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lunes, 6 de enero de 2020

César y sus ojos color mar

"Puede ser que una vez/ en un desvelo
descubramos que el mundo es una fiesta
y encontremos al fin
esa respuesta que desde siempre
nos esconde el cielo.
Puede ser que una noche / en algún vuelo
ganemos sin querer alguna apuesta
y advirtamos que un alma está dispuesta
a servirnos de paz y de consuelo.
Puede ser que el transcurso de los años
nos vaya proponiendo otra corriente
dejándonos con suerte y sin extraños
y aunque en la piel nos queden cicatrices
desde el viejo pasado hasta el presente
puede ser que logremos ser felices."
 - Mario Benedetti - 

Dicen que los Magos de Oriente son los hombres más sabios de la tierra. Conocen los corazones, los deseos e incertidumbres que encierran. Incluso, cuando se ha perdido la fe y la inocencia no escribe su carta, ellos se deslizan por los balcones, dejando a cada persona, un regalo diferente y secreto.

Aquella mañana del seis de enero, amaneció entre un mar de niebla baja. La escarcha cubría las aceras, el césped y los coches de fino cristal. Desde mi ventana, contemplé aquel paisaje solitario. Era temprano y no había nadie en la calle todavía. O sí. Algo se movía bajo un árbol, en la hierba. Entorné la mirada. No podía ser cierto. Un hombre envuelto en un saco de dormir. No lo pensé dos veces y salí a su encuentro con un termo de café y un bocadillo.

Sólo le vi la mitad del rostro: un ojo azul, medio bigote rubio y un poco de flequillo alborotado sobre la frente. El resto se hallaba oculto bajo el saco. Ante mi absurda pregunta de qué hacía allí, me respondió que tenía sueño. Fue cordial y agradecido, pero me dio la sensación de que le estaba molestando.

Estuve toda la mañana escudriñando desde mi ventana cual “vieja del visillo”. Saqué al perro y la basura con los envoltorios de los regalos que, con mi familia, habíamos abierto unas horas antes… Nada, no se movía. Hasta que se desperezó, más allá del mediodía. Se levantó, se sacudió el entumecimiento, estiró las piernas y estuvo caminando dando vueltas de un lado a otro. Luego, sacó de su mochila el bocadillo que le había entregado.

¡Era mi oportunidad! Salí de casa y me senté junto a él en un banco. Me saludó y le pegó otro mordisco al pan. Refirió que estaba rico. Le pregunté si podía ayudarle con algo más o si quería que llamara a alguien que lo recogiera, pero me dijo que no, que él se apañaba. Se llamaba César. Llevaba diez años en la calle. La primera noche, pensó que sería temporal. Ahora ya, era una costumbre. Su novia de entonces le había echado de casa y no tenía más familia, ni empleo, ni dinero. “A pesar de eso, no le guardo rencor, sólo recuerdo las cosas buenas. Yo la quise mucho. Y supongo que ella también a mí, a su manera”, soltó sin darse importancia.

Desprendía luz. Como la mayoría de personas humildes que lo han perdido todo y han hecho de las aceras su morada y su colchón. De ésas que hacen bien al corazón, aunque lo desconozcan y una misma no acierte a comprender el porqué. Era de trato afable y considerado.

Hacía tres días que no comía y vagabundeaba de aquí para allá. Estaba de duelo. Había perdido a su compañera de batallas. Su perrita murió en la calle bajo la atenta mirada de la luna. Le ofrecí una medallita de San Francisco de Asís, de las que suelo llevar unas cuantas para dar a quien me surja. Le dije que Francisco era el patrón de los animales, que cuidaría de su perrita y también de él. Le dio un beso y se la guardó. Luego me sonrió. La sonrisa de un niño. “Gracias”, pensé.

lunes, 4 de noviembre de 2019

El ángel del tercer grado

Conocí a Manuel por correspondencia. Me lo pidieron como favor y acepté por sentir que hacía una obra de caridad. No tenía ni idea.

Al principio, me costaba rellenar un folio con anécdotas sin importancia y preguntas protocolarias, pero poco a poco, me fui animando. Le escribía acerca de mis aficiones y sueños, sobre mi familia, el trabajo, mi forma de pensar y de ver el mundo. Pronto, aquel desconocido de caligrafía elegante y precisa se convirtió en un amigo íntimo, sin apenas advertirlo. Me habían avisado: Manu era muy especial.

