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sábado, 24 de diciembre de 2022

Emmanuel

"A los que buscan
aunque no encuentren,
a los que avanzan
aunque se pierdan,
a los que viven
aunque se mueran."
- Mario Benedetti -

Aquel día, víspera de Navidad, comenzó augurando novedades y cambios. El despertador no sonó a la hora indicada, la tostadora no saltó y la caldera decidió que hacía una buena mañana para ducharse con agua fría. Dobby ladraba desde mucho antes de que amaneciera y permaneció nervioso, siguiéndome sin motivo aparente y dando vueltas a mi alrededor. Por si fuera poco, una tormenta huracanada me pilló a medio camino del trabajo y un simple paraguas no fue suficiente para contener su furia. Así que, somnoliento, agitado, helado, mojado y hambriento, llegué al despacho con poca intención de cargar con problemas ajenos. 

Sin embargo, ni siquiera me dio tiempo a verter mi mala baba sobre alguna persona insensata que se atreviera a molestarme desde el otro lado de la mesa. Una llamada cambió mi día, y probablemente mi vida.

Llevaba un año inscrito como familia de acogida, pero nunca había tenido la oportunidad de serlo. Quizás porque priorizaban parejas a personas solas o simplemente, porque no era mi momento. Pero esa mañana de invierno, mi momento llegó con aviso de urgencia y con un nombre muy acorde con las fechas en las que estábamos: Emmanuel. Era un bebé de cuatro meses, de origen senegalés y enfermo, que requería de tratamiento y una serie de cuidados que su madre no le proporcionaba, a quien habían ingresado en una unidad de hospitalización psiquiátrica. Apenas me facilitaron datos de la familia o del menor, pero yo tenía mis contactos... 

La madre de Emmanuel se llamaba Joy, que significa "alegría". Pero Joy había tenido una vida que se podría calificar de muchas maneras, menos como alegre. Era una chica joven. Veintinueve años. Cinco hijos en Senegal. Dos matrimonios forzados con viejos que la esclavizaban. Mamadou iba a ser su tercer marido. Pero la noche previa a la ceremonia, escapó con la complicidad de su abuela y se marchó con un par de amigos que también soñaban con cruzar el mar y llegar a Europa. De aquella huida, hacía más de cuatro años. Nunca supo si sus compatriotas atisbaron tierra europea. Ella no lo consiguió. No se lo permitieron. Los mismos de siempre. Aquellos cuyas vidas son tan miserables que tienen que convertir la de los demás en infiernos terrenales, en pesadillas reales. Podrían esconderse en rostros diferentes, pero ella los reconoció enseguida.

En cuanto le quitaron el pasaporte en una de las fronteras, la única opción que tuvo para sobrevivir fue la prostitución, con la amenaza de que practicarían vudú contra los suyos si no obedecía. La obligaron a recorrer varios países de África y llegó a Italia donde fue explotada en varios clubs, hasta que la llevaron a Valencia, de donde se fugó con otras mujeres nigerianas.

Después, las cosas mejoraron, pero las heridas del corazón ya eran demasiado profundas. Estuvo en varios recursos residenciales para mujeres víctimas de trata, aunque no lograba confiar en nadie. No le interesaba aprender el idioma, se sentía incomprendida, preocupada por la situación de sus hijos en su país. Finalmente, conoció a un hombre con quien compartía lengua materna y cultura. Él la hospedó en su casa y ella volvió a quedar embarazada. Luego, empezaron los episodios psicóticos que la devolvieron a las calles, a residir en el albergue municipal y en otros pisos de mujeres "como ella". Los picos de agresividad y su conducta retadora nunca hicieron una convivencia fácil. Por ello, cuando consiguió ingresos estables de una prestación social, tras el nacimiento de Emmanuel, se fue a vivir a una desagradable pensión, sin derecho a cocina. Por lo menos, mantenía su libertad y a su hijo. No necesitaba nada más.

Con el paso de los meses, le diagnosticaron a Emmanuel una enfermedad, la gota que colmó el vaso. Sin la medicación adecuada conllevaba riesgo de muerte. Pero Joy no se fiaba. Su hijo no mostraba signos de debilidad. Y mientras tanto, las alucinaciones y delirios se hacían cada vez más intensos y extravagantes. 

El día que Joy se quedó en la calle con su bebé porque había decidido no pagar la pensión donde se alojaba, la policía ya había estado en comunicación con los diferentes organismos de protección de menores y sabían cómo debían actuar. No fue fácil hacer frente a una madre a la que le van a quitar a su hijo más pequeño. Se defendió con uñas y dientes. Un instinto de animal salvaje despertó en su interior.

Aquella noche, varias estrellas del cielo se apagaron por la tristeza ante lo terrible y antinatural del suceso. Un acontecimiento, a su vez, tan necesario para el bienestar de un niño enfermo.

Los ojos se me inundaron de lágrimas cuando finalicé la lectura de los informes que me habían enviado. Cuánto dolor. Cuánto sufrimiento generado por otros seres humanos y que continuaba reproduciéndose en otras historias y otras vidas. ¿Cómo combatir la maldad que nace dentro del corazón? ¿Cómo ganar la batalla a ciertas cuestiones culturales sin dañar la sensibilidad de un pueblo?

lunes, 1 de marzo de 2021

La princesa que escapó por la ventana y se piró

La princesa vivía encerrada en la lujosa torre de palacio, donde sólo debía preocuparse por mirarse al espejo y ponerse guapa para el príncipe azul que fuera a rescatarla del dragón que la custodiaba tras esos muros.

Un día, mientras barría el suelo de su alcoba, se preguntó por qué tenía que usar la escoba para algo tan vulgar y aburrido, cuando había un sinfín de otras actividades más provechosas que podía realizar con ella. Así que, con gran determinación, se quitó ese horrible vestido que le oprimía el pecho, montó sobre su escoba y salió volando por el pequeño ventanuco.

Entonces, se dio cuenta de que era libre, que la vida de fuera era fantástica y que no necesitaba que la salvaran. Que nadie podía decidir por ella su futuro ni su felicidad.

Y se dio cuenta, que no había dragón ni hechizo que la obligaran a quedarse en el palacio, que todo habían sido mentiras para que los príncipes azules mantuvieran sus privilegios y el mundo continuara su curso como hasta ahora.

Y se rebeló. Fue consciente de que ella tenía muchos más talentos que haber aprendido a limpiar y saberse maquillar. Que merecía mucho más que una vida de espera para ser convertida en trofeo. ¿Quién le garantizaba que le gustaría el príncipe? Nadie le había preguntado su opinión. No deseaba malgastar su tiempo besando sapos disfrazados. 

Vio como, al no pintarse, se le notaban las verrugas de la cara, pero no le importó, porque ya no usaba espejos y sólo tenía que gustarse a sí misma. Además, las otras brujas también tenían defectos, pero éstos no les impedían vivir en armonía, respetándose y ayudándose.

El rey, el padre de la princesa, encolerizó al enterarse de la noticia y amenazó a su hija con desheredarla si no regresaba a su cárcel de mármol.

Y la antigua princesa, no tuvo más remedio que tintar su sangre azul para volverla maravillosamente roja, perder comodidades, corona, lujos, protocolos, amistades de conveniencia, la obligación de la boda, de ser madre, florero y fregona.

lunes, 10 de agosto de 2020

Panpachay

"Y la luz empezó a salir al encuentro de los buscadores de amaneceres"
- JM. R. Olaizola - 


La encontré por casualidad, aunque no creo en el azar.

La vi desde lejos. Como un viajero ve un oasis en mitad del desierto y piensa que es un espejismo. Pero no, allí estaba. En medio de la selva. Era una casita sencilla, construida de madera y el tejado de palma. La rodeaba un paisaje de frondosa vegetación que parecía devorarla y la hacía pasar desapercibida. No sabía si era del todo sensato aproximarme, pero me moría de sed y no aguantaba más el calor ni los mordiscos de los insectos, acribillándome brazos y piernas. Estaba perdida y necesitaba ayuda. Era bastante evidente.

