miércoles, 12 de septiembre de 2018

La bruja bajo el puente

Una sombra anónima se desliza en la espesa negrura de la madrugada. Una sombra entre tantas otras, sobreviviendo a un frío invierno más. Abandona debajo del puente sus escasas pertenencias, unos cuantos cartones y la bebida que le ayudó a entrar en calor la noche anterior.

Siempre el mismo ritual. Acude a asearse someramente a un baño público y a conseguir algo de papel sobre el que pueda escribir. Hoy tiene suerte. Entra en su librería habitual, cuya propietaria suele apoyarle en sus necesidades, y le regala un cuaderno. Después, regresa a su vida de periferia y soledad para dedicarse a su oficio.

En el barrio, todo el mundo la conoce. He escuchado las leyendas. Las malas lenguas dicen que la vieja es una bruja. Una de esas que vivieron hace cientos de años en las montañas y se refugiaron en cuevas para celebrar sus aquelarres. Y aunque durante el día oculta su poder, cuando anochece sobrevuela los tejados y realiza pócimas con restos de alimañas. Algunos aseguran que la han oído maldecir en un idioma "oscuro".

Nunca me había acercado a ella. La he visto pasear cojeando muchas veces, hablar con los viandantes y entregarles un papelito a cambio de una moneda. No sé si fue su semblante adusto de mirada penetrante, nariz aguileña y un mostacho digno de general, su forma brusca de moverse o ese intenso olor que desprende -tan lejos de ser agradable-, lo que me provocaba cierta repulsión y temor. Pero hoy, el viento ha hecho planear una de sus notitas hasta mis pies. Cuando la he recogido con intención de devolvérsela, me ha hablado con una voz ronca de ultratumba.

- Ése es para usted. Nada sucede por casualidad.

Meto la mano en mi bolso para darle una limosna a cambio, pero niega con la cabeza y se aleja.

En el papel, hay escritos unos versos con una caligrafía temblorosa. Me gusta lo que leo. Tiene una belleza peculiar. Son versos que traspasan la piel y te siguen cantando por dentro. Producen el mismo efecto que la gota de agua que cae suavemente sobre una superficie rígida, pero con el tiempo logra dejar una huella.

Me siento en uno de los bancos y contemplo a la gente que se aproxima a la vieja para hacerse con uno de sus poemas. Algunas personas con curiosidad, otras por caridad y hay quien sabe que esas pocas palabras les van a iluminar el día y les van a contar cosas, incluso de sí mismas, que nadie les había dicho antes. Una sonrisa silenciosa y una mirada agradecida es la reacción común. Y me parece que la paga de la vieja es más ésa que cualquier recompensa material.

Releo detenidamente mi poema y creo comprender lo que hay más allá de la escritura. La poesía es la vida de esa mujer y ella habita en cada letra. Como si con cada estrofa fuera reconstruyendo su existencia hecha pedazos y le diera sentido. No importa su historia -ésa que nunca contará a nadie- o las mentiras que circulan sobre ella. Porque su esencia, quien es realmente, está en sus pequeñas creaciones. Y su presencia resulta sanadora para todo aquel capaz de descubrirla a través de la tinta. "He aquí su magia", pienso.

Me levanto y doy media vuelta para proseguir con mis quehaceres, convencida de que no será mi último encuentro con la bruja y que no toda la gente errante anda perdida.

"Algunos los llaman la gente sin techo, para otros no son más que el cuarto mundo. Pobres, que en la calle los abandona. Sólo los corazones que todavía recuerdan el lenguaje de las estrellas, conocen la verdadera historia. 

Sólo ellos saben que aquel día, sin saber por qué, comenzaron a caer ángeles del cielo. Ángeles de blancas vestiduras, ángeles de blancos sueños y blancas esperanzas. Y sin saber por qué, cuando sus pies tocaban las aceras de las calles, la hierba de los parques, olvidaban de dónde venían y tampoco sabían dónde podían ir. 

Algunos los llaman el cuarto mundo... Sólo los corazones que todavía recuerdan el lenguaje de las estrellas, saben que los ángeles duermen en las aceras.


Cayeron en las calles en un día gris,
en los bancos del parque, su nube de papel.
Los charcos, las aceras, los portales...
Al anochecer, los vieron mirando un cielo al que no pueden volver.

Sus alas se han caído y no recuerdan ya de donde han venido y si hubo alguna vez un paraíso distinto, una sonrisa o una taza de café.

Y entre un mar zapatos y aceras,
en su isla de cartón viajan lejos,
tan lejos de su paraíso,
tan cerca del infierno al que cayeron.

Y el frío congeló la esperanza.
Y el hambre hizo olvidar los olores del mar y las flores en la noche.