Me contestaba siempre, dándome sabios consejos desde esa humildad de quien se sabe indigno para intervenir de manera alguna en la vida de los demás. Según me contaba, antes de quedarse en la calle y dormir en las aceras de Madrid, Barcelona o París, vivió en Marruecos y Pakistán en un tiempo que no recordaba. Hacía diez años había sufrido un accidente que le había dejado amnésico y solo en el mundo. Hablar sobre ese pasado que únicamente podía imaginar a través de flashes y momentos inconexos que iluminaban su mente de repente le hacía sufrir. Lo sabía por las señales de sus lágrimas en el papel. No quise hurgar en la herida y preguntarle más, pero era consciente del dolor que esa incertidumbre le causaba.

Por aquella época, Manu estaba en prisión y allí dentro se dedicaba a enseñar a otros presos a escribir o dibujar. Él mismo realizaba retratos de sus vecinos de celda y de las instalaciones del centro penitenciario. A menudo, me enviaba alguna de sus pinturas y podía adentrarme, a través de sus ojos, en la vida de aquellos tristes prisioneros.

Siempre finalizaba sus cartas con un agradecimiento y el deseo de conocernos en persona algún día. Sin embargo, a mí me gustaba así, a distancia. Me gustaba imaginármelo, que su presencia física no me afectara para trabar una amistad profunda. Disfrutaba de esa relación mágica creada a través del papel y la tinta. Quizás fuera cobardía y esa paz perezosa de no tener que implicarse en exceso con alguien. Ignoraba que los anhelos de Manuel eran órdenes para un destino aburrido de castigarle injustamente y no poder vencerle.

jueves, 31 de octubre de 2019

El señor de las noches

"Henos aquí. Igual que en las grandes historias Sr. Frodo, las que realmente importan,
llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido?
Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar el paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, AUN CUANDO ERES DEMASIADO PEQUEÑO PARA ENTENDERLAS"
- Sam en 'Las Dos Torres' -


Era noche cerrada y una densa niebla desdibujaba los contornos. Había llovido y hacía frío. Mi aliento dejaba estelas de vapor en la bruma. La calle se hallaba desierta y el silbido del viento acompañado por el parpadeo constante de las farolas había sembrado en mí una inquietud. Respiraba con dificultad. La ansiedad me oprimía el pecho. En medio de aquel silencio aterrador, envenenado de una soledad marchita, se oía el eco de mis pasos inciertos, apresurados, y el crujir de la hojarasca bajo mis pies. La puerta del templo se encontraba sellada, velando el descanso de los clérigos y un viejo postigo golpeaba el cristal de una de las ventanas con vehemencia.

Sabía que no estaba sola. Era la hora de los fantasmas. Esos que te observan desde la oscuridad para asaltarte, devorarte y recordarte lo vulnerable que eres.

Entonces, la vi. Al principio, una llamita tenue que se hacía más vigorosa conforme me aproximaba. Debía ser la única hoguera encendida en toda la ciudad. De hecho, ni siquiera estaba segura de que estuviera permitido encender una fogata en plena acera, aunque estuviera en la periferia.

Él estaba junto al fuego. Cuidaba de que no se apagase, echando más ramas secas de vez en cuando. No me asustó su tosca presencia, porque todo en él transpiraba bondad. Sonreía como un niño que todavía no ha recibido una herida y, sin embargo, todo en aquel hombre parecía herido.

Vestía de sayal y se protegía de la humedad con una capa de lana de cordero. Pies descalzos y manos encalladas. El rostro era moreno, rugoso, marcado, como el de alguien que se ha expuesto al sol por demasiado tiempo. Me miraba. Y en su mirada, me encontraba inocente de nuevo. Con un gesto, me invitó a sentarme a su lado. No sé por qué intuía que él deseaba que yo estuviera allí, cerquita suya, como la niña de sus ojos. Y era imposible tenerlo tan próximo y resistir el impulso de abrazarle. Olía a incienso y mirra. Su abrazo era hogar y refugio seguro.

El semblante del hombre irradiaba una ternura infinita, una pureza eterna. Acarició mi mejilla con su tacto áspero, pero yo la acogí como la caricia más suave, cálida y sincera. Y su alegría serena era contagiosa. Por eso era tan bello. No podía dejar de contemplarle.

Hablaba con paz, narraba historias y contaba chistes como nadie. Su risa era la carcajada clara y espontánea de quien tiene un corazón simple. No había engaño en su boca. Quizás por eso, después de un rato, el temor se había esfumado. Podía confiar.

domingo, 23 de junio de 2019

Hija del mal

Si aquella mujer no hubiera sido buena conmigo ni hubiera tenido ese gesto de ternura, probablemente no estaría aquí...
Pintura de Lita Cabellut
Eran las tres de la madrugada y esa noche me había metido toda la mierda que había podido conseguir a cambio de todo tipo de favores. No tenía un duro y no me apetecía regresar al centro de menores en esas condiciones. Tampoco habría podido dar un paso más. Me refugié en un cajero que descubrí bajo unos soportales. Tenía frío, a pesar de estar en el mes de julio y me abracé con mis propios brazos, pretendiendo abrigarme. Cerré los ojos.

Había pasado los últimos cuatro años de mi vida en diferentes centros de acogida. Me escapaba siempre. La banda era el único vínculo emocional que había logrado mantener. No era lo mejor del mundo, pero era un lugar donde me sentía querida y considerada. Había tenido que pasar por el aro en varias ocasiones en la que establecieron medidas judiciales por robos, escándalos y trapicheos, pero había merecido la pena por ganarme la pertenencia al grupo. O eso creía.

La policía nunca me localizaba cuando me piraba. Había llegado a pensar que, en el fondo, no les interesaba hacerlo. Volvería a huir y lo sabían. Era como un dolor de cabeza continuo para las profesionales que debían cuidar de mí. "Deber". Cuánto rechazo me producía esa palabra.

Mi madre nunca cumplió con el suyo, con su deber, conmigo. Mucho menos mi padre, que nos abandonó en cuanto supo de mi nacimiento. Después, me quedé sola, porque la mujer que me dio a luz decidió emigrar a España en busca de otra vida, sin violencia ni abusos. Había cumplido dieciocho primaveras y yo apenas compartí con ella un invierno.

Durante una década, todo con lo que había estado cargando mi madre, cayó sobre mí como una losa. Aprendí lo qué es la violencia ejercida dentro de la propia familia y que no podía confiar en nadie. También aprendí a sobrevivir y a defenderme.

A los diez años, me obligaron a cruzar el charco para reencontrarme con aquella desconocida que me había parido y me reclamaba. Quizás, pretendía que fuéramos una familia feliz: ella, yo... y mis dos hermanastros sin padre, a los que debía querer y atender. 

No lo hice nunca.

No duré ni año y medio en mi nuevo hogar. Cuando la situación se hizo insoportable, aquella extraña cedió mi guarda y custodia a los organismos competentes. A veces, pasábamos ratos juntas. Salía de los centros sin ser vista y esperaba en el portal a que ella llegara de dejar a sus otros hijos en la escuela. Me portaba bien. Hacía la comida y arreglaba la casa, pero siempre me terminaba echando. Supe que jamás me querría. Y no la culpo. Tal vez, deseaba que me encontraran muerta para que dejase de ser un problema.
Pintura de Pedro (González) Alonso

jueves, 3 de enero de 2019

Síndrome de caballero

Todos los días sale el sol cuando se duerme bajo techo. Aunque hoy el día se ha levantado perezoso y la lluvia fina, mansa, da un aire melancólico al paisaje. Pero no le importa. Hoy comienza un nuevo año y está decidido a empezarlo con buen pie. Apenas ha conciliado el sueño debido a los nervios por lo que va a vivir en las próximas horas. Se siente eufórico. 

Ella duerme a su lado. La observa. Su respiración es pausada. Su cabello ensortijado oculta su rostro marcado por el tiempo y la desdicha. No encuentra belleza en sus rasgos, pero no le importa. Ha aprendido a valorar otros aspectos como la compañía, la comprensión y el cariño mutuo. No la conoce desde hace mucho, pero sospecha que es una pobre mujer que ha sufrido demasiado. Por eso hoy, le va a compensar por todo.