Conforme me acercaba, vi la silueta de una persona cortando cañas de bambú en la entrada. Se trataba de una mujer mayor. Lucía cabello plateado, recogido con un palo; tez morena y enormes ojos oscuros. Me sonrió al verme llegar.

- Bienvenida joven, ¿en qué le podemos ayudar?

Se presentó por su nombre y me preguntó el mío. Le expliqué mi situación y me ofreció entrar en su hogar mientras localizaban a alguien que me pudiera llevar de vuelta a la ciudad, antes de que anocheciera.

En la cabaña, se encontraba su marido, un hombre alto, encorvado, cuyas manos estaban deformadas por la enfermedad. Sonreía también, aún más que su esposa, y cuando lo hacía su rostro se contraía en mil pliegues que le conferían un aspecto risueño, de anciano bonachón. Su mirada brillante, gris, invitaba a la confianza, a pesar de que no podía ver.

- Sus ojos se cansaron de mirar- explicó la mujer, mientras me tendía una botella de agua- Pero su corazón permanece alerta a las novedades de cada día.

Aquel entorno con sus dos viejitos tenía algo de poético, una belleza peculiar, un pequeño y solitario paraíso camino a ninguna parte. Sin embargo, había un elemento más, que rechinaba con el resto, que no cuadraba. Otro hombre habitaba la vivienda. Un hombre considerablemente más joven, que arrastraba una sombra de tristeza como una pesada carga engrilletada a su vida. De mirada esquiva, ojeras profundas y manos tatuadas. Me produjo un escalofrío contemplar cómo el abuelo se acercaba a él y tras susurrarle algo al oído, ambos salían fuera.

Quizás por defecto profesional, empecé a hacer preguntas a la mujer acerca de aquel individuo discordante, sobre quién era y si residía en su casa por voluntad propia de la pareja. Entonces, mi anfitriona se sentó en la mecedora, sacó su pipa de fumar y, con la calma que precede a las grandes historias, comenzó a narrarme la suya.

Décadas atrás, ambos ancianos se conocieron en una villa dorada por el sol de la Toscana italiana. Él llegó tras recibir una oferta de trabajo para ser profesor en la pequeña escuelita. Sólo portaba consigo una maleta con un par de mudas y su traje de los domingos, todo el conocimiento que había podido acumular y una última esperanza desgastada que perdió en el trayecto. Ella fue la encargada de devolvérsela. La joven hija del panadero lo deslumbró desde el primer día que cruzó el umbral del negocio familiar. La muchacha le lanzó varios improperios por alguna razón y él supo desde ese instante que se enamoraría de ella. Tras años de galanteos y esfuerzos por conseguir unos ahorros, se casaron en una pequeña ermita. La ceremonia fue sencilla, pero nadie ha sido más feliz como lo fueron ellos en ese momento, mientras decían que sí al sacerdote, que querían estar juntos toda la vida, hasta que la muerte les separase por un instante de eternidad.

Con el paso del tiempo, el maestro, como era conocido en el pueblo, se había ganado una excelente reputación. Sin embargo, no era querido por todos. La envidia crecía entre aquellos que ambicionaban lo que el maestro tenía y ellos nunca podrían comprar por muy grandes que fuesen sus fortunas: elegancia y esa paz alegre de quien actúa según los dictados de la recta conciencia.

Fue fácil engatusar a la gente del pueblo para que acusaran al abuelo de delitos que nunca cometió. A pesar de que él quería hacer frente a las calumnias, su esposa, intuyendo lo peor, lo disuadió para que se fuesen de allí, con la excusa de buscar una vida más tranquila, donde poder disfrutar de la hija que esperaban. Se asentaron en una villa costera donde nacieron y crecieron sus dos niñas. Volvieron a empezar y fueron felices.

Sin embargo, unos años más tarde, la desgracia no tardó en presentarse de la mano de la violencia. Una violencia devastadora que se llevó consigo lo que más amaban. Como un fogonazo de luz que ciega al acuchillar la oscuridad de golpe; como un puñetazo imprevisible en la boca del estómago. Así irrumpió el horror, el terror en aquella casa.

Cuando la policía llamó a su puerta y sus pequeñas no habían vuelto tras marcharse con sus amigas a las fiestas de un pueblo próximo, se temieron lo peor. La falta de oxígeno, la pérdida de un motivo para vivir, las noches sin dormir... Exactamente, cincuenta y tres con sus respectivos amaneceres nublados. Hasta que las encontraron. No llegaron a cumplir quince años.

La anciana hizo una pausa para dar una calada a la pipa. Se mantenía increíblemente serena.

Cuando la desesperación estaba logrando asfixiarles y el dolor traspasaba todo su ser, se miraron y descubrieron que todavía se tenían el uno al otro. Sacaron fuerzas de Dios sabe donde para continuar y no detenerse. El tiempo no alivió el dolor, ni la justicia cerró la herida. Esa herida nunca dejaría de sangrar. Pero había algo más: el perdón.

Cuando las circunstancias se lo permitieron, aquellos padres a los que habían robado el derecho a la paternidad, se exiliaron a una humilde casita abandonada entre la espesura de la selva en el continente americano. Lejos de todo y de todos. No obstante, el destino o quien maneja sus hilos, tenía preparados otros planes para ellos.

martes, 28 de julio de 2020

Vera no trabaja frente a mi ventana

“El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas"
- de Cheris Kramarae/ Angela Davis
 
El día que la conocí llovía a mares. La tormenta había comenzado sin avisar y a mucha gente nos sorprendió en mangas de camisa. La ciudad se volvía más caótica, si eso era posible, en los días de lluvia. Una cortina de agua descendía hacia la tierra y al rumor de las gotas chocando contra el suelo se unían los truenos y el ruido del tráfico. Ríos de agua anegaban las aceras y formaban charcos en el asfalto. Sin embargo, ni un cielo de plomo ensombrecía esa luz especial que caracteriza a la capital italiana ni eliminaba un ápice de su belleza natural.

El diluvio me pilló en mi plaza favorita. Algunas tardes, si me daba tiempo tras salir de la facultad, paseaba hasta el centro y comía en la cantina que regentaba un indio de sonrisa fácil, donde cocinaban la mejor pasta del mundo. Después, recorría los callejones inundados de turistas y me maravillaba ante el arte de los edificios y esculturas, para terminar deleitándome con un helado o un capuccino en Piazza Navona. Llevaba un par de meses allí y ese ambiente me seguía fascinando. Era como sentir mil mariposas en el estómago.

Aquel día, por uno de esos milagros que sólo pueden asombrar en Roma, alcancé mi autobús a tiempo en Via del Corso -hecho inaudito- y, salvo los bajos de mis pantalones, no me empapé demasiado.

Ella estaba donde siempre, recogiendo sus pertenencias bajo el pequeño toldo de un pub. A decir verdad, ella y yo nos conocíamos desde mi llegada a la Città Eterna. Podría decirse que se ganaba el jornal en la calle, cerca de donde yo vivía y la veía muchas veces cuando me dirigía a la universidad y al regresar. Pero nunca habíamos hablado. Hasta ese momento. El momento en el que, con mi italiano chapurreado, le presté el paraguas para que no se mojara de camino a la habitación que ocupaba junto con su hija.

Desde aquel día, nos saludábamos al pasar. En una ocasión en que el frío arreciaba, la vi desde mi ventana. Cruzaba la carretera para dirigirse a su puesto habitual y se me ocurrió llevarle un café caliente y unas pocas pastas que había comprado por si tenía visita. Nos sentamos en un banco y nos presentamos. Se llamaba Vera y era brasileña. Se había asentado en Roma, como podía haberlo hecho en cualquier otro sitio, buscándose la vida. Y lo hacía. Se prostituía. No debía ser mucho mayor que yo, pero su mirada parecía haber visto más miseria y tristezas de lo que yo vería en cien años. Para Vera, la ciudad no tenía la magia que yo intuía entre sus adoquines, ni disfrutaba de los conciertos que los músicos bohemios brindaban a plena luz del día. Para ella, aquel era un país más, cuyos muros llenos de historia hedían horror y corrupción. Sin embargo, Vera todavía reía. Tenía la carcajada clara y sonora del repicar de las campanas.