Caminan por las calles, un mundo sin altura.
No hay vértigo, no hay miedo, no hay donde caer.
Y mientras aborrecen el menú del hambre,
tan cerca de la tierra, el pan no sabe igual;
caídos desde el cielo, atados en el suelo."
- Pedro Sosa -

jueves, 30 de agosto de 2018

Misión Colombia

"No llores porque ya se terminó,
sonríe porque sucedió.”
- Gabriel García Márquez 'Gabo' -

Hace una semana, cuando me sonaba la alarma para comenzar mi primer día de trabajo después de vacaciones, todo mi ser sufrió un cataclismo brutal. Supongo que es lo que sucede cuando vives una experiencia que te desconecta de tu realidad cotidiana y te sumerge en otra totalmente diferente, que te toca muy adentro, te cuestiona, te indigna por momentos y te descoloca, pero que al mismo tiempo te enamora.

Poca gente sabe que mi sueño de viajar a Colombia comenzó hace ya mucho, cuando cayó en mis manos una novela que narraba con dureza la historia de un gamín en las calles de Bogotá. Desde que lo leí, como si fuese razón justificada suficiente, tuve el deseo de ir a este país. Aunque reconozco que el acento paisa de las regiones antioqueñas, siempre ha sido un incentivo importante (guiño, guiño).

Años más tarde, han ocurrido otras cosas... Francisco de Asís ya era mi santo predilecto (junto con la Madre Teresa) cuando conocí a los franciscanos conventuales de una manera absolutamente casual, encontré un empleo que me permite tener un mes libre, etc. Como si alguien fuera hilando los acontecimientos para mostrarme un resultado evidente, una meta casi por inercia: la misión franciscana en Corozal y Medellín 2018.

Durante este curso, junto con otr@s seis compañer@s de diferentes partes de España, se nos invitó a tres encuentros para informarnos sobre la situación de las zonas que íbamos a visitar, la cultura y los proyectos en los que trabajaríamos (comedor, refuerzo escolar y apadrinamientos en Corozal; fase inicial de un proyecto con madres solteras en Medellín). 

El primero y uno de los mayores regalos de la misión llegó entonces, cuando conocí a mi familia misionera, una auténtica fraternidad franciscana. El compartir esta experiencia en su compañía, me hace sentir muy afortunada, porque sin ell@s, NADA habría sido lo mismo. Gracias a Fray Jordi por la buena intuición de convocarnos y darnos la oportunidad. Es increíble que hayamos coincidido en el momento y espacio exacto, a través de historias tan variadas y personalidades dispares. Son personas tan, pero tan bonitas... que es un signo más de que Dios estaba involucrado en todos los aspectos de la misión para que saliera bien.
Convencida de que todo esto era (y es) de Él, el 27 de julio cruzamos el charco, pisando por primera vez en la vida (pero no la última), suelo colombiano.


Primer destino: Corozal

Apenas podía creer que estaba allí. Y no conseguir dormir debido al calor húmedo, a la sobreestimulación y al subidón, no ayudaba a mejorar mi credulidad. La primera impresión fue que me había adentrado en una novela de García Márquez. El choque cultural fue fuerte al visitar el caótico mercado y percibir las miradas de l@s lugareñ@s. Llamó mi atención de europea, el tráfico desordenado, la superpoblación de motos con tres, cuatro y hasta cinco pasajeros más pertenencias; los caminos sin asfaltar, los perros esqueléticos, el intenso hedor procedente del río; las viviendas bajas con sus tejados de palma o uralita, algunas construidas con bambú o las llamadas "de saco", las más penosas, con retales de plásticos. Asimismo, la problemática de las personas migrantes de Venezuela se va haciendo notable: se dedican a los empleos más precarios, ganándose la vida como pueden en las carreteras o intercambiando bolívares a cambio de cualquier cantidad de pesos colombianos.

En Corozal, hay barrios donde se vive una pobreza humillante, contraria a la dignidad humana. Encoleriza darse cuenta que es una miseria que soporta también la infancia, normalizada por las familias para sobrevivir, pero no con una resignación pasiva. Conmueve el coraje, la esperanza, la fe y el compromiso con la comunidad de las personas que hemos conocido en Colombia, su lucha y su capacidad para superar los más grandes obstáculos diarios como si fueran diminutos. Pudimos comprobar sus carencias, las condiciones de insalubridad y las dificultades en la accesibilidad, cuando visitamos a personas enfermas, niñ@s y jóvenes apadrinad@s o pertenecientes a los proyectos de comedor o refuerzo escolar. La mayoría de unidades familiares esconden algún conflicto: madres solas, violencia, falta de empleo y de futuro, infancias no cuidadas. No es fácil. No debe ser fácil. Por eso, porque lo viven y conocen su realidad de primera mano, son las personas oriundas y sólo ellas, las heroínas en estas historias. Ni misioner@s ni voluntari@s o cooperantes. Sólo ellas son las protagonistas de los cambios de su entorno. 