Se ducha con calma, saboreando la plácida sensación del agua caliente recorriéndole la piel. De pronto, escucha gritos y se imagina lo que ha sucedido. El dueño del piso la ha descubierto en su habitación y le recrimina que esté allí, se lo prohíbe. Sabe que tiene razón, que es el trato acordado. Exige que se larguen. ¡Qué desconsiderado! ¡Qué poca humanidad! Él no puede soportar esa falta de cortesía y le pega un puñetazo. Cree que le ha roto la nariz, pero no esperan a que llegue la policía para corroborarlo. Recogen sus escasas pertenencias y se piran. Nada ni nadie va a amargar su felicidad.

Le acompaña a la casa de baños para que se asee. Le ha comprado un vestido digno de una princesa. Cuando sale vestida y con una sonrisa enorme, se desencanta un poco. Había imaginado que le quedaría mejor. Pero ella le besa en los labios y lo amortiza. 

La conduce hasta el mejor hotel de la ciudad. Hace semanas reservó allí la suite principal con todo incluido. Cualquiera que los vea entrar con ese talante distinguido, puede pensar que son un matrimonio de la alta sociedad. Tras un suculento desayuno como nunca antes habían probado, él esnifa unas rayas de delicioso polvo blanco para continuar a tope, mientras ella entra en el jacuzzi. 

Entonces, algo falla de repente. Se ahoga, apenas puede controlar sus movimientos, un sudor frío le impregna la piel. Necesita salir del cuarto. Se dirige a la puerta a trompicones. Le parece oír la voz de ella como un eco lejano. Consigue llegar a la planta baja. Algunas personas le rodean y le hablan. Las piernas le flaquean y se derrumba en el suelo. Luego, se cierne sobre él una inmensa oscuridad.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

La bruja bajo el puente

Una sombra anónima se desliza en la espesa negrura de la madrugada. Una sombra entre tantas otras, sobreviviendo a un frío invierno más. Abandona debajo del puente sus escasas pertenencias, unos cuantos cartones y la bebida que le ayudó a entrar en calor la noche anterior.

Siempre el mismo ritual. Acude a asearse someramente a un baño público y a conseguir algo de papel sobre el que pueda escribir. Hoy tiene suerte. Entra en su librería habitual, cuya propietaria suele apoyarle en sus necesidades, y le regala un cuaderno. Después, regresa a su vida de periferia y soledad para dedicarse a su oficio.

En el barrio, todo el mundo la conoce. He escuchado las leyendas. Las malas lenguas dicen que la vieja es una bruja. Una de esas que vivieron hace cientos de años en las montañas y se refugiaron en cuevas para celebrar sus aquelarres. Y aunque durante el día oculta su poder, cuando anochece sobrevuela los tejados y realiza pócimas con restos de alimañas. Algunos aseguran que la han oído maldecir en un idioma "oscuro".

martes, 12 de diciembre de 2017

De cuevanos y otros ciudadanos de las aceras

"Dicen que fue en este valle,
el lugar del Paraíso
y que Eva por aquí andaba
con Adán buscando un piso.
Y al no encontrar vivienda,
ni protección oficial,
una cueva en estos montes
se pusieron a excavar.
Ha llegado hasta nosotros
lo que Adán le dijo a Eva:
'Teniendo cueva y contigo
qué me importa a mí que llueva"
                                                                              a. lombardo

Este puente de diciembre ha traído consigo un regalo muy especial por el cual me siento tremendamente agradecida. He pasado una semana en Granada con una comunidad religiosa llamada Hermanitas/os del Cordero, que conocí cuando estudié mi último año de carrera allí. La comunidad se dedica a la oración, pero también se abre a la misión, para ofrecer amistad y acogida a quien la necesite y acepte, especialmente a tantas personas que habitan las periferias de la ciudad. Su lema es "Heridas, no dejaremos jamás de amar" y su carisma se traduce en ser luz en la noche del mundo.

La pobreza contenida entre las cuatro paredes del pequeño monasterio es difícil de llevar y aún más complicada de amar al principio, pero poco a poco te acostumbras al frío y a otras incomodidades. Creo que nunca había echado tanto de menos una ducha, un colchón y una buena calefacción. Sin embargo, esta ausencia de confort es una llamada apremiante a la sencillez y te invita a ponerte en el lugar de tantas personas que duermen en las calles o buscan refugio en las cuevas granadinas. L@s cuevan@s no tienen electricidad ni agua corriente, salvo quienes poseen el lujo de una cueva acondicionada como vivienda. 