Durante un tiempo, continuamos reuniéndonos en ese banco a charlar con la excusa de un café. Hasta que un día me atreví y la invité a mi casa, un pisito que compartía con otros estudiantes, que apenas paraban en él. Aceptó, a riesgo de perder a los puteros que le pagasen el alquiler del mes. Para ese encuentro, ya sabíamos muchas cosas la una de la otra. Éramos amigas. Y ambas habíamos perfeccionado nuestro italiano. Vera decía que pasaba gran parte de su día desnuda ante desconocidos, pero sin compartir una intimidad real como lo hacía en esos momentos, ante una muchacha que sabía poco o nada de la vida, pero no juzgaba la suya.

lunes, 8 de junio de 2020

El hombre que cena conmigo los viernes

"Al final, cabe preguntarse si la casualidad existe de verdad. 
¿Quizá todas las personas con las que nos cruzamos recorren nuestro perímetro con la esperanza incesante de cruzarse con nosotros?"
- En La Delicadeza de David Foenkinos -

Soy un as escuchando conversaciones ajenas. No es por cotilleo, sino por trabajo. Poco importa si la historia es real o ficticia. Mis lectoras y lectores siempre buscan en la contraportada de la revista un buen relato, da igual que sea un drama o una comedia, siempre que sea entretenido y les quite de cabeza sus propios problemas.

Viajando en el metro, en el autobús, sentada en la cafetería o en el banco de un parque; charlando con alguien, escuchando música, haciendo la compra o comiendo en un bar. De todas las situaciones puede surgir algo digno de ser contado. 

Por eso, todos los viernes, ceno en un restaurante. Es mi lugar favorito para conseguir mi dosis de inspiración. En los restaurantes, la gente suele ir acompañada y habla y habla, casi como si olvidaran que están en un lugar público. Sin embargo, me llaman especial atención las parejas que se sientan en una mesa, la una frente a la otra y no se dirigen ni una palabra. Ni una sola palabra. Sólo oyen el ruido de los cubiertos al rozar con el plato y el murmullo generalizado. Me da para preguntarme ¿será que están enfadados? ¿Por qué han venido a cenar entonces? ¿Llevarán tantos años juntos que se han aburrido el uno del otro y salen para rodearse de otras personas y no encontrarse tan solos en su propia compañía? Y me percato de si se miran o no, si se sonríen o no, si meten el tenedor en el plato del otro o no, si beben alcohol o no... Cuando me topo con una de estas parejas, mi crónica suele ser dramática, incluso la convierto en tragedia. Que corra la sangre siempre gusta a los lectores. Lo reconozcamos o no.


Últimamente, opto por un local cerca de mi casa. Barato, comida casera y trato amable. La dueña ya me conoce y me reserva la mesa bajo la escalera, donde me llegan mejor retazos de conversaciones y además, paso desapercibida. Ceno sola. Ya lo dije: estoy trabajando. Cada semana pido un menú diferente. “Lo que me aconseje la casa”. Y doy un trago a mi copa de vino. Eso que no falte. Una copita de vino blanco para acompañar mi soledad.

Antes de que me sirvan, hojeo un libro. Es mi momento de relax. De vez en cuando, levanto la vista y contemplo la estancia y a las personas que han ocupado sus sitios a mi alrededor. Familias, amigas, compañeras de trabajo, cenas de negocios, parejas que recién comienzan, matrimonios consolidados... De todo pasa ante mis ojos. A veces, no hace falta el lenguaje verbal, porque una lágrima cae, una mirada despierta, un abrazo anima, una sonrisa enamora, dos manos se acarician sobre el mantel... Me sirve para hacerme una composición de lugar y trazar las primeras líneas de mi esbozo. Más tarde, mis oídos comienzan a captar también las risas, anécdotas, preocupaciones, peticiones, propuestas de matrimonio o de divorcio, el niño que no quiere comer o que quiere un poco de cada cosa, el cierre de un negocio beneficioso para ambas partes, una solicitud de perdón y una respuesta afirmativa o no... Compruebo que estamos hechas de sonidos y de silencios que desvelan historias. Y empieza a orquestarse todo. Termino mi primera copa de vino y continúo con mi observación participante.

Durante varias semanas seguidas veo al mismo tipo, solo, en la barra. Bebe vino. Blanco, como yo. Pero la copa le dura más. Y únicamente toma una. Luce un sombrero sobre su cabeza y una barba oscura, bien cuidada. Nuestras miradas se cruzan sin quererlo varias veces. Me pregunto qué hace allí. ¿Vendrá todos los días? ¿Quizás quiera ahogar sus penas en alcohol? Difícil con un poco de vino. ¿Cuáles serán sus miedos, sus inquietudes, sus creencias? ¿Qué guardará en la pequeña bandolera que le cuelga del hombro? ¿A qué se dedicará? Imagino que a la pintura. Tiene aspecto de bohemio. Y de no llegar a fin de mes con holgura. Puede que espere a alguien que nunca llega. Puede. Puede que haya salido de trabajar, un viernes por la noche y quiera relajarse un poco antes de encerrarse todo el fin de semana con su mujer y sus tres hijos pequeños. Pero no. Habíamos quedado que era un artista. Los artistas de verdad no tienen un empleo formal ni crean una familia tradicional. Al menos, en mi imaginario.

Una noche algo cambia. Hace calor y el establecimiento ha sacado las mesas fuera. Yo también he cogido posición en la terraza. Mi concentración está dividida entre las explicaciones que una chica joven le da a otra -sobre cómo va a dejar a su novio por estar enganchado al fútbol y no destinarle un tiempo a ella- y enrollar mis espaguetis en la cuchara sin que se escurran, caigan en la salsa y me salpiquen la ropa. Cuando lo veo entrar. El hombre del sombrero. Nos miramos con la simpatía que proporciona la costumbre y sigo a lo mío. Sin embargo, al poco rato, siento una presencia que se acerca a mi mesa y se sienta frente a mí. El hombre del sombrero. Le miro perpleja y me devuelve la mirada, ladino. En ese momento, le traen otro plato de espaguetis y otra copa de vino. Blanco, como la mía.

martes, 19 de mayo de 2020

No sé quién soy

"Todos nosotros, entre ruinas, preparamos un renacer" 
- Albert Camus -

Desgranaban las primeras luces del alba, cuando escuchó a su madre levantarse y poner agua a hervir para su primer té matutino. Podía tomarse cuatro o cinco infusiones al día. En cambio a Leire, le parecía la bebida más insípida y aburrida sobre la faz de la tierra. Su madre nunca desayunaba más que eso, pero le obligaba a ella a comer algo consistente: un trozo de pan con mermelada que a duras penas era capaz de terminar y un vaso de leche. Había adelgazado mucho en los últimos dos meses y a veces no encontraba la energía ni las ganas suficientes para levantarse y dar inicio a la jornada.

El soplo de claridad que se filtró por la ventana cuando descorrió la cortina, deslumbró sus ojos aletargados. Un diluvio en polvo había cubierto la calzada de una alfombra blanca. Se asomó a la calle, solitaria a esas horas de la madrugada, y sintió que el frío le quemaba las heridas de los antebrazos. Una silueta oscura enfundada en una gabardina la observaba desde una esquina. El humo de su cigarrillo tejía telarañas en la bruma. Gritó de impotencia y desazón, pero cuando su madre corrió a abrazarla, el hombre ya no estaba y una estela de vapor venenoso se perdía en la niebla, como si nunca hubiera existido.

Aquel invierno de sus dieciséis años comenzó a trabajar limpiando portales. No había querido continuar con los estudios después de lo acontecido y su familia no iba a permitir que se refugiara en casa para siempre. Notaba que sus hermanos la estudiaban preocupados, como si esperasen que en cualquier momento, fuera a hacer alguna estupidez. Y no les culpaba. Ni ella misma sabía que le pasaba en ocasiones. Como aquel día en clase.

Había discutido con la profesora de Química y ésta le había expulsado del aula. Ella había sentido que le faltaba el aire de pura rabia y frustración y había decidido asomarse a la ventana del pasillo. Lo siguiente que recordaba era en flashes: sirenas de la ambulancia, el camión de los bomberos, chillos... y a ella, de pie en el alfeizar, a menos de un paso del vacío.
"La mémoire" de René Magritte
A las nueve de la mañana, cuando finalizaba su horario de trabajo, acudía al hospital de día infanto-juvenil. Desde luego, había chavales que estaban mucho peor que ella. A quien no le daban espasmos, se acurrucaba en un rincón y no hablaba con nadie. También había gente más normal y se lo pasaban bien entre actividad y actividad. Ese día, le habían propuesto ayudar a pintar una sala del segundo piso. Le gustaba el dibujo y la pintura. Además, era buena.

Naroa, la trabajadora social del centro, le daba conversación a su lado. A ella le había contado prácticamente todo. El único problema era que no diferenciaba lo real de lo que su mente recreaba como un espejismo. Sentía que se hundía en las profundidades de un pozo sin fondo, absorbida por sombras espectrales que la envolvían entre tinieblas y voces que no reconocía.

Todo había comenzado dos años atrás como un juego. Lo conoció una mañana de primavera. Una de las primeras de calor. El sol parecía burlarse de ella, viéndola marchar tan temprano para soportar interminables clases de asignaturas inútiles. Los árboles habían explosionado en flor e invitaban a la alegría. 

Antes de llegar al moderno edificio del instituto cuyo interior albergaba aburridas aulas repletas de pupitres, largos pasillos y profesores amargados, dispuestos a complicarle la existencia; había quedado con un par de amigas para compartir un porro que le hiciese más amena la mañana. Eva y Lola no eran compañeras del centro escolar, sino más mayores. Les presentaron en fiestas del barrio. Con ellas, había probado el cannabis y había sentido la adrenalina de robar en el Corte Inglés sin que les pillaran.

- Hemos quedado con nuestros sugar daddy. Les va a acompañar un amigo. ¿Te unes? 

Leire no tenía ni idea de qué era eso, pero cuando se lo explicaron, pensó que bien merecía la pena perderse un día de clase si, a cambio, no tenía que volver a estudiar el resto de su vida.

Según le explicó Eva, los "sugar daddy" son hombres mayores que buscan chicas guapas y jóvenes para que les hagan compañía, a las que pagan y compran caprichos en un trueque que cubría necesidades de ambos lados. "No tienes que hacer nada que no quieras. Dinero fácil y rápido", le aseguró Lola. "Sería una pena que no aprovecharas tu potencial" añadió, como si no sacar beneficio de su cuerpo y de su juventud fuera un desperdicio, un pecado capital.

Él era más joven y más atractivo que los otros dos señores que esperaban a sus compañeras. No tendría más de treinta y cinco años, así que -se dijo- la diferencia de edad no resultaba tan insalvable. Era súmamente agradable y considerado. En su primera cita, le regaló un Iphone, además del vestido que le había comprado para la ocasión. Con el dinero que ganaba, podía consumir más a menudo y el cannabis le ayudaba a olvidar los problemas que empezaban a surgir en casa: que si faltaba a clases, no aprobaba los exámenes, no llegaba a la hora establecida los fines de semana, broncas con sus hermanos, que de dónde había sacado la ropa nueva... y mentira va, mentira viene... Fueron meses de desatino sin conciencia, en los que, con la fe inmadura de quien no le ha visto todavía nunca las fauces al lobo, cree que el mundo está en sus manos y que se lo puede comer entero sin sufrir una indigestión. 

lunes, 6 de enero de 2020

César y sus ojos color mar

"Puede ser que una vez/ en un desvelo
descubramos que el mundo es una fiesta
y encontremos al fin
esa respuesta que desde siempre
nos esconde el cielo.
Puede ser que una noche / en algún vuelo
ganemos sin querer alguna apuesta
y advirtamos que un alma está dispuesta
a servirnos de paz y de consuelo.
Puede ser que el transcurso de los años
nos vaya proponiendo otra corriente
dejándonos con suerte y sin extraños
y aunque en la piel nos queden cicatrices
desde el viejo pasado hasta el presente
puede ser que logremos ser felices."
 - Mario Benedetti - 

Dicen que los Magos de Oriente son los hombres más sabios de la tierra. Conocen los corazones, los deseos e incertidumbres que encierran. Incluso, cuando se ha perdido la fe y la inocencia no escribe su carta, ellos se deslizan por los balcones, dejando a cada persona, un regalo diferente y secreto.

Aquella mañana del seis de enero, amaneció entre un mar de niebla baja. La escarcha cubría las aceras, el césped y los coches de fino cristal. Desde mi ventana, contemplé aquel paisaje solitario. Era temprano y no había nadie en la calle todavía. O sí. Algo se movía bajo un árbol, en la hierba. Entorné la mirada. No podía ser cierto. Un hombre envuelto en un saco de dormir. No lo pensé dos veces y salí a su encuentro con un termo de café y un bocadillo.

Sólo le vi la mitad del rostro: un ojo azul, medio bigote rubio y un poco de flequillo alborotado sobre la frente. El resto se hallaba oculto bajo el saco. Ante mi absurda pregunta de qué hacía allí, me respondió que tenía sueño. Fue cordial y agradecido, pero me dio la sensación de que le estaba molestando.

Estuve toda la mañana escudriñando desde mi ventana cual “vieja del visillo”. Saqué al perro y la basura con los envoltorios de los regalos que, con mi familia, habíamos abierto unas horas antes… Nada, no se movía. Hasta que se desperezó, más allá del mediodía. Se levantó, se sacudió el entumecimiento, estiró las piernas y estuvo caminando dando vueltas de un lado a otro. Luego, sacó de su mochila el bocadillo que le había entregado.

¡Era mi oportunidad! Salí de casa y me senté junto a él en un banco. Me saludó y le pegó otro mordisco al pan. Refirió que estaba rico. Le pregunté si podía ayudarle con algo más o si quería que llamara a alguien que lo recogiera, pero me dijo que no, que él se apañaba. Se llamaba César. Llevaba diez años en la calle. La primera noche, pensó que sería temporal. Ahora ya, era una costumbre. Su novia de entonces le había echado de casa y no tenía más familia, ni empleo, ni dinero. “A pesar de eso, no le guardo rencor, sólo recuerdo las cosas buenas. Yo la quise mucho. Y supongo que ella también a mí, a su manera”, soltó sin darse importancia.

Desprendía luz. Como la mayoría de personas humildes que lo han perdido todo y han hecho de las aceras su morada y su colchón. De ésas que hacen bien al corazón, aunque lo desconozcan y una misma no acierte a comprender el porqué. Era de trato afable y considerado.

Hacía tres días que no comía y vagabundeaba de aquí para allá. Estaba de duelo. Había perdido a su compañera de batallas. Su perrita murió en la calle bajo la atenta mirada de la luna. Le ofrecí una medallita de San Francisco de Asís, de las que suelo llevar unas cuantas para dar a quien me surja. Le dije que Francisco era el patrón de los animales, que cuidaría de su perrita y también de él. Le dio un beso y se la guardó. Luego me sonrió. La sonrisa de un niño. “Gracias”, pensé.

lunes, 4 de noviembre de 2019

El ángel del tercer grado

Conocí a Manuel por correspondencia. Me lo pidieron como favor y acepté por sentir que hacía una obra de caridad. No tenía ni idea.

Al principio, me costaba rellenar un folio con anécdotas sin importancia y preguntas protocolarias, pero poco a poco, me fui animando. Le escribía acerca de mis aficiones y sueños, sobre mi familia, el trabajo, mi forma de pensar y de ver el mundo. Pronto, aquel desconocido de caligrafía elegante y precisa se convirtió en un amigo íntimo, sin apenas advertirlo. Me habían avisado: Manu era muy especial.

Me contestaba siempre, dándome sabios consejos desde esa humildad de quien se sabe indigno para intervenir de manera alguna en la vida de los demás. Según me contaba, antes de quedarse en la calle y dormir en las aceras de Madrid, Barcelona o París, vivió en Marruecos y Pakistán en un tiempo que no recordaba. Hacía diez años había sufrido un accidente que le había dejado amnésico y solo en el mundo. Hablar sobre ese pasado que únicamente podía imaginar a través de flashes y momentos inconexos que iluminaban su mente de repente le hacía sufrir. Lo sabía por las señales de sus lágrimas en el papel. No quise hurgar en la herida y preguntarle más, pero era consciente del dolor que esa incertidumbre le causaba.

Por aquella época, Manu estaba en prisión y allí dentro se dedicaba a enseñar a otros presos a escribir o dibujar. Él mismo realizaba retratos de sus vecinos de celda y de las instalaciones del centro penitenciario. A menudo, me enviaba alguna de sus pinturas y podía adentrarme, a través de sus ojos, en la vida de aquellos tristes prisioneros.

Siempre finalizaba sus cartas con un agradecimiento y el deseo de conocernos en persona algún día. Sin embargo, a mí me gustaba así, a distancia. Me gustaba imaginármelo, que su presencia física no me afectara para trabar una amistad profunda. Disfrutaba de esa relación mágica creada a través del papel y la tinta. Quizás fuera cobardía y esa paz perezosa de no tener que implicarse en exceso con alguien. Ignoraba que los anhelos de Manuel eran órdenes para un destino aburrido de castigarle injustamente y no poder vencerle.

jueves, 31 de octubre de 2019

El señor de las noches

"Henos aquí. Igual que en las grandes historias Sr. Frodo, las que realmente importan,
llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido?
Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar el paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, AUN CUANDO ERES DEMASIADO PEQUEÑO PARA ENTENDERLAS"
- Sam en 'Las Dos Torres' -


Era noche cerrada y una densa niebla desdibujaba los contornos. Había llovido y hacía frío. Mi aliento dejaba estelas de vapor en la bruma. La calle se hallaba desierta y el silbido del viento acompañado por el parpadeo constante de las farolas había sembrado en mí una inquietud. Respiraba con dificultad. La ansiedad me oprimía el pecho. En medio de aquel silencio aterrador, envenenado de una soledad marchita, se oía el eco de mis pasos inciertos, apresurados, y el crujir de la hojarasca bajo mis pies. La puerta del templo se encontraba sellada, velando el descanso de los clérigos y un viejo postigo golpeaba el cristal de una de las ventanas con vehemencia.

Sabía que no estaba sola. Era la hora de los fantasmas. Esos que te observan desde la oscuridad para asaltarte, devorarte y recordarte lo vulnerable que eres.

Entonces, la vi. Al principio, una llamita tenue que se hacía más vigorosa conforme me aproximaba. Debía ser la única hoguera encendida en toda la ciudad. De hecho, ni siquiera estaba segura de que estuviera permitido encender una fogata en plena acera, aunque estuviera en la periferia.

Él estaba junto al fuego. Cuidaba de que no se apagase, echando más ramas secas de vez en cuando. No me asustó su tosca presencia, porque todo en él transpiraba bondad. Sonreía como un niño que todavía no ha recibido una herida y, sin embargo, todo en aquel hombre parecía herido.

Vestía de sayal y se protegía de la humedad con una capa de lana de cordero. Pies descalzos y manos encalladas. El rostro era moreno, rugoso, marcado, como el de alguien que se ha expuesto al sol por demasiado tiempo. Me miraba. Y en su mirada, me encontraba inocente de nuevo. Con un gesto, me invitó a sentarme a su lado. No sé por qué intuía que él deseaba que yo estuviera allí, cerquita suya, como la niña de sus ojos. Y era imposible tenerlo tan próximo y resistir el impulso de abrazarle. Olía a incienso y mirra. Su abrazo era hogar y refugio seguro.

El semblante del hombre irradiaba una ternura infinita, una pureza eterna. Acarició mi mejilla con su tacto áspero, pero yo la acogí como la caricia más suave, cálida y sincera. Y su alegría serena era contagiosa. Por eso era tan bello. No podía dejar de contemplarle.

Hablaba con paz, narraba historias y contaba chistes como nadie. Su risa era la carcajada clara y espontánea de quien tiene un corazón simple. No había engaño en su boca. Quizás por eso, después de un rato, el temor se había esfumado. Podía confiar.

domingo, 23 de junio de 2019

Hija del mal

Si aquella mujer no hubiera sido buena conmigo ni hubiera tenido ese gesto de ternura, probablemente no estaría aquí...
Pintura de Lita Cabellut
Eran las tres de la madrugada y esa noche me había metido toda la mierda que había podido conseguir a cambio de todo tipo de favores. No tenía un duro y no me apetecía regresar al centro de menores en esas condiciones. Tampoco habría podido dar un paso más. Me refugié en un cajero que descubrí bajo unos soportales. Tenía frío, a pesar de estar en el mes de julio y me abracé con mis propios brazos, pretendiendo abrigarme. Cerré los ojos.

Había pasado los últimos cuatro años de mi vida en diferentes centros de acogida. Me escapaba siempre. La banda era el único vínculo emocional que había logrado mantener. No era lo mejor del mundo, pero era un lugar donde me sentía querida y considerada. Había tenido que pasar por el aro en varias ocasiones en la que establecieron medidas judiciales por robos, escándalos y trapicheos, pero había merecido la pena por ganarme la pertenencia al grupo. O eso creía.

La policía nunca me localizaba cuando me piraba. Había llegado a pensar que, en el fondo, no les interesaba hacerlo. Volvería a huir y lo sabían. Era como un dolor de cabeza continuo para las profesionales que debían cuidar de mí. "Deber". Cuánto rechazo me producía esa palabra.

Mi madre nunca cumplió con el suyo, con su deber, conmigo. Mucho menos mi padre, que nos abandonó en cuanto supo de mi nacimiento. Después, me quedé sola, porque la mujer que me dio a luz decidió emigrar a España en busca de otra vida, sin violencia ni abusos. Había cumplido dieciocho primaveras y yo apenas compartí con ella un invierno.

Durante una década, todo con lo que había estado cargando mi madre, cayó sobre mí como una losa. Aprendí lo qué es la violencia ejercida dentro de la propia familia y que no podía confiar en nadie. También aprendí a sobrevivir y a defenderme.

A los diez años, me obligaron a cruzar el charco para reencontrarme con aquella desconocida que me había parido y me reclamaba. Quizás, pretendía que fuéramos una familia feliz: ella, yo... y mis dos hermanastros sin padre, a los que debía querer y atender. 

No lo hice nunca.

No duré ni año y medio en mi nuevo hogar. Cuando la situación se hizo insoportable, aquella extraña cedió mi guarda y custodia a los organismos competentes. A veces, pasábamos ratos juntas. Salía de los centros sin ser vista y esperaba en el portal a que ella llegara de dejar a sus otros hijos en la escuela. Me portaba bien. Hacía la comida y arreglaba la casa, pero siempre me terminaba echando. Supe que jamás me querría. Y no la culpo. Tal vez, deseaba que me encontraran muerta para que dejase de ser un problema.
Pintura de Pedro (González) Alonso

martes, 30 de abril de 2019

El príncipe maldito

Algunos decían que se trataba de un príncipe desahuciado de origen oriental, otros afirmaban que era un loco, un borracho, que se refugiaba allí de sus fantasmas. Mis amigas creían que era un muchacho normal con demasiados problemas en casa para aguantar en ella por más tiempo. Pero para mí, era una aparición divina, un ángel que se había perdido y deambulaba sin rumbo, sin saber qué hacer o adónde ir.