Corozal es la perla de la sabana. Por sus paisajes tan espectaculares, por su cultura de vallenato y porro; el acento costeño y ese tono de piel perfecto de sus pobladores; por sus arepas, jugos, "tinticos", empanadas, patacones, sancocho y enyucado, el agua embolsada; por sus celebraciones semicarismáticas con música a todo volumen y palmas a ritmo de corchea; y sobre todo, por sus gentes naturales, vitales, alegres y confiadas. 

Recuerdo la acogida de l@s niñ@s y cómo recibí con sorpresa esos abrazos "apretaos" a los que no costó acostumbrarse. Recuerdo algunas miradas concretas de esos ojos oscuros y limpios. Miradas en las que me parecía leer la necesidad de ser querid@s incondicionalmente y buscaban en la mía la promesa de otra vida posible. Recuerdo esas sonrisas que sanaban cualquier preocupación superficial, que me enseñaban que ningún problema puede impedir la alegría. El menú bueno y sano del comedor, casi tan saludable como el afecto que se respira. El orden, la pulcritud y la sobriedad. Las clases de refuerzo, su letra de principiantes que empieza a mejorar y sus terroríficas faltas de ortografía. La subida a la ladera para volar las cometas, la dedicación de las "seños", los juegos de manos y los ratos de crear música con un cajón y una guacharaca. Recuerdo abrir los brazos el último día y sentirme arropada por una decena de "niñ@s lapa", que no me soltaban (ni yo quería que lo hicieran). Recuerdo el cariño y la ternura que me ensanchaba el corazón cuando les veía cada mañana o cada tarde, y todo el amor que me entregaban de forma tan simple y espontánea. Sé que soy una afortunada por haber compartido con est@s "pelaít@s" tan rebonic@s unos días tan especiales. Imposible no quererles.

Recuerdo las oraciones de la mañana en la capilla. Los desayunos con tinto, queso y papaya. Los conciertos de guitarra de Fray Jordi y lo espectacular que suena el flamenco por aquellas latitudes. La simplicidad. El gran apoyo del resto de misioner@s en los momentos bajos y cómo les eché de menos cuando nos dividieron. Los cuidados y detalles maternales de Marielo, su profundidad y ese "no se qué" que trasmite tanta paz; la magia y los chistes de Javi, su conversación y su fe capaz de mover montañas; la defensa de las causas justas de Maricruz, sus ideas, su optimismo y buen ánimo infatigable; el arte y la gran sensibilidad de Arturo, la comprensión, la calma; y la memoria infinita de Clara, su dinamismo y su fortaleza ante las adversidades.

Recuerdo el trato amabilísimo y educado, sin palabras malsonantes. Las expresiones colombianas. Las noches fraternas en la terraza. Recuerdo disfrutar de la presencia de los frailes y de mis compas, de escuchar sus cosas y sentirme privilegiada. Recuerdo el día que fuimos a Sincelejo, la capital de Sucre, y cómo dieron una vuelta para que viéramos la famosa iguana de azulejos y entráramos a un centro comercial, donde todo parecía demasiado en comparación con lo que habíamos conocido hasta el momento. Colombia, país de contrastes.

Recuerdo emocionarme escuchando las historias de las personas mayores que venían al comedor, admirando su resistencia y su capacidad de renuncia para que sus hij@s pudieran comer y estudiar, educándoles como mejor podían o sabían, aunque much@s lo han olvidado y no mantienen contacto con sus madres o padres.  Sin embargo, qué resiliencia la de nuestr@s ancian@s ¡y qué ritmo!

Recuerdo los paseos por los caminos de tierra, visitando enferm@s... y a mí me acongojaba llegar sin avisar y que además nos ofrecieran algo para tomar, como si fuéramos alguien importante. Me asombró el anhelo con el que esperaban la Comunión cuando no se podían desplazar a la iglesia y la gratitud por nuestros rezos. Recuerdo su confianza en un Dios bueno, sin atisbo de duda. Una fe popular, que se refleja más allá de los muros de lo privado. Recuerdo esa forma de vivir tan diferente a la de España, tan "al día", tan poco organizada ni cuadriculada, de horarios sumamente laxos.

Recuerdo los trayectos hasta los corregimientos en el pickub, extasiada ante el verde paisaje sabanero e intentado mantener el equilibrio entre la multitud de baches y el tráfico vacuno. Recuerdo la disponibilidad de D. Jorge (la exprimimos al máximo, creo yo). Recuerdo esos descansos en el bohío y el suave balanceo de la mecedora. Recuerdo lo mal que lo pasé en algunas reuniones porque se me cerraban los ojos sin remedio y ¡qué pena (vergüenza) quedarme siempre la última comiendo! Recuerdo despertarme a palanganazos de agua y la mezcla de sudor, crema solar y loción antimosquitos embadurnando la piel. Recuerdo Coveñas y las olas de agua tibia del Mar Caribe. La peregrinación al Señor de los Milagros (Villa de San Benito Abad, Sucre) y la gente linda del Mamón, aunque yo ese día estaba con marejadilla intestinal. Recuerdo nuestra efímera estancia en las Llanadas, lo bien que nos atendieron, sobre todo la juventud de allá, y las pésimas condiciones de tant@s ancian@s en soledad.

Recuerdo mi primera salchipapa y esa risa contagiosa de Fray Oto que hubiese querido embotellar para traerla a Pamplona. La teología del realismo de Fray Jorge con esa pizca de locura que le caracteriza y que él asume tan ricamente. El curro de Fray Antonio para cuidar de l@s niñ@s como un papá (ése que a tant@s les falta) y también de nosotr@s. Recuerdo a Chicho, el gato del convento, sus mordisquitos y la paciencia que el pobre animal tenía que tener con sus dueños. Recuerdo ver a los tres frailes entregados a su labor parroquial, en los proyectos, en los coles, en los corregimientos... desgastándose en silencio, sin aplausos y con buen humor. Viviendo lo ordinario de modo extraordinario. ¿Cómo no sentirse abrumada de gratitud con estos hombres de Dios que nos abrieron de par en par las puertas de su hogar, dándonos todo lo que son, lo poquico que poseen y cuya presencia nos esponjaba el alma?

Recuerdo las despedidas con un "Dios le bendiga", las Eucaristías en Santa Clara con un montón de monaguill@s escoltando al sacerdote y dejándonos anodadad@s con su respeto y el control sobre los protocolos litúrgicos. Recuerdo con especial devoción la canción de "¡Clara, Clara, Clara! Clara es tu nombre".

Recuerdo la vitalidad de la juventud costeña, su testimonio, autenticidad e idas de olla, su disfraz de franciscano conventual -que me quedaba fenomenal- y el compromiso en los diversos grupos. Las fotografías, los bailes y sus intentos fallidos para que mis caderas adquirieran movimiento. Aquel paseo hasta el centro de Corozal guiadas por ese angelito con gafas. Las charlas con esas "seños" que nos amenizaban y nos hacían reír. Las queremos a pesar de los vaciles en los que siempre caía (¡ya no más!). El regalo de la amistad, espero conservarlo y gozarlo hasta el próximo reencuentro.

Me dijeron que a Corozal es fácil llegar, pero difícil de olvidar. Y tenían razón. Quiero volver.



Rumbo a Medellín

En Medellín, agradecí el cambio de temperatura que me sirvió para despejar la mente. Disfruté de ese acento paisa que me tiene enamorada y me dejé maravillar por la belleza del paisaje: una ciudad entre montañas.

Sin embargo, el cambio a una ciudad grande como Medellín fue brusco. A las problemáticas familiares y a la pobreza impuesta se les unían la corrupción, la droga y la mafia de las bandas, por las que llegué a sentir verdadera repugnancia. Me pareció una tesitura mucho más triste y perversa.

Aprendí muchísimo de la descorazonadora realidad de las mujeres. Están completamente desprotegidas. Visitamos sus casas o chabolas, donde muchas residen en condiciones de hacinamiento y conocimos sus dificultades. No son situaciones que se puedan resolver de la noche a la mañana, pero el proyecto de los franciscanos es un buen punto de partida. En una sociedad tan machista donde los hombres se dedican a fabricar hij@s, pero no tienen los huevos de ser padres; las mujeres son las que trabajan, cuidan y se organizan.

A pesar de que su demanda era casi siempre económica, su mayor conflicto es la imposibilidad de llegar a todo y estar pendiente de todo, por mucho que sean unas súper mujeres, valientes y fuertes. Necesitan información y acompañamiento para poder acceder a los escasos recursos de la municipalidad (¡hola Gobierno colombiano! ¿Estás ahí?), apoyo para mejorar el balance de ingresos/gastos y una red que les permita trabajar sin que sus hij@s queden en la calle a merced de compañías que no les interesan. Y educación para que se empoderen, para que puedan optar a empleos dignos, para ganar esa autoestima que las aleje de la dependencia al macho y sororidad para que se unan entre ellas.