Durante estos días, hemos compartido momentos y alimento con todo tipo de personas, de todo origen, creencia y condición. Ha sido una experiencia ensanchante y de enorme riqueza cultural: la convivencia, la unidad en la diversidad, la tolerancia, la alegría, el cuidado, tanta verdad y libertad... La esperanza se hace presente en esos instantes. ES POSIBLE. Es posible cohabitar, cooperar, amar al diferente. Es posible la sintonía, estar en armonía, de corazón a corazón. Porque hay lenguajes que, como la música, son universales.

La gente bonita, más allá del aspecto físico, tiene una mirada llena de bondad, una autenticidad que inspira, una nobleza que atrapa y una inocencia que desborda, de la que ni siquiera son conscientes. La gratitud me inunda. Gracias a las/os hermanitas/os y a esa gente he descubierto que existe una vida en total coherencia con quien soy realmente. Gracias por tantos instantes fraternos: en el Huerto de Carlos, el Mirador de San Nicolás, los jardines del Triunfo, etc. Gracias, gracias, gracias.

Granada es una ciudad preciosa como pocas, bien lo saben l@s turistas que la recorren en todas las épocas del año. Lo que casi siempre ignoran es que lo más bello de la ciudad se encuentra escondido bajo tierra en agujeros en la roca y cerquita del suelo, donde a menudo pasa desapercibido.
***

lunes, 3 de julio de 2017

El viejo habitado de olvido

Un aliento gélido me mordió la piel al acceder a las entrañas de aquel santuario. Las paredes rezumaban humedad y el moho crecía a corros. La escasa luz que penetraba por las ventanas acuchillaba las tinieblas que envolvían la estancia.

Como cada tarde a la misma hora, lo vi hervir agua para preparase un té. Esta vez tampoco le añadió azúcar. "Amargo, como la vida", solía alegar. Y en su caso, así era. Tomó una cucharilla entre sus manos encalladas y removió el contenido de la taza. Después, encendió su desgastada pipa y le dio una calada. Le observé mientras se recostaba en la mecedora en un intento por recordar.

El tiempo y la miseria habían dibujado líneas sinuosas en su rostro curtido por el sol y marcado por alguna enfermedad. El cabello largo y plateado caía sobre sus hombros. De pronto, sus diminutos ojos grises, chispeantes y encharcados en lágrimas, descansaron sobre los míos.

- Sólo logro distinguir su rostro- musitó con la voz rota, como su alma de pirata.

Se aproximó a la rústica mesa de madera que presidía la habitación, encendió el candil y se inclinó para coger la pluma y comenzar a escribir. Bajo la luz tenue, pude apreciar esa caligrafía elegante que revelaba la altura de su linaje; muy diferente a la existencia de polvo y sombra en la que había anidado la costumbre. Lunes de borrachera, martes de resaca. Y el resto de la semana, asustando críos a la salida de la escuela, 
regalando flores silvestres a distinguidas damiselas o tocando un ukelele al que le faltaban un par de cuerdas. 

Soltó la pluma poco antes de que el aceite de la lámpara se agotara. El manuscrito era un entramado de sueños, recuerdos y momentos inconexos. Pero hablaban de ella. 
Una esperanza esculpida como una presencia en la memoria. Y al acabar la lectura, yo también pude contemplar su semblante. 

martes, 27 de octubre de 2015

Sale el sol desde el Raval


Hoy mismo me he encontrado con algun@s de l@s nuestr@s, que vienen a comer aquí. ¡Son tan amables! Dan las gracias desde lo profundo de sus corazones. No tienen nada. No es que les hayamos dado nada de más, pero ha bastado esto para darles la sensación de que se les ama, de que hay un lugar adonde pueden venir, de que se les ofrece un amor de hechos, de que se les toma en consideración”. “De l@s pobres he aprendido lo pobre que soy yo misma. Me dan infinitamente más de lo que doy: su alegría (se contentan con todo), su vitalidad para existir, su acogida, su manera de aceptar”. (Madre Teresa)

Hace un año que estuve en el Raval de Barcelona con las Misioneras de la Caridad. No escribí nada entonces, imposible ponerlo en palabras. Lo hago ahora.

