domingo, 18 de enero de 2026

Querida yaya,

Ayer cumpliste 93 años, pero ya hace ocho que empezamos a perderte. Desde que se fue el abuelo, tú comenzaste también a irte en silencio, como has hecho las cosas siempre.

No imaginas cómo me duele verte así. Lo he normalizado, casi acostumbrado, pero toda esa fachada se derrumba cuando recuerdo cómo has sido. 

La mujer con la bondad y el mar en la mirada. Aquella a la que se le iluminaba la cara con una sonrisa cuando nos veía aparecer. La de las comidas inigualables. La que nos daba dinero a escondidas, como si fuera droga. Ese tópico tan real. La que me cuidaba y me esperaba en casa, cuando mi madre no estaba, dispuesta a cumplir cualquier capricho, que no eran muchos. La que se mantenía cuando todo alrededor se tambaleaba.

La mujer que agarraba mi mano tan fuerte. La determinada a soportar de pie una cabalgata de Reyes y hacerse con todos los caramelos posibles para dármelos después. Con la que he compartido tantos domingos en la naturaleza. La que contaba su vida cada vez que se lo pedía. La que nos ha querido a todos los nietos por igual, pero te hacía sentir la preferencia. La que pedía paz en los enfrentamientos. La que jugaba conmigo a las cartas. Una abuela a un abuelo pegada. Pareja increíble. Abuelos perfectos. 

Me da miedo y tristeza olvidar tantos recuerdos tras estos ocho años de deterioro y enfermedad. Me da miedo no estar a la altura como tú lo has estado siempre. Mirar para otro lado, como a menudo hago, para no ver una realidad que me perfora por dentro.

Y me entristece pensar que tras una vida de tanto amor, trabajo y esfuerzo, de ser luz para tantas personas, tu vida acabe de esta manera: sin saber quién eres, sin saber quiénes somos, sin poder moverte, comunicarte, ni hacer nada por tu cuenta. Con la mirada perdida y el cuerpo llagado. No me parece justo y no creo que vaya a entenderlo nunca ni a encontrarle un sentido elevado, más que asumir lo que acontece como viene. Y afrontarlo.

Sólo quiero darte las gracias, aunque ya no puedas escucharme. No hay abuela mejor, ni persona mejor que tú.

Gracias por todo lo que no recuerdo y por aquello de lo que ni siquiera fui consciente. 

Gracias a la vida por haberme dado lo más precioso.

Puedes irte cuando quieras. No te preocupes, estaremos bien. Y prometo cuidar de esa parte de ti que tan profundamente dejaste en mí, como el mayor regalo. Aunque sienta que mi historia vaya a ser algo más triste para siempre desde que no estáis.

Te quiero mucho.

"Caen las hojas, ¡pobres hojas!
Como sueños que se van…
Y en su caída armoniosa
Algo dicen al pasar.
Dicen la eterna historia
De la vida y del dolor;
Que todo pasa y se acaba,
Que sólo eterno es el amor."

- Amelia Denis de Icaza -


lunes, 8 de diciembre de 2025

Luz y herida

No vivo en los mundos de Yupi.

No creo que la realidad sea flores y mariposas.

Nada es perfecto.

No soy tan naif

aunque lo parezca.


Sé bien que en todo hay una herida,

un vacío de amor.

Una soledad profunda 

donde nadie puede llegar.

Una intimidad última 

imposible de invadir.


Yo misma lo he descubierto:

un veneno que me penetra

desde la infancia hasta ahora

y que persiste en su absurdo.


¿Cómo es posible que un dolor tan grande 

nazca de los vínculos más estrechos,

de aquellos en los que deposité mi confianza 

y mis seguridades?

¿Qué nivel de conciencia,

de intención

y de toxicidad es real?

¿Cómo encontrar el punto medio

en esta tensión ponzoñosa

entre permanecer

y salir corriendo?

No soy una víctima.

O todas lo somos un poco.

Mucha es mi fortuna 

y esto no es una queja.


Reconozco que mi lengua

no es puñal,

quizás sí mi silencio

y la distancia que necesito 

para no caer en prisiones ajenas

ni en palabras que infrinjan 

un daño mayor.


Nadie lo sabe.

O tal vez sí,

pero una muralla de helada indiferencia 

ha impedido la construcción de puentes.

¿Cómo es posible?

Se puede defender lo indefendible.

(¿Se puede defender lo indefendible?)


No lo juzgo

-o al menos, lo intento -:

"todas tenemos lo nuestro".

Puede que no estemos preparadas.


Nadie lo creería.

Pero yo lo sé,

lo siento,

como un agujero negro

en el centro del pecho.

Y ya se sabe cuál es la naturaleza

de esas grandes masas de oscuridad.

jueves, 16 de octubre de 2025

Pequeña

Una mujer pequeña, encorvada en la acera.

Anochece, la luz se va extinguiendo
y las siluetas se difuminan en la brisa
del otoño.

Y ahí. En medio...

Una mujer de cabello cano y el rostro lleno de pliegues.

Miro lo que mira. 

Un insecto volador se mueve por los adoquines sin levantar el vuelo.

Se da cuenta de que la observo. 

Señala con el dedo al himenóptero 

y ríe, divertida.

Le devuelvo la sonrisa con ternura.


Una anciana plantada en mitad de la acera.


Sosteniendo el peso del mundo.

Admirando la realidad insignificante,

todavía descubriendo la belleza,

incluso en lo deleznable.


sábado, 13 de septiembre de 2025

Salvación

"¿Por qué he tardado tanto en comprender

mi lugar en la vida junto a aquellos

que habitan en los márgenes?

Una luz cegadora me mostraba espejismos."

- Víctor Herrero de Miguel -


Por fortuna, trabajo atendiendo personas.

Y sí: a veces pierdo la paciencia.
Me puede la demanda constante,
el nivel de exigencia,
la agresividad, el teatro de algunos,
el llanto sin lágrimas, 
la falta de ganas,
de movimiento;
la mentira evidente 
o velada.

Y pienso en términos de
"parásitos sociales" o me digo
que "ante el vicio de pedir..."

Pero además hay verdad,
heridas de infancia,
injusticia,
mochilas llenas,
esfuerzo, valor, lucha.
Historias que contar.

En el fondo
existe una certeza mayor: