jueves, 12 de marzo de 2026

Donde cantan los pájaros

"Señor, mi corazón no es soberbio
ni mis ojos altivos;
no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles para mí;

sino que en silencio y tranquila 
he mantenido mi alma;
como una niña pequeña en el regazo de su madre,
reposa mi alma en mí.

Espero en el Señor, desde ahora y para siempre"
- Salmo 131 -

Hay viajes que se preparan durante meses y otros que llegan casi por casualidad. Mi viaje a Asís pertenece a los segundos. No fui por la ostensión de los restos de San Francisco. En realidad, viajé porque tenía unos días de vacaciones y encontré un vuelo barato.

Salí de trabajar después de una jornada especialmente estresante y, de madrugada, tomé el autobús hacia el aeropuerto de Barajas. Aquella noche estaba nerviosa. Era la primera vez que viajaba sola al extranjero y la oscuridad siempre agranda un poco las preocupaciones. Tras varios autobuses y trenes, y después de algunos gestos amables con desconocidos durante el trayecto, todo empezó a ponerse en su sitio y a ilusionarme.

En el avión me tocó ventanilla. Madrid estaba cubierto de nubes, pero al atravesarlas apareció un cielo de mi azul favorito. Bajo nosotros quedaba un mar de nubes blancas y algodonosas que parecían invitar a saltar sobre ellas. En ese momento, pensé que la vida se parece a mirar un tapiz por el reverso: vemos los hilos sueltos, el trabajo técnico, el desorden. Pero no alcanzamos a ver la belleza del dibujo completo.

Quizá por eso había llegado hasta allí con una pregunta incómoda. A veces, me siento un poco extraña dentro de mi propia vida de fe. No siempre cumplo lo que se supone que debería, ni encajo del todo en ciertas expectativas. Y, sin embargo, voy teniendo intuiciones de que quizá vivir en libertad está por encima de ajustarse a normas rígidas o a miradas ajenas.

Llegué a Asís con cierto temor. Brillaba esa luz especial de Italia y, desde el primer momento, supe que todo saldría bien. Cada día encontraba pequeños signos y personas que me confirmaban que aquel viaje tenía sentido. Como si caminara sostenida, llevada de la mano.

La sensación más profunda que me acompañó durante esos días fue la de ir en el regazo del Padre, como una niña. Es una certeza que a veces aparece en mi vida y que con frecuencia olvido. En Asís volvió a hacerse clara.

Mi primera parada importante fue la Porciúncula. Allí, casi sin haber empezado aún el viaje, me impusieron la ceniza. Me maravilló comenzar así la aventura: con ese gesto sencillo que recuerda la fragilidad humana y, al mismo tiempo, la llamada a volver al corazón.

Los primeros días, la ciudad estaba tranquila y especialmente bella. Todavía no habían llegado las grandes oleadas de peregrinos. Podía caminar despacio por las calles y acudir a rezar con los frailes del Sacro Convento. Disfrutaba especialmente de su canto. 

En Asís, confirmé algo que ya intuía: que el Señor se deja encontrar en lo pequeño. En el canto constante de los pájaros, en los tímidos rayos de sol del invierno, en la oración comunitaria de los frailes.

Durante esos días, me perdí por las callejuelas empinadas (me tenía que controlar para no ir tocando cada piedra de cada arco y parecer una loca),  y recorrí a pie muchos de los lugares vinculados al franciscanismo: San Damián, Rivotorto, Santa Clara, frente al Crucifijo... Incluso dediqué un día a visitar la cercana Perugia, donde un Francisco de unos veinte años cayó prisionero. ¿Qué no experimentaría allí alguien con su sensibilidad?

Pero más allá de los lugares, lo que permanecía era una paz honda que aparecía una y otra vez en la oración. Me bastaba con cerrar los ojos, ya fuera en un templo o en medio de la naturaleza. Y no hacía falta nada más para entrar en comunión con el mundo. Deseaba acercar a esa paz a todas las que no la tienen, a todas las que sufren la noche.

Mi primera decepción llegó cuando supe que, debido a la preparación de la ostensión, no podría bajar a rezar a la cripta, donde se encuentra la tumba de Francisco y que, con mucho, es mi lugar preferido en el mundo. Confieso que todo aquello me parecía un poco extraño, incluso algo teatral. Durante esos días, la basílica dejó de ser un lugar de oración para convertirse en un lugar de paso, previa reserva, también para las misas.


Y, sin embargo, aquella limitación terminó siendo un regalo. Me obligó a descubrir otros lugares de la ciudad que en peregrinaciones anteriores, habían pasado desapercibidos.

Volví una y otra vez a la Porciúncula, ese pequeño santuario donde Francisco pasó tantos momentos decisivos de su vida y donde cruzó el último umbral conducido por la hermana muerte. En el paseo hasta allí, me enamoré de las vistas del precioso paisaje medieval y de unos versos de Dante sobre el Poverello, a quien describe como una nueva luz para el mundo. 

También encontré una paz inesperada en San Damián, donde los frailes, sobre todo los más jovencicos, me recibían siempre con una sonrisa.