Desde que llegó el otoño con su melancolía y sus cielos grises, los días que viví en el Reina de la Paz retornan a mi mente y a mi corazón, produciéndome esa sensación de calma y paz que me embriagó durante toda la experiencia. Pero no sólo la sensación. Sobre todo vuelven las personas. Tanto usuarias como voluntarias. Fueron tan buenas conmigo... Sueño con verlas y achucharlas. Se me ensancha el alma. ¿Anécdotas? Muchas. Fregar los suelos con Mistol y luego patinarse por los pasillos puede ser divertidísimo.

Especialmente, me embeleso cuando las personas usuarias del comedor se asoman a mis pensamientos. “Las personas que vienen al comedor... no todas son “sin techo”, pero pasan por una mala racha. La mayoría han hecho carrera en la calle y son expertas en soledad. Sin embargo, cuánta humanidad", escribí en aquellos días.

No sé cómo explicarlo... tanto ellos como las personas en situación de sinhogarismo de Granada me enseñaron tantas cosas importantes de la vida que, últimamente, con el día a día y la rutina de seguridades, se me están olvidando... Ellos me hacen mejor persona. Ellos, que tan mal lo pasan y lo han pasado, tienen detallazos simples que me alegran irracionalmente: una sonrisa, una mirada, un “gracias”, un saludo o una despedida, un piropo, una conversación, un ajedrez bajo tensión, un dominó entre risas, esos vaciles... sobre todo esos vaciles. Ir paseando por las calles de Graná saludando ángeles de las aceras allá donde vayas... no tiene precio!! ¡Qué simpatía y qué arte!!

Son milagros vivos. Ellos hacen grande lo pequeño. ¡Los echo tanto de menos! Cada uno es insustituible. Acogen sin reservas. Cada día me daban lecciones de cortesía. Creo que es porque no tienen nada que esconder ni que aparentar. Su mirada va directa al corazón. La pobreza se les ha convertido en amarga, frívola y agresiva miseria, monstruo que les ha enseñado demasiadas veces a ser desconfiados. 

Que no se me acostumbre el corazón a esto... Su dignidad resulta tan evidente... ¿Cómo es posible vivir en esa carencia de derechos fundamentales?

En Barcelona, cada mañana, atendíamos a 400 personas en dos turnos. Nacionales, nórdicos, latinos, magrebíes, asiáticos, hindúes, de África subsahariana... Hippies, rastafaris, punkis, bboys, frikis... Padres de familia, solteros, jóvenes, mayores, algunas mujeres... Muliculturalidad y diversidad al poder.

Aún me parece que me toca la nariz ese olor concentrado a sudor y tabaco, a calle y soledad.  Aún veo esas manos encalladas de uñas negras, esos rostros tatuados, barbudos y enfermos. Aún me desarmo ante esas miradas humildes, de quien ha visto y vivido situaciones tan inhumanas que repugnan solamente pensarlas. Son tantos instantes y tantas palabras que se atesoraron en el corazón para siempre... ¡Y servir a las Hermanitas del Cordero... Ése sí que fue un regalazo!!! ¡Y comer lo mismo que servíamos!

Recuerdo que uno de mis últimos días, me dejaron recibir a las personas en la puerta con el voluntario más simpático y adorable (¡Manolo! ¡Qué maravilla de persona!). Teníamos que darles una cuchara y una servilleta. ¡Nunca he sido tan feliz como entonces en ese contacto directo! Saludarles con una sonrisa, mirarles directamente a los ojos, intercambiar algún comentario o alguna broma, ¡me ponía tan nerviosa...! Porque merecen un trato exquisito y yo soy un desastre. No sabía nada sobre ellos, sobre su vida y es lo mejor para no juzgar.

En realidad, entre tanto ángel de estómago vacío, la única mendiga era yo, porque ellos suponen algo que necesito y sin ellos me falta lo esencial, que no sé que es. ¿Luz? No es por su circunstancia social ni económica... es por cómo son: auténticos.

Escribí mucho después de cada servicio y al releer las anotaciones pienso que estaba loca de atar.

Lo fundamental de esta experiencia y que todavía no he mencionado tiene nombre: Jesús de Nazaret. Me fui totalmente abandonada en Él. Sin saber qué iba hacer, dónde iba a dormir... ¡a la aventura!! (y con un pelín de miedo). Por aquellos días, mi lema de vida después de unos Ejercicios Espirituales era “Me basta tu Gracia”. Fue una gozada experimentarla.  