Recuerdo las subidas por esas cuestas empinadas de la comuna, amparada por l@s ministr@s de la parroquia. El primer día motivadísima, el segundo "no está mal", el tercero, ¡molida! Las calles y carreras por las cuales es tan fácil perderse y mi incapacidad para hacerme un plano mental de Medellín. Recuerdo la prudencia de nuestr@s voluntari@s. La hospitalidad, no sin cierta dosis de picardía, de las cabeza de familia. Sus historias desgarradoras ante las que sentí tanta indignación, pero que ellas narraban como si fuese lo más habitual del mundo. Recuerdo sus rostros marcados por el sufrimiento desde jóvenes y, que a pesar de todo, no dudan de que Dios les sostiene. La infancia acostumbrada al abandono, a la violencia, al miedo, a la miseria, a las muertes en plena calle.

Recuerdo las anécdotas para no dormir que nos contaban los frailes en la intimidad del convento. Recuerdo que regresar allá después de la misión era como alcanzar un oasis donde escuchar reír a Fray Jair o tolerar los vaciles de Fray Segundo, un auténtico Padrino. ¡Por poco me creo que San Francisco comió paella en su paso por Valencia! (Cuánta maldad). Recuerdo las excursiones con Fray Nelson, el fraile de la sonrisa perpetua, que a pesar de tener que estudiar, nos hizo de guía para que pudiéramos conocer tantas cosas sin perdernos: el Pueblito Paisa, el desfile de los silleteros durante la feria de las flores o Guatapé, el pueblo más colorido y turístico con su subida a la Piedra del Peñol, donde disfrutamos de unas vistas que nos dejaron sin palabras. ¡Loado seas, mi Señor, por toda la Creación!

Recuerdo con especial cariño la barbacoa en el seminario franciscano conventual donde me quería quedar a vivir, rodeada de San Franciscos, San Josés de Cupertino, San Maximilianos Mª Kolbe y otros símbolos franciscanos. Y con Paloma, la cabra más molona. Recuerdo la subida en metrocable para contemplar la ciudad desde las alturas. Cómo disfrutamos de la compañía, la conversación y las bromas de Fray John Freddy y qué tristeza no compartir más momentos con él.

Recuerdo las Misas con música a todo volumen y los perritos entrando en la iglesia. Las peculiares edificaciones de ladrillo, unas sobre otras. Los graffitis decorando las paredes. La Catedral, las estatuas de Botero... Los trayectos en el metro, donde siempre cabía alguien más, aunque pareciera que no. Recuerdo las vísperas o las completas de la noche. La sensación de confort y la comodidad -con la que quizás perdimos un poquito la esencia de misión- y cómo nos mimaron los frailes desde el primer día. La señora Marina y sus comidas. El café con panela, los huevos revueltos y los frijoles. Recuerdo la invitación al helado más sibarita que he probado, en una quinta planta de un enorme y suntuoso centro comercial del Poblado. El Santuario de María Rosa Mística, tan cerca de la carretera, tan extraño y hasta tétrico, pero fascinante. El convento de la Madre Laura y su interesante biografía en contacto con l@s indígenas. Los taxistas locos o el riesgo que supone desplazarse en autobús y no morir en el intento. El viaje en chiva, un autocar de colores sin puertas ni ventanas en la que agradeces la brisa hasta que tres horas más tarde, te notas el culo plano.

Recuerdo las oraciones de los jueves con Jesús Eucaristía y trescientas personas en adoración. Recuerdo encontrar paz, más allá de la acedia espiritual. Recuerdo a l@s muchach@s de la catequesis de los sábados, l@s más lind@s de todo Medellín, sus preguntas, respuestas y travesuras. La mayoría quiere irse de Colombia, pero como me aseguraron que no estaba en sus planes entrar en bandas ni en trapicheos con droga, tengo la esperanza de que sean el futuro del barrio, de la comuna, de la ciudad y también del país.

Gracias. Principalmente a Él, a su Espíritu que nos ha cuidado tan de cerca que casi lo podíamos tocar. A Él, que estaba presente en cada persona, en cada situación, en cada instante. En todo lo que nuestros ojos alcanzaban ver, en todo lo que podíamos oír y sentir. "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?" (Sal. 115).

Y a las personas que han conquistado nuestros corazones, no las olvidaremos. Gracias por todo el cariño recibido, la paciencia, cada gesto sencillo, todo lo aprendido.

La  misión continúa en nuestro ambiente y en nuestra rutina. Ahora que los proyectos tienen nombres y rostros. Con muchísimas ganas de seguir. Muchísimas ganas de ser puente.

¡¡Vamos!!


* Para conocer más acerca de los proyectos y cómo colaborar, pincha en la imagen:

martes, 24 de julio de 2018

Querido abuelo,

¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ¿Sabes? Éste no es un cumpleaños cualquiera, porque a partir de los 90 ya se puede afirmar, sin dudas, que una persona es muy mayor. Así que alégrate por este último año que te queda de juventud rica en experiencia y sabiduría.

