jueves, 14 de mayo de 2026

Luz y herida

No vivo en los mundos de Yupi.

No creo que la realidad sea flores y mariposas.

Nada es perfecto.

No soy tan ingenua

aunque lo parezca.


Sé bien que en todo hay una herida,

un vacío de amor.

Una soledad profunda 

donde nadie puede llegar.

Una intimidad última 

imposible de invadir.


Yo misma lo he descubierto:

un veneno que me penetra

desde la infancia hasta ahora

y que persiste en su absurdo.


¿Cómo es posible que un dolor tan grande 

nazca de los vínculos más estrechos,

de aquellos en los que deposité mi confianza 

y mis seguridades?

¿Qué nivel de conciencia,

de intención

y de toxicidad es real?

¿Cómo encontrar el punto medio

en esta tensión ponzoñosa

entre permanecer

y salir corriendo?

No soy una víctima.

O todas lo somos un poco.

Mucha es mi fortuna 

y esto no es una queja.


Reconozco que mi lengua

no es puñal,

quizás sí mi silencio

y la distancia que necesito 

para no caer en prisiones ajenas

ni en palabras que infrinjan 

un daño mayor.


Nadie lo sabe.

O tal vez sí,

pero una muralla de helada indiferencia 

ha impedido la construcción de puentes.

¿Cómo es posible?

Se puede defender lo indefendible.

(¿Se puede defender lo indefendible?)


No lo juzgo

-o al menos, lo intento -:

"todas tenemos lo nuestro".

Puede que no estemos preparadas.


Nadie lo creería.

Pero yo lo sé,

lo siento,

como un agujero negro

en el centro del pecho.

Y ya se sabe cuál es la naturaleza

de esas grandes masas de oscuridad.

martes, 5 de mayo de 2026

Más allá de las esteras

"Allí donde detengo la mirada
veo la perfección:
en cada objeto,
en ese vaso de cristal, en cada
cosa que me rodea por destino,
porque viene hasta mí para cumplirse.

Cuando observo a quien amo, lo perfecto
cristaliza en su vida, en su obra en marcha.
El pájaro en su cielo es impecable,
y es impecable el aire que respiro.

Lo imperfecto soy yo.
Lo más impuro,
que no acierto a vivir
tan sólo para el pájaro,
tan sólo
para el aire y el vaso, para el cielo,

para el amor, que siempre es de cristal,
para cantar la perfección tan sólo."

- Carlos Marzal -


Este fin de semana participé en el Capítulo de las Esteras, un encuentro de la familia franciscana que recuerda aquel primer capítulo convocado por Francisco de Asís en 1221, donde los hermanos se reunieron sobre esteras, para escucharse, discernir y volver a lo esencial. Hoy sigue siendo un espacio de encuentro entre las distintas ramas —frailes, clarisas, OFS, institutos de la TOR y simpatizantes del espíritu franciscano— que, más allá de estructuras, comparten una misma intuición de vida.

En mi caso, el encuentro comenzó en la carretera, viajando con gente buena. Y eso ya lo cambió todo. Porque hay personas que te traspasan y dejan huella simplemente siendo. Y así, casi sin darme cuenta, el corazón se fue haciendo más grande antes de llegar.

Nos alojábamos cerca del Tibidabo. Unas muy bonicas Hijas de la Caridad nos acogieron, convirtiéndose en testigos de fraternidad para nosotras. Desde la terraza, Barcelona se extendía hasta el mar, velada por un manto de nubes. Y había algo en esa luz contenida que se parecía a lo que yo misma no terminaba de ver con claridad.


Cada mañana, antes del desayuno, tras un paseo en soledad por los jardines aún despertando, la Orden Franciscana Seglar y la JUFRA nos reuníamos para rezar Laudes. Así, entre la alborada y la palabra compartida, la jornada encontraba su primer latido.

La conferencia inicial la impartió el poeta capuchino Víctor Herrero de Miguel, bajo el título “Recibió a la muerte cantando”, en el marco del 800 aniversario del tránsito de Francisco. Escuchar a Víctor es siempre asomarse a algo hondo: sus palabras encienden esperanza, pero sobre todo, su manera poética de ser, canta la vida de Francisco y algo dentro se esponja.

Habló de un Francisco que no se oponía a la existencia. Que supo recibirla tal como venía, y que murió de la misma manera: pobre, alegre, hermano.

A su lado, fray Jacoba, su amiga, llegando con lo necesario y con lo prescindible. Un paño, unos dulces, incienso. Porque donde hay amor, hay exceso. Porque quien ama, entrega también lo que, en apariencia, no sirve para nada, pero aporta sentido y belleza.

Lo más precioso fue imaginar que, en el momento de su muerte, las alondras volaron. No cualquier pájaro: las que viven para alabar. Como si la creación misma reconociera en Francisco una luz familiar. El vuelo se transformó en celebración.