Hacía tiempo que le contemplábamos al anochecer, mientras paseaba por la orilla de la playa. Dedicaba unos minutos a recoger caracolas y trazar dibujos en la arena para, a continuación, dirigirse a un viejo caserón abandonado, cerca de los acantilados. Era un edificio enorme, pero la mayor parte había quedado reducida a escombros por un incendio ocurrido décadas atrás.

En la sala de estar, podíamos ver un majestuoso piano de cola que esperaba a esas noches estivales, para ser tocado de nuevo. El joven misterioso posaba sus delicadas manos suavemente sobre el teclado y sus dedos comenzaban a bailar formando melodías extraordinarias. Al menos, lo eran para mí. Mis amigas se marchaban antes de que terminase el recital.

Entonces, llegaba ese momento mágico que nunca quise compartir con nadie. Aquella criatura escapada de las antiguas fábulas hindúes, pasaba a la habitación contigua, en penumbra, encendía varias varillas de incienso e iniciaba un hipnótico ritual con cánticos y asanas. 

Una sofocante noche de verano, desperté empapada en sudor frío y con el fantasma de un grito en mi garganta. Había tenido pesadillas. Me hallaba en esa extraña situación entre el sueño y la vigilia, cuando me di cuenta de que no estaba en mi habitación. Me encontraba en el jardín de la mansión abandonada, junto a la ventana desde donde espiaba al estrafalario emir. ¿Cómo no me había espabilado antes? 

Intenté levantarme del suelo de piedra, con la intención de volver a mi cuarto y refugiarme bajo las sábanas. Sin embargo, mi aturdimiento y algo que se deslizaba entre los matorrales, me dejaron paralizada durante una fracción de segundo. Dos grandes ojos amarillos me contemplaban sin pestañear desde la selvática negrura que rodeaba la casa. Por un instante, el susto me impidió razonar y quise echar a correr, pero enseguida oí maullar a ese maligno espectro de pelaje cobrizo y unas enormes manos lo alzaron del suelo. Comprendí que mi menor problema era un gato chivato que me enseñaba los colmillos y se relamía con sorna.

jueves, 3 de enero de 2019

Síndrome de caballero

Todos los días sale el sol cuando se duerme bajo techo. Aunque hoy el día se ha levantado perezoso y la lluvia fina, mansa, da un aire melancólico al paisaje. Pero no le importa. Hoy comienza un nuevo año y está decidido a empezarlo con buen pie. Apenas ha conciliado el sueño debido a los nervios por lo que va a vivir en las próximas horas. Se siente eufórico. 

Ella duerme a su lado. La observa. Su respiración es pausada. Su cabello ensortijado oculta su rostro marcado por el tiempo y la desdicha. No encuentra belleza en sus rasgos, pero no le importa. Ha aprendido a valorar otros aspectos como la compañía, la comprensión y el cariño mutuo. No la conoce desde hace mucho, pero sospecha que es una pobre mujer que ha sufrido demasiado. Por eso hoy, le va a compensar por todo.

Se ducha con calma, saboreando la plácida sensación del agua caliente recorriéndole la piel. De pronto, escucha gritos y se imagina lo que ha sucedido. El dueño del piso la ha descubierto en su habitación y le recrimina que esté allí, se lo prohíbe. Sabe que tiene razón, que es el trato acordado. Exige que se larguen. ¡Qué desconsiderado! ¡Qué poca humanidad! Él no puede soportar esa falta de cortesía y le pega un puñetazo. Cree que le ha roto la nariz, pero no esperan a que llegue la policía para corroborarlo. Recogen sus escasas pertenencias y se piran. Nada ni nadie va a amargar su felicidad.

Le acompaña a la casa de baños para que se asee. Le ha comprado un vestido digno de una princesa. Cuando sale vestida y con una sonrisa enorme, se desencanta un poco. Había imaginado que le quedaría mejor. Pero ella le besa en los labios y lo amortiza. 

La conduce hasta el mejor hotel de la ciudad. Hace semanas reservó allí la suite principal con todo incluido. Cualquiera que los vea entrar con ese talante distinguido, puede pensar que son un matrimonio de la alta sociedad. Tras un suculento desayuno como nunca antes habían probado, él esnifa unas rayas de delicioso polvo blanco para continuar a tope, mientras ella entra en el jacuzzi. 

Entonces, algo falla de repente. Se ahoga, apenas puede controlar sus movimientos, un sudor frío le impregna la piel. Necesita salir del cuarto. Se dirige a la puerta a trompicones. Le parece oír la voz de ella como un eco lejano. Consigue llegar a la planta baja. Algunas personas le rodean y le hablan. Las piernas le flaquean y se derrumba en el suelo. Luego, se cierne sobre él una inmensa oscuridad.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

La bruja bajo el puente

Una sombra anónima se desliza en la espesa negrura de la madrugada. Una sombra entre tantas otras, sobreviviendo a un frío invierno más. Abandona debajo del puente sus escasas pertenencias, unos cuantos cartones y la bebida que le ayudó a entrar en calor la noche anterior.

Siempre el mismo ritual. Acude a asearse someramente a un baño público y a conseguir algo de papel sobre el que pueda escribir. Hoy tiene suerte. Entra en su librería habitual, cuya propietaria suele apoyarle en sus necesidades, y le regala un cuaderno. Después, regresa a su vida de periferia y soledad para dedicarse a su oficio.

En el barrio, todo el mundo la conoce. He escuchado las leyendas. Las malas lenguas dicen que la vieja es una bruja. Una de esas que vivieron hace cientos de años en las montañas y se refugiaron en cuevas para celebrar sus aquelarres. Y aunque durante el día oculta su poder, cuando anochece sobrevuela los tejados y realiza pócimas con restos de alimañas. Algunos aseguran que la han oído maldecir en un idioma "oscuro".

miércoles, 11 de abril de 2018

Las niñas de verdad no pueden volar

La Niña Arcoiris volaba en línea recta. Hacia las montañas. No sabía por qué iba allí, pero debía dirigirse a algún lugar. Si no, volar no tendría sentido.

Volaba con los brazos extendidos en cruz y las piernas muy juntas. De vez en cuando, realizaba volteretas y piruetas en el aire, descendía dando giros hasta marearse y volvía a subir de un impulso, para continuar boca arriba con la cabeza apoyada en las manos y silbando. El gélido viento se colaba por el cuello de su pijama, produciéndole escalofríos.

De pronto, comenzó a nevar. Al principio, la nieve caía despacio y después con mayor intensidad, pero la Niña Arcoiris no se detuvo. Bajo ella, estaba cuajando muy rápidamente. Contempló el paisaje fascinada. Hasta donde alcanzaba su vista, todo se había cubierto de una espesa capa blanca. Jamás había imaginado nada semejante. Deseó ser uno de esos copos de nieve que caían lentamente desde el cielo, bailando sobre sí. Tan geométricamente perfectos, desprovistos de preocupaciones... Para acabar, finalmente, fusionándose con el suelo. Se lo pensó mejor: ella no quería una vida tan corta.

La visibilidad era casi nula. Volaba mirando el bosque que se extendía bajo sus pies, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza. Miró al frente: las montañas parecían más lejanas de lo que la Niña Arcoiris recordaba. Se sacudió el pelo y se limpió la cara, colorada por el frío. Intentó seguir adelante, pero volvió a chocar contra una pared invisible. 

Recordaba esa sensación. La había sentido en innumerables ocasiones cuando estaba en casa o en la escuela y oía el ruido de las bombas. Esa horrible sensación de no poder escapar. Había soñado cientos de veces con volar y huir de aquel lugar en el que había nacido y que envenenaba los corazones de pérdida, mientras unos pocos echaban a suertes los destinos de personas invisibles, sin importar si se las llevaban por delante para lograr sus objetivos.

