resitúan, nos hacen ver en qué hemos fundamentado nuestra felicidad, que suele ser en cosas provisionales, que se pierden o se truncan: mis sueños y proyectos, mis habilidades, mi estatus social, otras personas (pareja, amig@s, hij@s...), el trabajo o el estudio... Que puede ser muy sano y necesario, mas no lo principal. No obstante, pienso que hay que enamorarse de todo eso para vivirlo con intensidad.

Vivir la urgencia de lo cotidiano con corazón sencillo. Esta frase parece condensar lo que he estado rumiando durante la semana. Hay tantísimas cosas rutinarias por las que me siento agradecida... desde la naturaleza, el sol, la familia, mi perrica, la música, los libros, seguir aprendiendo y avanzando, compartir momentos con las personas a las que queremos, haber conocido a tantas otras que nos ensanchan el corazón, las sonrisas de desconocid@s, palabras o gestos espontáneos que no esperabas y te cosquillean por dentro, las oportunidades de tener experiencias únicas e irrepetibles... ¿Por qué no ver en esto pequeños milagros diarios? Que podían no realizarse, ¡pero nos suceden! Tampoco pueden cimentar la vida, pero vivir desde el agradecimiento por lo que cada día se nos regala, te cambia la mirada. Te ubica, aun cuando estás “chof”.

Parque Yamaguchi (Pamplona-Iruña)

Una vez, hablaba con una amiga de que sabía todo lo que había hecho por mí otra persona, que ambas conocíamos, y que yo no había sido capaz de agradecérselo, al contrario, me había portado fatal. “Pero te das cuenta. Eso ya es mucho”, me contestó. Sí, tengo la suerte de tener una amiga especialista en consolarme. Y además, que es verdad. Ser consciente de lo que somos, tenemos, disfrutamos, decimos y pensamos, cómo y desde dónde lo hacemos es importante. Aunque quizás no sea suficiente.