Tampoco para tu familia es un cumpleaños cualquiera. Es el primero que celebras en casa después del ictus. El primero que sabemos tajantemente que nunca volverás a ser el de antes (ni la abuela). Aceptarlo nos ha costado (y nos sigue costando) muchas lágrimas y noches en vela a mi madre y a mí. Pero no te pongas triste, abuelo... Sabemos que tú sigues ahí, con tu buen humor y tu genio, atrapado por esta enfermedad que tanto nos hace sufrir, sobre todo a ti.

Reconozco que echo de menos tu conversación, tus chistes malos y las expresiones divertidas en euskera. Echo de menos que me cuentes tu vida y esas anécdotas que repetías una y otra vez hasta que me las aprendí de memoria. Echo de menos verte pasear por el barrio, con tu txapela, tu bastón y tus gafas de sol, parándote a hablar con todo el mundo, que por algo eres el alcalde de Iturrama. Por añorar, hasta añoro lo bien que sonaba mi nombre en tus labios. Sin embargo, hay una cosa que no me hace falta recordar: tu sonrisa, esa sonrisa que muestras a quienes te saludan por la calle y que te reservas un poquico más con la familia, salvo si te chincho y te hago monerías como si fueses un niño. Porque tú siempre fuiste un poco niño, y por eso, en algunos gestos que todavía conservas, te reencuentro.

Hoy, celebro tu vida como cada año. Celebro cada uno de los 386 días que han pasado desde que renaciste. Celebro seguir compartiendo momentos contigo. Porque el recuerdo de estas tardes junt@s, más o menos divertidas, sea verano o invierno, renunciando a otros intereses o deberes, ya nadie me lo podrá quitar. Celebro teneros como abuel@s, porque mucha gente tiene abuel@s, pero no como vosotr@s y tampoco mantienen la relación tan especialmente bonita, estrecha y constante que nos une.

Has tenido una vida dura (y la yaya también), de guerra y de posguerra; trabajando desde que eras un crío: el campo, las vacas, la bodega..., yéndote lejos de casa en busca de sustento...; apenas fuiste a la escuela ni tuviste demostraciones de ternura por parte de tu madre, quien murió en tus brazos de chaval; conviviendo con tus suegr@s desde recién casado; emigrando del pueblo a la ciudad... Y por último, este golpe bajo a tu salud. Sin embargo, ¿te das cuenta de que has tenido una vida plena de sentido más allá de las dificultades? ¡Bravo, abuelo, bravo!!

Eres un ejemplo de fortaleza, de hombre currante, valiente, ahorrador pero no apegado al dinero, sencillo, sin grandes pretensiones, que ni siquiera se planteó cuales eran sus sueños y sacrificó sus deseos, siempre tirando para adelante por su mujer y sus hij@s. Un ejemplo de persona buena.

Me encantaría ser así. Ahora que el éxito se traduce en grandes logros, que se exige una visión globalizada y el derecho a la ignorancia es un lastre porque hay que saber y opinar de todo. Yo quisiera actuar como tú, en lo concreto, en mi entorno. Y desgastarme en lo pequeño y no visible, dejando una huella imborrable en quienes me conocieran, sin grandes ambiciones ni ideales, dentro de una normalidad silenciada. Pero soy hija de mi tiempo y de mi ambiente.

No sé cómo habrás sido como esposo (aunque no he visto a nadie querer tanto a su compañera de vida como tú a la tuya), ni como padre, hermano o amigo, pero como abuelo has sido el mejor.

Me gusta recordar lo fuerte que agarrabas mi mano cuando me llevabas de paseo siendo yo una niña y ese apodo que usabas conmigo sin motivo aparente. También recuerdo las partidas de cartas, con las que "me gané" mis primeros duros. Las visitas diarias. El olor de tu coche. Las Navidades en vuestra casa con las croquetas de la abuela. Tu paella y el pollo "estilo Vicente", para chuparse los dedos. Los domingos en la campa y cómo nos subías la adrenalina a l@s niet@s, cuando contabas que por allí rondaba "el lobo". Hasta me enseñaste "su madriguera" en una ocasión que te acompañé a cortar leña. Nunca pasé miedo si tú estabas cerca.

Me gustaba oírte hablar de Dios y cómo todo lo que le pedías a través de María (la del Ofrecimiento), nos lo concedía (¡¡ahora, más que nunca, soy yo la que le pide por ti!!). Mucha gente no lo entenderá, pero estoy convencida de que en esta fe compartida se produce nuestra unión más intensa y profunda, abuelo. Porque tú y yo sabemos que nada es lo mismo si Él está en medio, ni siquiera la forma de enfrentar la enfermedad y sus consecuencias... aunque a veces me enfade y se nos olvide que no estamos sol@s.

