"Señor, mi corazón no es soberbio
ni mis ojos altivos;
no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles para mí;
sino que en silencio y tranquila
he mantenido mi alma;
como una niña pequeña en el regazo de su madre,
reposa mi alma en mí.
Espero en el Señor, desde ahora y para siempre"
- Salmo 131 -
Hay viajes que se preparan durante meses y otros que llegan casi por casualidad. Mi viaje a Asís pertenece a los segundos. No fui por la ostensión de los restos de San Francisco. En realidad, viajé porque tenía unos días de vacaciones y encontré un vuelo barato.
Salí de trabajar después de una jornada especialmente estresante y, de madrugada, tomé el autobús hacia el aeropuerto de Barajas. Aquella noche estaba nerviosa. Era la primera vez que viajaba sola al extranjero y la oscuridad siempre agranda un poco las preocupaciones. Tras varios autobuses y trenes, y después de algunos gestos amables con desconocidos durante el trayecto, todo empezó a ponerse en su sitio y a ilusionarme.
En el avión me tocó ventanilla. Madrid estaba cubierto de nubes, pero al atravesarlas apareció un cielo de mi azul favorito. Bajo nosotros quedaba un mar de nubes blancas y algodonosas que parecían invitar a saltar sobre ellas. En ese momento, pensé que la vida se parece a mirar un tapiz por el reverso: vemos los hilos sueltos, el trabajo técnico, el desorden. Pero no alcanzamos a ver la belleza del dibujo completo.
Quizá por eso había llegado hasta allí con una pregunta incómoda. A veces, me siento un poco extraña dentro de mi propia vida de fe. No siempre cumplo lo que se supone que debería, ni encajo del todo en ciertas expectativas. Y, sin embargo, voy teniendo intuiciones de que quizá vivir en libertad está por encima de ajustarse a normas rígidas o a miradas ajenas.
Llegué a Asís con cierto temor. Brillaba esa luz especial de Italia y, desde el primer momento, supe que todo saldría bien. Cada día encontraba pequeños signos y personas que me confirmaban que aquel viaje tenía sentido. Como si caminara sostenida, llevada de la mano.
La sensación más profunda que me acompañó durante esos días fue la de ir en el regazo del Padre, como una niña. Es una certeza que a veces aparece en mi vida y que con frecuencia olvido. En Asís volvió a hacerse clara.
Mi primera parada importante fue la Porciúncula. Allí, casi sin haber empezado aún el viaje, me impusieron la ceniza. Me maravilló comenzar así la aventura: con ese gesto sencillo que recuerda la fragilidad humana y, al mismo tiempo, la llamada a volver al corazón.
Los primeros días, la ciudad estaba tranquila y especialmente bella. Todavía no habían llegado las grandes oleadas de peregrinos. Podía caminar despacio por las calles y acudir a rezar con los frailes del Sacro Convento. Disfrutaba especialmente de su canto.
En Asís, confirmé algo que ya intuía: que el Señor se deja encontrar en lo pequeño. En el canto constante de los pájaros, en los tímidos rayos de sol del invierno, en la oración comunitaria de los frailes.
Durante esos días, me perdí por las callejuelas empinadas (me tenía que controlar para no ir tocando cada piedra de cada arco y parecer una loca), y recorrí a pie muchos de los lugares vinculados al franciscanismo: San Damián, Rivotorto, Santa Clara, frente al Crucifijo... Incluso dediqué un día a visitar la cercana Perugia, donde un Francisco de unos veinte años cayó prisionero. ¿Qué no experimentaría allí alguien con su sensibilidad?
Pero más allá de los lugares, lo que permanecía era una paz honda que aparecía una y otra vez en la oración. Me bastaba con cerrar los ojos, ya fuera en un templo o en medio de la naturaleza. Y no hacía falta nada más para entrar en comunión con el mundo. Deseaba acercar a esa paz a todas las que no la tienen, a todas las que sufren la noche.
Mi primera decepción llegó cuando supe que, debido a la preparación de la ostensión, no podría bajar a rezar a la cripta, donde se encuentra la tumba de Francisco y que, con mucho, es mi lugar preferido en el mundo. Confieso que todo aquello me parecía un poco extraño, incluso algo teatral. Durante esos días, la basílica dejó de ser un lugar de oración para convertirse en un lugar de paso, previa reserva, también para las misas.
Y, sin embargo, aquella limitación terminó siendo un regalo. Me obligó a descubrir otros lugares de la ciudad que en peregrinaciones anteriores, habían pasado desapercibidos.
Volví una y otra vez a la Porciúncula, ese pequeño santuario donde Francisco pasó tantos momentos decisivos de su vida y donde cruzó el último umbral conducido por la hermana muerte. En el paseo hasta allí, me enamoré de las vistas del precioso paisaje medieval y de unos versos de Dante sobre el Poverello, a quien describe como una nueva luz para el mundo.
También encontré una paz inesperada en San Damián, donde los frailes, sobre todo los más jovencicos, me recibían siempre con una sonrisa.
Pero hubo un lugar que me tocó especialmente y que estaba al lado de mi residencia: la pequeña Chiesa Nuova, levantada donde estuvo la casa de infancia de Francisco. Allí me sentí particularmente cerca de ese Francisco joven, incomprendido, que empezaba a escuchar la voz de su propio corazón. En la entrada se puede leer una pequeña carta de acogida, y a través de esas letras, me sentí bienvenida.
Cada tarde, tres frailes ancianos celebraban allí la Eucaristía y rezaban vísperas en compañía de apenas dos personas. Su presencia era tan simple que parecía contener toda la esencia de la vida franciscana. Estar. Cantar. Mirar con bondad a quienes llegábamos. Aquella simplicidad me hizo pensar que quizá no hay misión más grande que esa.
Entonces comprendí algo que a menudo olvido: que lo que necesito suele estar más cerca de lo que imagino. Pero muchas veces me dejo deslumbrar por el brillo de lo más visible o lo más extraordinario.
Otro de los grandes descubrimientos del viaje fue la naturaleza que rodea Asís. En lugares como el Eremo delle Carceri o el Bosco di San Francesco sentí con especial claridad que la espiritualidad de Francisco nace de esa relación íntima con la creación.