Y además, el miedo. Un miedo que corroía las entrañas, como un monstruo que devoraba ilusiones, infancias y almas inocentes para seguir con vida. Nadie debería enfrentar jamás ese pánico que olía a destrucción, menos aún cuando no se había rebasado la mayoría de edad.

Quiso gritar, pero estaba sola. Volar ya no le parecía tan divertido. "Sólo quiero ser una niña", deseó en voz alta.

viernes, 16 de febrero de 2018

La mujer del ático

A Esperanza.

La mujer del ático era una de esas personas extraordinarias que nacen una vez cada quinientos años y que parece imposible que existan en este mundo de humo y ceniza. Pero si tienes la fortuna y el privilegio de toparte con ella, estás en el deber de agradecerlo y, por tanto, de contarlo.

La conocía desde hace más de diez años, cuando me mudé al diminuto piso debajo del suyo. Todos los vecinos eran personajes peculiares, acostumbrados a lidiar con la soledad, entre quienes me sentí una más y a los que tomé cariño enseguida. Pero aquella mujer... Aquella mujer era especial.
La abuela- como yo la llamaba- era una mujer alta, algo encorvada y enérgica. Su cabello lucía gris, corto y alborotado. Tenía los ojos de un verde esmeralda que llamaba la atención y que relampagueaban cada vez que reía. La definía su buen talante y esa sabiduría sencilla que otorgan los años. Tras una losa de carácter y genio escondía un corazón de oro. 

Me encantaba escucharla discutir sobre cualquier tema, menos sobre política. Afirmaba que las ideologías, llevadas al extremo, ya le habían robado demasiadas cosas como para que le hicieran perder saliva y tiempo en los momentos de paz.

Gustaba de acudir a exposiciones de pintura y sentía predilección por los artistas noveles. Decía que transmitían la alegría que los más expertos eran incapaces de plasmar. También asistía al teatro siempre que podía permitírselo y disfrutaba de la música, de los recitales de poesía y las tertulias literarias, de las que era asidua. 

Su casa era una biblioteca repleta de libros de toda clase e idioma, incluso podías encontrártelos en los lugares más insospechados, como el armario de las escobas o en los estantes del baño.

Cruzar el umbral de su habitación era adentrarse en un pequeño santuario. La ventana daba al patio interior, por lo que la estancia solía hallarse en penumbra, apenas iluminada por la escasa luz de la lamparita de la mesilla. Sobre el cabecero de la cama, un enorme Cristo crucificado presidía el cuarto, acompañado por un retrato a carboncillo del abuelo y una veintena de estampas de santos colocadas sobre el tocador, junto a las fotos de hijos y nietos.

La abuela había tenido siete hijos y por lo que relataba, su marido había sido el mejor hombre sobre la faz de la tierra. No obstante, su esposo no era el único al que la mujer del ático mencionaba con tanto amor como admiración. Antes de casarse, había conocido a un joven algunos años mayor que ella, dueño de una librería de viejo llamada "La flor", heredada de sus tíos, los cuales habían emigrado a América en busca de mejor vida.

A aquel joven y a ella les apasionaba el arte y no tardaron en hacerse amigos, compartir sus novelas predilectas o ir al cine para luego debatir sobre la trama, el mensaje u otras cuestiones más técnicas.

Finalmente, durante la guerra, el joven tuvo que exiliarse y llevarse consigo todos los libros prohibidos que pudo. Jamás volvieron a verse, pero desde entonces, cada tres meses, la abuela recibía un libro entre cuyas páginas siempre descubría una flor seca, como única firma de su remitente.

martes, 26 de septiembre de 2017

El rincón favorito del jardín

"El corazón de los abuelos late junto al corazón de sus nietos, en la primera luz de cada mañana, en la penumbra del atardecer y en el silencio de la noche.

Ese lazo de amor sublime los mantendrá unidos más allá de todo y no habrá fuerza que pueda romperlo. 

Es un amor mutuo que se retroalimenta continuamente. La felicidad de los nietos es la mejor vitamina para el alma de los abuelos y los abuelos para los nietos son figuras de referencia, fuente de cariño, ternura, mimos… y también de experiencia"


Cuenta la leyenda que un día, la Jardinera estaba cuidando del jardín del corazón humano cuando se fijó en un rincón en el que apenas habían crecido unos brotes de hierba. El jardín era su mejor creación en cuanto a belleza y diseño y no sólo eso, las zonas estaban bien diferenciadas y tenían su funcionalidad. Las parcelas de árboles frutales, plantas medicinales, flores silvestres... incluso una zona para el cultivo de vegetales y hortalizas.

La Jardinera estudió preocupada aquel rincón y durante mucho tiempo le dedicó un mimo especial. Primero, observó el terreno y la trayectoria del sol durante las cuatro estaciones. Limpió y labró la tierra hasta que los callos de las manos dejaron de molestarle, eliminando las malas hierbas y cascotes. Comprobó el sistema de riego y lo mejoró. Cavó una pequeña zanja que convirtió en estanque para que peces de mil formas y especies atravesaran sus aguas cristalinas entre graciosos chapoteos. Por último, mandó traer todo tipo de flores y plantas exóticas, de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur. 

En cuanto los árboles crecieron, las aves del cielo los eligieron para crear hogar en sus ramas y llenar el aire de su canto. Las flores, las más coloridas del gran jardín, esparcían sus aromas por el ambiente y cuando la Jardinera trabajaba en la huerta o recogía los cocos de las palmeras del fondo, el perfume de aquel rincón alcanzaba su afilada nariz, recordándole todo el amor y el esfuerzo que le había regalado a ese pequeño trocito.

lunes, 3 de julio de 2017

El viejo habitado de olvido

Un aliento gélido me mordió la piel al acceder a las entrañas de aquel santuario. Las paredes rezumaban humedad y el moho crecía a corros. La escasa luz que penetraba por las ventanas acuchillaba las tinieblas que envolvían la estancia.

Como cada tarde a la misma hora, lo vi hervir agua para preparase un té. Esta vez tampoco le añadió azúcar. "Amargo, como la vida", solía alegar. Y en su caso, así era. Tomó una cucharilla entre sus manos encalladas y removió el contenido de la taza. Después, encendió su desgastada pipa y le dio una calada. Le observé mientras se recostaba en la mecedora en un intento por recordar.

El tiempo y la miseria habían dibujado líneas sinuosas en su rostro curtido por el sol y marcado por alguna enfermedad. El cabello largo y plateado caía sobre sus hombros. De pronto, sus diminutos ojos grises, chispeantes y encharcados en lágrimas, descansaron sobre los míos.

- Sólo logro distinguir su rostro- musitó con la voz rota, como su alma de pirata.

Se aproximó a la rústica mesa de madera que presidía la habitación, encendió el candil y se inclinó para coger la pluma y comenzar a escribir. Bajo la luz tenue, pude apreciar esa caligrafía elegante que revelaba la altura de su linaje; muy diferente a la existencia de polvo y sombra en la que había anidado la costumbre. Lunes de borrachera, martes de resaca. Y el resto de la semana, asustando críos a la salida de la escuela, 
regalando flores silvestres a distinguidas damiselas o tocando un ukelele al que le faltaban un par de cuerdas. 

Soltó la pluma poco antes de que el aceite de la lámpara se agotara. El manuscrito era un entramado de sueños, recuerdos y momentos inconexos. Pero hablaban de ella. 
Una esperanza esculpida como una presencia en la memoria. Y al acabar la lectura, yo también pude contemplar su semblante. 

viernes, 19 de mayo de 2017

El plan de Anteros

«La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, tomados de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas raras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban conduciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido».- Arthur Conan Doyle

A todos los sueños absurdos que invaden mis noches.