¡Cómo te alegrabas cuándo me sentaba a tu lado en Misa! ¡Qué orgulloso de tu amistad con los curas! ¡Ah! Y antes de las comidas familiares, lo primero: la Eucaristía y dar gracias. ¡Qué contento te ponías cuando nos reuníamos! Y después del vino, alguna jotica caía. ¿Te acuerdas? Tú, el cliente más mimado por las camareras. Y creo que toda la familia disfrutamos cuando te vemos disfrutar.

Dicen que de más joven no supiste expresar afecto, aunque la edad te ha sensibilizado y transformado en una persona mucho más amorosa. Pero es que, abuelo, ambos intuimos que QUERER es mucho más PERMANECER, CUIDAR y ACOMPAÑAR, que frases hechas y abrazos vacíos.

Me conoces y sabes que yo tampoco soy de mucho decir, que lo dulce enseguida me empalaga. Sin embargo, no imaginas, el cariño que puede encerrar una palabra de uso tan habitual como 'abuelo'.

Una vez me dijiste que el mejor regalo era tener salud, pero te equivocabas. El mejor regalo es tener un abuelo (abuela)Gracias por ser mi abuelo, una parte tan importante de mi vida, desde siempre y para siempre.

Tu nieta que te quiere,

¿Existe un ser más querible que un/a abuelo/a?


"Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus sant@s te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén."

domingo, 15 de julio de 2018

Sanfermines 2018

🔻"En esta hermosa Navarra,
tierra ideal donde nací.
En donde tengo mis amores,
donde siempre dichosa yo viví.

Hay una perla guardada,
con la que sueña mi ilusión.
Esta es Pamplona mi adorada,
a la que siempre quise con todo el corazón.

Pamplona,
Tú eres la perla del norte.
Un rinconcito de España,
donde se vive feliz.

Pamplona,
Dentro del alma te llevo.
Y aunque esté lejos, muy lejos,
nunca me olvido de ti."🔻
Pamplona, perla del norte
"Érase una vez, el sortilegio de una ciudad transmutada en capital de la alegría y la fiesta..."

Este año, más que nunca, me da pena que se hayan terminado las fiestas de San Fermín. He salido mañana, tarde y noche; he disfrutado de la calle, de lo tradicional, de la música, de la gente. Los sanfermines son fiestas tan especiales porque te invitan a vivir la calle por nueve días rodeada de ese ambiente sanferminero que no se puede describir y sólo lo entiende quien lo experimenta.

Y es que San Fermín es muchísimo más que toros, abusos (o agresiones) sexuales y personas ebrias con camisetas rosas, apestando a sangría. Porque, desgraciadamente, la tauromaquia existe en muchos lugares de España y del extranjero, el machismo y sus consecuencias es una ideología generalizada a nivel mundial y beber alcohol de manera descontrolada es una práctica de cualquier sábado noche para una parte de la juventud de los quince en adelante.

San Fermín es mucho más que la concentrada pestilencia a orín, la basura que se acumula al lado de contenedores vacíos y l@s frances@s pesad@s que se dedican a empujar en el “Pobre de mí”. Porque si las personas cochinas, maleducadas y descerebradas volaran, no se vería el sol. Aquí y en la China mandarina.

No. No se trata de demonizar (aunque algun@s lo pretendan) ni de idealizar las que son, sin duda, las mejores fiestas del mundo.

Lo que te llena de verdad son los sanfermines de día, porque de noche es similar a cualquier verbena, pero con la población multiplicada. Hay que saber rodearse y buscar las actividades que marcan la diferencia.

San Fermín es, principalmente, el santo morenico, -tan guapo él- y su procesión del 7 de julio. Es visitarlo en su capilla, en la iglesia de San Lorenzo, para pedirle que nos eche un capotico a l@s navarr@s y a tod@s aquell@s que así se sienten cuando Pamplona les acoge.

San Fermín es la comparsa de gigantes y cabezudos. El rey y la reina europe@s, l@s asiátic@s, american@s y l@s african@s, símbolos de la multiculturalidad que a l@s pamplonicas nos gusta tanto. ¡Qué nadie me diga que ver danzar a l@s gigantes es cosa de crí@s! ¡Es tan bonito! ¿Mi favorito? Selim–pia Elcalzao, el sultán árabe ¡con sus chupetes atados al cinto!

San Fermín es el entrañable Caravinagre con el resto de kilikis pegando vergazos a niñ@s y mayores, los zaldikos a caballo y la banda de música que les sigue. San Fermín son l@s más peques con sus familias abarrotando las aceras, acompañando a la comparsa y los deseos de much@s por volver a la infancia.