Pero hubo un lugar que me tocó especialmente y que estaba al lado de mi residencia: la pequeña Chiesa Nuova, levantada donde estuvo la casa de infancia de Francisco. Allí me sentí particularmente cerca de ese Francisco joven, incomprendido, que empezaba a escuchar la voz de su propio corazón. En la entrada se puede leer una pequeña carta de acogida, y a través de esas letras, me sentí bienvenida.

Cada tarde, tres frailes ancianos celebraban allí la Eucaristía y rezaban vísperas en compañía de apenas dos personas. Su presencia era tan simple que parecía contener toda la esencia de la vida franciscana. Estar. Cantar. Mirar con bondad a quienes llegábamos. Aquella simplicidad me hizo pensar que quizá no hay misión más grande que esa.

Entonces comprendí algo que a menudo olvido: que lo que necesito suele estar más cerca de lo que imagino. Pero muchas veces me dejo deslumbrar por el brillo de lo más visible o lo más extraordinario.

Otro de los grandes descubrimientos del viaje fue la naturaleza que rodea Asís. En lugares como el Eremo delle Carceri o el Bosco di San Francesco sentí con especial claridad que la espiritualidad de Francisco nace de esa relación íntima con la creación.

domingo, 1 de febrero de 2026

Todo es penúltimo

"El mundo está encendido.

Salgo a la calle y todo está radiado de misterios.

Todo se mueve, actúa.

Cada acción es un proyecto de crimen contra el tiempo 

que no alcanza más que a tentativa.

Salgo a la calle 

Fuera estaba el secreto

a la vista de todos

Y por eso, ¡nadie lo miraba! 

¡Es mío! ¡Es mío! ¡Es mío!

Qué míos son los cielos y mía es la tierra.

Que quien ama, comprende 

que sólo la sobreabundancia es justa,

que el ser es desmesura,

que su medida exacta es  el desbordamiento.

Vaya yo más allá.

Excédame.

Porque vi lo que vi 

lo que no puede verse 

y ya no sé vivir en este mundo.

Pero qué fragmentario, 

qué completo, qué bello, 

qué intermitente 

es todo.

El mundo está encendido.

Yo callo.

Necesito agradecer.

- Carmen Palomo Pinel -

El día comenzó con entusiasmo, como siempre que se está de vacaciones, y yo me había concedido el viernes.

Madrugué y pillé un coche compartido con unos chicos majísimos que me hicieron el viaje ameno. Hablamos de vehículos eléctricos, de energías renovables, de futuro. Uno era ingeniero medioambiental y daba la info con rigor y  una motivación que te reconcilia con el planeta. Me convencieron. 

Madrid se me abrió paso de la mano de esa soledad, musa de los buenos artistas, desde Méndez Álvaro. El Jardín Botánico, una venta improvisada de libros de segunda mano en plena calle, el Prado apareciendo ante mis ojos asombrados... Caminé hasta el Thyssen y me colé con una pequeña picardía -nada grave. Lo justo para sonreírme.- Los impresionistas me tocan el cora con su luz y color. Y Caspar David Friedrich no defrauda, con un único cuadro. Disfruté también de pintores conocidos y de otros anónimos, porque a veces el arte sin firma ni título es el que más ilumina.

Después, el Barrio de las Letras. Calles que llevan nombres que pesan y sostienen. Comí cerca de la estatua del Abrazo, memorial de los abogados de Atocha asesinados en 1977. Una forma de recordar que la justicia, cuando es verdadera, cuesta hasta el final.

A continuación, sin darme cuenta, recorrí el mundo en apenas unos kilómetros. Lavapiés me regaló India, Pakistán, Marruecos y la África negra. Lenguas, olores, colores. Una humanidad viva, mezclada, a veces herida, pero siempre resistente. Policía por doquier (poca diversión).

Luego, quise saludar a Lorca y a Calderón de la Barca -mis padres literarios- en la plaza de Santa Ana. Empezó a llover con ganas, pero ni la lluvia pudo menguar el deseo de seguir paseando. Fuencarral, Sol, la foto inevitable al Oso y el Madroño. Multitud, paraguas, barullo y la imperfecta sensación de humedad congelando mis pies.

Cuando ya el cuerpo dijo basta, entré en un café bohemio de Malasaña. Me calenté las manos, el ánimo y cargué pilas para tomar un metro de dos paradas hasta Chamberí, donde se iniciaría un finde de fantasía.

Y es que hay un tiempo que no se mide en horas, sino en hondura. Así fue el fin de semana de formación nacional de la Orden Franciscana Seglar. Un espacio habitado por el diálogo y la conciencia agradecida de una vocación concreta. En el contexto del octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís y bajo el lema “Tú eres nuestra esperanza”, las jornadas no se quedaron en una consigna, sino que ésta se fue encarnando en la palabra compartida, la oración y la fraternidad.