No era un día habitual en Hyde Park. Amaneció nublado, pero los rayos de sol lucharon con insistencia contra los nubarrones que tintaban el cielo de gris y por fin, el azul había invadido el territorio celeste. Por ese motivo, Teresa aprovechó para salir con las dos niñas que cuidaba. Era domingo y a las peques les encantaba caminar por los jardines y subirse en las barcas para navegar por el lago Serpentine. Ella también disfrutaba, aunque no podía evitar sentir cierta nostalgia por Madrid, su ciudad natal, y por el parque del Retiro.

Esa mañana, a mitad del paseo, Teresa había recibido un whatsapp inesperado. Ángel había recorrido los más de mil kilómetros que separaban Madrid de Londres para intentar arreglar lo suyo. “Lo nuestro" lo había llamado él, aunque ella tenía serias dudas sobre si seguían teniendo algo en común. 

Pero lo heroico del gesto de Ángel no era el viaje en sí, sino cómo lo había hecho: en coche. Y después de dos largos meses desde la ruptura. “¿No podía ser una persona normal y tomar un avión?”, pensó ella. Quizás deseaba sorprenderla así, pero consiguió el efecto contrario. ¿Qué pretendía demostrar? Aquello que tanto le había llamado la atención cuando lo conoció, ahora sólo la ponía de mal humor. Tal vez era porque, tras ese esfuerzo, era incapaz de decirle que no y mandarlo directamente a freír espárragos.

Quedaron esa misma tarde en Piccadilly Circus. Ella trabajaba en Manor House, podría coger la línea directa del metro y en veinte minutos llegaría sin problemas. No imaginaba que las cosas pudieran complicarse ni que el destino tuviera otros planes.

Él se encaminó hacia su cita con dos horas de antelación. No podía dormir y no aguantaba un minuto más de espera en aquel rancio cuarto del hostel, que no había tenido más remedio que compartir con desconocidos que le miraban raro. Las paredes pintadas de color remolacha más una única y diminuta ventana, que dificultaba la ventilación, le estaban causando claustrofobia. Hacía un siglo, ese edificio había sido una cárcel que había albergado a cientos de personas hacinadas, sin más vistas que el cielo oscuro y a menudo cargado de lluvia en la ciudad de Oliver Twist

Se había vestido con su camisa blanca favorita y la americana de las ocasiones especiales. Ante todo, no perder la clase ni la elegancia. Montó en su coche recién comprado y estuvo dando vueltas, estudiando donde podía aparcar para acercarse andando. Casi a la hora exacta en que Teresa comenzaba su tiempo libre, condujo hacia allí. Con un poco de suerte, podría recogerla, haciéndose el sorprendido por el encuentro. Atisbó una plaza de aparcamiento y se dirigió hacia ella. Sin embargo, no aparcó. 

- Hey, friend! Do you speak spanish, please? ¿Español? Necesito una manita… Help.– un hombre joven salió del vehículo estacionado justo detrás de la plaza libre. Tenía las mejillas y las manos sucias. Parecía que su coche le estaba dando problemas.

Ángel negó con la cabeza y continuó buscando sitio. No podía perder tiempo ayudando a ese pobre desesperado y tampoco le daba confianza abandonar su coche junto al de él. “No pierdas la paciencia, ya encontrarás un lugar mejor", se animó a sí mismo, mirando de reojo la hora que marcaba el reloj de su móvil.

Ella, por otra parte, había tenido una tarde de locura. Una de las niñas se había puesto enferma con vómitos y fiebre. Ni corta ni perezosa, cogió el coche de su patrón y la llevó a urgencias. Mientras le hacían pruebas a la menor y su hermana se dedicaba a patinarse por los pasillos, Teresa intentaba localizar a los padres. Acudieron al hospital cuando la situación se había calmado y la pequeña descansaba en una cama de una fría habitación, con paredes blancas y olor a desinfectante.

Salió más tarde de su hora y además tenía devolver el automóvil, porque los señores Shepard habían llegado en sus otros vehículos. Sin embargo, la suerte parecía sonreírle. Encontró un sitio amplio en Manor House, próximo a la estación de metro. “Cuándo regrese lo llevaré al garaje. No creo que a Mr. Shepard le importe por un rato", se autoconvenció con optimismo.

- Hey, friend! Do you speak spanish, please? - alguien interrumpió sus pensamientos. 

sábado, 25 de marzo de 2017

El botones enamorao

"Hoy me siento como un tango bailando en el viento"

La reconoció desde el momento que cruzó la puerta del hotel. Con esos ojos oscuros que se clavaron en los suyos y esa actitud segura y desafiante, de quien se siente satisfecha en su piel y con su vida. También de niña había tenido ese carácter rebelde, fuerte, indomable. 

Ella le sonrió, cortés. A él la perplejidad le paralizó por un instante, mientras la contemplaba pasar por su lado, dejando una estela de su perfume natural, ése que tanto le gustaba. Se aflojó el nudo de la corbata y respiró hondo.

Sus idas y venidas eran continuas, así que él pronto se acostumbró a su presencia durante unos días, para después volver a cargar su maleta y verla marchar.

Hasta pudieron compartir alguna conversación, cuando subía a su habitación a llevarle algún pedido. 

Aprendió a recordar el significado de sus gestos y a fijarse en los detalles, como la foto de su familia que colocaba junto a su máquina de escribir, su afición a leer mientras desayunaba o dibujar garabatos cuando hablaba desde el teléfono de recepción. Siempre lucía algo de color naranja en su atuendo, si no era un vestido, eran unos zapatos o un broche. Y siempre esa mirada tatuada de tristeza que pretendía camuflar a base de pintura. Incluso eso le gustaba. Porque para él no tenía secretos, aunque ella lo ignorara por completo.

Todo en aquella mujer había cambiado y, sin embargo, le despertaba la misma emoción y cosquilleo de hacía tantos años. 

No se atrevía darse a conocer. Si fuera especial... como uno de esos elegantes señores que bebían champán en el salón del hotel en los grandes eventos o como los artistas refinados que se alojaban de vez en cuando y a los que solía ver rodeados de admiradoras. Si fuera alguien con conocimientos del mundo como ella, con estudios y clase... Pero es un simple botones con su estúpido y ridículo uniforme. Y pensar que ella le había considerado un descarado en aquella ocasión, cuando  le había confesado que la quería... Han bastado unos años para que ni siquiera sea capaz de mirarla a esos ojos en los que antes se perdía.

Así que el joven botones vuelve cada noche a la habitación que alquila en una cochambrosa pensión, con las manos en los bolsillos y el ánimo por los suelos. Las esperanzas que despertaron con el amanecer, retornan desgastadas junto a sus viejos zapatos. No había reunido el valor.

"Pero todo cambiará al día siguiente" piensa, mientras apoya la cabeza en la almohada, dispuesto a soñar. Y al despuntar el alba, vuelve a cargar bolsas y maletas y a mostrarse educado y solícito con l@s client@s nuev@s o con aquell@s que dan por finalizado su hospedaje. Está preparado para hacer lo que sea necesario y de la mejor manera posible, hasta encontrarla de nuevo o que ella le encuentre.

De pronto, la ve de refilón a la salida. Él mismo ha portado sus pertenencias hasta el taxi que la espera. Y ese coche, -le parece- se lleva algo suyo, porque desde luego, a él le falta una parte de sí mismo cada vez que la ve partir. Entonces, ella le saluda y se acerca peligrosamente. Él corresponde a su saludo de un modo cordial, quizás peca de excesiva timidez. Él, que para nada es tímido. No puede evitarlo.

"¡Espera!", le llama y él obedece. Se sitúa frente al botones que tanto le cuida y con quien se siente tan auténtica, sin necesidad de demostrar su valor constantemente. Es lo que le hace especial: no le juzga. Por eso le gusta tanto. Pero hay algo más. Le estudia con curiosidad y detenimiento. "Me recuerdas a alguien a quien quise mucho", le dice. Se miran a los ojos y descubren en sus miradas algo que les embriaga de ilusión y que lo cambia todo.