San Fermín es el txupinazo, el "riau-riau", la ropa blanca preparada desde el día anterior que se convertirá en una segunda piel durante las fiestas, el pañuelico rojo, -que siempre llevo conmigo cada vez que viajo, como distintivo honorífico de mi tierra- y la faja que nos recuerdan el martirio del santo al que veneramos. San Fermín es una marea blanca y roja, un grito por la igualdad a pesar de las particularidades individuales y en la diversidad.

San Fermín es madrugar, trasnochar y olvidar la siesta. San Fermín son los almuerzos en cuadrilla y los churros -únicos en el mundo- de la Mañueta. Son los globos de helio, la noria y las multitudes. Es soportar sin volver a casa, el calor y las tormentas. Son las joticas de las 12h en Paseo Sarasate con las que se te pone el vello de punta, (¿quién decide que son para la tercera edad?). Son los conciertos de txistularis y de las bandas locales por el Casco Viejo. Son las peñas, sus txarangas y sus pancartas controvertidas. Los conciertos de la Pegatina. Es la música bailable de Antoniutti y Plaza de la Cruz. Es perder la vergüenza y cantar, gritar y bailar sin que nadie te mire como si estuvieras loca (y si te miran así, poco importa). Es la tómbola de Cáritas y mi ilusión porque me toque un robot de cocina que nunca llega. Son las barracas y el olor a fritanga. Son las cenas antes, durante o después de los fuegos de las 23h en la Vuelta del Castillo y con buena compañía. Es el “Pobre de mí” esperanzador en la Plaza Consistorial y aledaños con sus cientos de velas y miles de pañuelicos de nuevo en alto, despidiendo las fiestas. Es volver a quedar con amistades que no veías desde hacía un siglo. Es ese sentimiento de pertenencia, de orgullo, de apertura que inunda y colorea los corazones del mismo rojo del pañuelo.

San Fermín son los puestos de camisetas, bolsos, inciensos y chorradicas de la Taconera, la música andina que te traslada a las altas cumbres del Machu Picchu, los indios tocando sus flautas de bambú y los mariachis amenizando los desayunos en las terrazas de Plaza del Castillo. También son San Fermín las achuchables nigerianas expertas en trenzas, los simpáticos manteros senegaleses de sonrisa permanente, procedentes de Alicante o Galicia, a los que todos los días les ha ido mal la venta, pero que vuelven cada año. ¡Cómo no comprarles nada, si hacen de la venta ambulante un arte!

Son San Fermín los espectáculos callejeros, para disfrute de todos los públicos, y el arte urbano que nos regala la fiesta y que debería ser declarado patrimonio de la humanidad. Las estatuas vivientes, sobre todo, Chewbacca, porque Stars Wars es cultura interestelar. L@s payas@s y acróbatas con quienes no puedes aguantar la risa o te mantienen con el corazón en vilo, al jugar con fuego. Los bailarines de breakdance, a los que hemos adoptado, que además de dejarte con la boca abierta, se merecen un monumento al buenrollismo. Los increíbles magos, amigos de l@s niñ@s. Los actores, actrices y titiriter@s con actuaciones bilingües (porque el euskera también es cultura navarra) y tan entretenidas que quisieras que no acabaran nunca. Cantantes desconocid@s con voces de las que es imposible no enamorarse. Pintor@s de paisajes o retratos que no sé qué hacen en Pamplona y no están exponiendo en el Louvre. ¡Ay...! ¡Gracias por venir! Pamplona os espera el año que viene.

Seguramente, hayas escuchado o leído otras versiones de qué son los sanfermines. Hay más cosas, claro. Sin embargo, para mí, estas fiestas son sinónimo de tradición, alegría, cultura, buen ambiente, diversidad, calle, convivencia y terminar muerta de cansancio.

Los sanfermines pertenecen a la gente y si Pamplona ya es bonita y especial de por sí, las personas majas que nos visitan, con las que compartimos las callejuelas, plazas y avenidas durante esa semana larga, la convierten en un lugar todavía mejor. Sean de donde sean o cómo sean, porque lo grande de la fiesta es que brinda acogida a todo el mundo sin excepción. Por eso, ahora que han finalizado los festejos, el bullicio, y contemplo apenada, el gentío dirigiéndose a las distintas estaciones de transporte, hago mía esa famosa jotica que dice: “No te vayas de Navarraaaa aaa aaa”

Si eres buena gente, a partir de este momento ¡quedas “oficialmente” invitad@ a las fiestas de San Fermín 2019! ¡Ya falta menos!

"La gente buena, si se piensa un poco en ello, 
ha sido siempre gente alegre."
- Ernest Hemingway -

"¡La calle! 
¡Espectáculo siempre variado y nuevo, 
siempre concurrido, 
siempre abierto y franco!"
- Emilia Prado Bazán -