“Cualquier rama en la que se posa un pájaro convierte el asfalto en paraíso.”

Aprendiendo de nuestras hermanas pequeñas, estamos aquí un poco para eso: para volver habitable lo que parece inhóspito. 

La mañana continuó con ese ritmo tan propio de los encuentros: pausas que son casi más importantes que las ponencias. Tras el café, entre saludos a conocidos y a desconocidos que se convierten en familia, continuó la jornada con el testimonio de personas de las diferentes ramas del carisma franciscano... a la que no acudí. A cambio, compartimos risas y charleta con los dos frailes más bonicos de España y Colombia. 


Por la tarde, visitamos la Sagrada Familia. El cielo, generoso, aguantó sin lluvia. Y dentro del templo, esa luz que cae como bendiciendo. Impresiona: más que un edificio, entras en un bosque. Un bosque donde cabe todo, donde la piedra se vuelve vegetal y no pesa, sino que eleva. Antoni Gaudí entendió que la belleza también puede ser una forma de hospitalidad.

miércoles, 1 de abril de 2026

Certeza de sonámbula

"Te despiertas y, al rato,
dejas tu casa y sales a la calle,
a la casa del mundo.
Salir es un entrar. No hay intemperie
cuando con firme pie
y afanosa retina
nos adentramos en los incontables
e ingentes aposentos del asombro.
Los vamos recorriendo sin descanso.
Todos tienen el techo a cielo abierto,
con muros transparentes y con anchas
puertas de par en par que no interrumpen
el avance en la luz.
Y no hay desprotección, ni puede haberla,
en la perplejidad que para el ojo
es todo cuanto ve,
sino el cobijo incierto de la vida."
 - Eloy Sánchez Rosillo -
 

Ante la pregunta de a qué aspiro en la vida,

mi respuesta sólo es ésta:

Continuar en búsqueda 

con la seguridad de la sonámbula

-se la cojo prestada a Hugo Mujica-,

que no ve, pero confía.

Víctima de la ternura del mundo.

Con la rebeldía

de los salmones.

Y la libertad 

del vuelo de los pájaros.

Sobre todo ante la intemperie

de las periferias y

en las pequeñas o grandes noches.


Caminar por esta tierra

intentando no pisar las flores.


Que me postre descalza

frente a la tierra sagrada

de quien deposita en mí su historia 

y sus dolores.

Que mi escucha sea atenta,

mi sonrisa, fácil;

y la respuesta

no cargue más peso

ni esclavice.

Sea caricia, regazo,

para quien ya soporta demasiado.


Necesito devolver una ínfima parte

de esta sobreabundancia 

excesiva, desbordante.


Ante la pregunta de qué espero de la vida.

No puedo concretar nada material.

No deseo viajes

ni escalar puestos.

Quizás, sí, el pan de cada día

-para mí y para ti-

y unas migajillas de silencio en soledad.


A menudo este sentir

me aterroriza

y me gustaría escapar de mí misma.

¿Quién comprende esto

que me muerde y arde?


Sólo quiero disfrutar del canto 

de los árboles y

la sabiduría de sus raíces.

Que mi esperanza se sostenga

en lo que no se ve

y en lo que siempre será un misterio.

jueves, 12 de marzo de 2026

Donde cantan los pájaros

"Mi corazón no es soberbio
ni mis ojos altivos;
no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles para mí;

sino que en silencio y tranquila 
he mantenido mi alma;
como una niña pequeña en el regazo de su madre,
reposa mi alma en mí.

Espero en ti, desde ahora y para siempre"
- Salmo 131 -

Hay viajes que se preparan durante meses y otros que llegan casi por casualidad. Mi viaje a Asís pertenece a los segundos. No fui por la ostensión de los restos de San Francisco. En realidad, viajé porque tenía unos días de vacaciones y encontré un vuelo barato.

Salí de trabajar después de una jornada especialmente estresante y, de madrugada, tomé el autobús hacia el aeropuerto de Barajas. Aquella noche estaba nerviosa. Era la primera vez que viajaba sola al extranjero y la oscuridad siempre agranda un poco las preocupaciones. Tras varios autobuses y trenes, y después de algunos gestos amables con desconocidos durante el trayecto, todo empezó a ponerse en su sitio y a ilusionarme.

En el avión me tocó ventanilla. Madrid estaba cubierto de nubes, pero al atravesarlas apareció un cielo de mi azul favorito. Bajo nosotros quedaba un mar de nubes blancas y algodonosas que parecían invitar a saltar sobre ellas. En ese momento, pensé que la vida se parece a mirar un tapiz por el reverso: vemos los hilos sueltos, el trabajo técnico, el desorden. Pero no alcanzamos a ver la belleza del dibujo completo.