Durante la mañana del sábado, Víctor Herrero de Miguel, hermano menor capuchino y poeta, nos llevó a contemplar la bondad de la hermana muerte a través del Cántico de las criaturas y a mirarla como una criatura más que ilumina la vida entregada. Y con la Segunda Vida de Celano, descubrimos que la muerte no es una amenaza ni una ruptura, sino un umbral, que puede cruzarse desde la confianza, aprendida en la intemperie. En la lectura de la despedida del santo, aparece un Francisco profundamente humano: llagado, sí, pero más atento a bendecir y a continuar creando vínculos que a exhibir las heridas que lo traspasaban. El gesto de cubrirse el estigma del costado, en el momento final, nos deja una sutil enseñanza: no es lo evidente o visible lo que define la vida, sino su raíz, las relaciones auténticas y la capacidad de amar. Víctor no nos habló sobre Francisco; nos ayudó a escucharlo.

El trabajo en grupos, siguiendo el método de las conversaciones en el Espíritu, nos permitió acoger lo recibido en las ponencias y dejar que resonara en nuestra propia experiencia. No se trató tanto de llegar a conclusiones como de aprender a escucharnos, reconociendo cómo el Espíritu sigue hablando hoy en lo común y que la fraternidad es lugar de revelación. Los momentos de oración tan bonitos y cuidados, crearon un clima de silencio habitado, recordándonos que la vocación franciscana se vive desde el compromiso y con los ojos puestos en un mundo que sufre.

domingo, 18 de enero de 2026

Querida yaya,

Ayer cumpliste 93 años, pero ya hace ocho que empezamos a perderte. Desde que se fue el abuelo, tú comenzaste también a irte en silencio, como has hecho las cosas siempre.

No imaginas cómo me duele verte así. Lo he normalizado, casi acostumbrado, pero toda esa fachada se derrumba cuando recuerdo cómo has sido. 

La mujer con la bondad y el mar en la mirada. Aquella a la que se le iluminaba la cara con una sonrisa cuando nos veía aparecer. La de las comidas inigualables. La que nos daba dinero a escondidas, como si fuera droga. Ese tópico tan real. La que me cuidaba y me esperaba en casa, cuando mi madre no estaba, dispuesta a cumplir cualquier capricho, que no eran muchos. La que se mantenía cuando todo alrededor se tambaleaba.

La mujer que agarraba mi mano tan fuerte. La determinada a soportar de pie una cabalgata de Reyes y hacerse con todos los caramelos posibles para dármelos después. Con la que he compartido tantos domingos en la naturaleza. La que contaba su vida cada vez que se lo pedía. La que nos ha querido a todos los nietos por igual, pero te hacía sentir la preferencia. La que pedía paz en los enfrentamientos. La que jugaba conmigo a las cartas. Una abuela a un abuelo pegada. Pareja increíble. Abuelos perfectos. 

Me da miedo y tristeza olvidar tantos recuerdos tras estos ocho años de deterioro y enfermedad. Me da miedo no estar a la altura como tú lo has estado siempre. Mirar para otro lado, como a menudo hago, para no ver una realidad que me perfora por dentro.

Y me entristece pensar que tras una vida de tanto amor, trabajo y esfuerzo, de ser luz para tantas personas, tu vida acabe de esta manera: sin saber quién eres, sin saber quiénes somos, sin poder moverte, comunicarte, ni hacer nada por tu cuenta. Con la mirada perdida y el cuerpo llagado. No me parece justo y no creo que vaya a entenderlo nunca ni a encontrarle un sentido elevado, más que asumir lo que acontece como viene. Y afrontarlo.

Sólo quiero darte las gracias, aunque ya no puedas escucharme. No hay abuela mejor, ni persona mejor que tú.

Gracias por todo lo que no recuerdo y por aquello de lo que ni siquiera fui consciente. 

Gracias a la vida por haberme dado lo más precioso.

Puedes irte cuando quieras. No te preocupes, estaremos bien. Y prometo cuidar de esa parte de ti que tan profundamente dejaste en mí, como el mayor regalo. Aunque sienta que mi historia vaya a ser algo más triste para siempre desde que no estáis.

Te quiero mucho.

"Caen las hojas, ¡pobres hojas!
Como sueños que se van…
Y en su caída armoniosa
Algo dicen al pasar.
Dicen la eterna historia
De la vida y del dolor;
Que todo pasa y se acaba,
Que sólo eterno es el amor."

- Amelia Denis de Icaza -


jueves, 16 de octubre de 2025

Pequeña

Una mujer pequeña, encorvada en la acera.

Anochece, la luz se va extinguiendo
y las siluetas se difuminan en la brisa
del otoño.

Y ahí. En medio...

Una mujer de cabello cano y el rostro lleno de pliegues.

Miro lo que mira. 

Un insecto volador se mueve por los adoquines sin levantar el vuelo.

Se da cuenta de que la observo. 

Señala con el dedo al himenóptero 

y ríe, divertida.

Le devuelvo la sonrisa con ternura.


Una anciana plantada en mitad de la acera.


Sosteniendo el peso del mundo.

Admirando la realidad insignificante,

todavía descubriendo la belleza,

incluso en lo deleznable.