Quizá por eso había llegado hasta allí con una pregunta incómoda. A veces, me siento un poco extraña dentro de mi propia vida de fe. No siempre cumplo lo que se supone que debería, ni encajo del todo en ciertas expectativas. Y, sin embargo, voy teniendo intuiciones de que quizá vivir en libertad está por encima de ajustarse a normas rígidas o a miradas ajenas.

Llegué a Asís con cierto temor. Brillaba esa luz especial de Italia y, desde el primer momento, supe que todo saldría bien. Cada día encontraba pequeños signos y personas que me confirmaban que aquel viaje tenía sentido. Como si caminara sostenida, llevada de la mano.

La sensación más profunda que me acompañó durante esos días fue la de ir en el regazo del Padre, como una niña. Es una certeza que a veces aparece en mi vida y que con frecuencia olvido. En Asís volvió a hacerse clara.

Mi primera parada importante fue la Porciúncula. Allí, casi sin haber empezado aún el viaje, me impusieron la ceniza. Me maravilló comenzar así la aventura: con ese gesto sencillo que recuerda la fragilidad humana y, al mismo tiempo, la llamada a volver al corazón.

Los primeros días, la ciudad estaba tranquila y especialmente bella. Todavía no habían llegado las grandes oleadas de peregrinos. Podía caminar despacio por las calles y acudir a rezar con los frailes del Sacro Convento. Disfrutaba especialmente de su canto. 

En Asís, confirmé algo que ya intuía: que el Señor se deja encontrar en lo pequeño. En el canto constante de los pájaros, en los tímidos rayos de sol del invierno, en la oración comunitaria de los frailes.

Durante esos días, me perdí por las callejuelas empinadas (me tenía que controlar para no ir tocando cada piedra de cada arco y parecer una loca),  y recorrí a pie muchos de los lugares vinculados al franciscanismo: San Damián, Rivotorto, Santa Clara, frente al Crucifijo... Incluso dediqué un día a visitar la cercana Perugia, donde un Francisco de unos veinte años cayó prisionero. ¿Qué no experimentaría allí alguien con su sensibilidad?

Pero más allá de los lugares, lo que permanecía era una paz honda que aparecía una y otra vez en la oración. Me bastaba con cerrar los ojos, ya fuera en un templo o en medio de la naturaleza. Y no hacía falta nada más para entrar en comunión con el mundo. Deseaba acercar a esa paz a todas las que no la tienen, a todas las que sufren la noche.

Mi primera decepción llegó cuando supe que, debido a la preparación de la ostensión, no podría bajar a rezar a la cripta, donde se encuentra la tumba de Francisco y que, con mucho, es mi lugar preferido en el mundo. Confieso que todo aquello me parecía un poco extraño, incluso algo teatral. Durante esos días, la basílica dejó de ser un lugar de oración para convertirse en un lugar de paso, previa reserva, también para las misas.


Y, sin embargo, aquella limitación terminó siendo un regalo. Me obligó a descubrir otros lugares de la ciudad que en peregrinaciones anteriores, habían pasado desapercibidos.

Volví una y otra vez a la Porciúncula, ese pequeño santuario donde Francisco pasó tantos momentos decisivos de su vida y donde cruzó el último umbral conducido por la hermana muerte. En el paseo hasta allí, me enamoré de las vistas del precioso paisaje medieval y de unos versos de Dante sobre el Poverello, a quien describe como una nueva luz para el mundo. 

También encontré una paz inesperada en San Damián, donde los frailes, sobre todo los más jovencicos, me recibían siempre con una sonrisa.

Pero hubo un lugar que me tocó especialmente y que estaba al lado de mi residencia: la pequeña Chiesa Nuova, levantada donde estuvo la casa de infancia de Francisco. Allí me sentí particularmente cerca de ese Francisco joven, incomprendido, que empezaba a escuchar la voz de su propio corazón. En la entrada se puede leer una pequeña carta de acogida, y a través de esas letras, me sentí bienvenida.

Cada tarde, tres frailes ancianos celebraban allí la Eucaristía y rezaban vísperas en compañía de apenas dos personas. Su presencia era tan simple que parecía contener toda la esencia de la vida franciscana. Estar. Cantar. Mirar con bondad a quienes llegábamos. Aquella simplicidad me hizo pensar que quizá no hay misión más grande que esa.

Entonces comprendí algo que a menudo olvido: que lo que necesito suele estar más cerca de lo que imagino. Pero muchas veces me dejo deslumbrar por el brillo de lo más visible o lo más extraordinario.

Otro de los grandes descubrimientos del viaje fue la naturaleza que rodea Asís. En lugares como el Eremo delle Carceri o el Bosco di San Francesco sentí con especial claridad que la espiritualidad de Francisco nace de esa relación íntima con la creación.