Por eso, en estos momentos que me da por recordar, se reaviva mi fe escasa y endeble, porque esto lo he vivido yo, ni me lo han contado ni lo he leído. No es un cuento, ni una fábula, ni una lección sobre dogmas y catecismo. Fue real. Es real. Y simple, nada sobrenatural. Jesús estaba en todo y en tod@s. Él era mi compañero, mi meta y mi guía. Muchas veces, parecía que estaba fumada. “Hasta fregar platos o barrer suelos tiene un sentido mayor y lo hago con gusto porque lo hago por ellos."

Recuerdo que después de esos días siendo una vecina más del barrio, se me abrió tanto la mente y el alma que tenía unas ganas enormes de acoger y querer a todo el mundo. Y de regreso a casa, compartí autobús y conversación sobre cualquier tema imaginable, con un cubano afincado en Lleida y de nombre divertido. Cosas de los viajes.

La Madre Teresa me terminó de enamorar al conocerla más. Las sisters son muy buenas, pero tan frías... Sin embargo, me encantó que fueran mujeres fuertes, recias, infatigables. Cuando vi por primera vez el sari casi me desmayo de la emoción, y ese rezar suyo en inglés (Holy Mary, Mother of God, pray for us...), sentadas en el tatami de la capilla, descalzas... ¡asdfghjklñ!!

También fui afortunada porque los jueves no había comedor y me dediqué a visitar Barcelona en compañía de esa soledad que es musa de poetas y artistas bohemias; sintiéndome una privilegiada en todo momento, mientras caminaba Rambla abajo hacia la Barceloneta o me perdía por esos callejones tétricos del Barrio Gótico. Una auténtica afortunada. Sin embargo, añoraba a la gente del comedor. La belleza de una ciudad no se puede comparar a la belleza humana. Nunca.

martes, 18 de agosto de 2015

Las heridas de Paco

A Txema

Paco tiene el cabello de plata y el mar en la mirada. No sabe escribir, pero sus sonrisas se leen por sí solas y cuentan una historia con poquitas luces y demasiadas sombras.

Paco tiene las uñas muy negras de tanto extender la mano y no recibir más que monedas de sucias conciencias.

Paco sabe que se ha equivocado muchas veces, pero nadie le enseñó a vivir y tuvo que arreglárselas solo.

Paco no duerme y acumula sueños grises en las alforjas bajo sus ojos. Quizás, en otra vida, los pinte de colores para hacerlos realidad.

Paco no sabe llorar y piensa que si le quedase alguna lágrima por derramar, la vendería por tiernas caricias.

Paco sufre del corazón y el médico le ha recetado altas dosis de cariños, que no se lo entregue a cualquiera; pero Paco todavía no ha aprendido que ser egoísta sirve como mecanismo de defensa y da lo único que tiene: un corazón grande y rojo, una esperanza que no se marchita.

jueves, 16 de abril de 2015

Hay una historia detrás de la esquina

A Germán. A Antonio.

Para algunos era el trompetista en la esquina con el 7, para otros se trataba de un artista callejero que tocaba la guitarra en el parque de la Media Luna, mientras a sus pies, las palomas recogían las migajas de una vida hecha pedazos. Unos lo tenían como el borracho que cantaba fandangos los jueves a partir de medianoche y los niños lo veían como un señor extraño con olor a tabaco y sudor, de manos negras por nunca nada recibir y con los ojos claros de tanto llorar. Lo cierto era que Dante mentía en cuanto a su identidad, pero no me importaba; ni esa ni el resto de falacias que había inventado con el fin de evadirse de su realidad, de convertirse en una persona diferente a la que había sido durante toda su vida. Una vida que no le había dado segundas oportunidades para cambiar.

Había algo en su mirada que no podía describir con palabras. Una luz que penetraba en mi alma iluminando mi interior oscuro y maldito. Él me miraba y me hacía mejor persona. Me fascinaba su modo de sobrevivir a la soledad y a un mundo cada vez más ciego y sordo. Su risa, tan escasa, era el mayor regalo. Bastaba detenerse un instante para intuir que tras esa sonrisa melancólica, su ropa no era lo único que revelaba remiendos.

Y, aunque él lo ignorase, tenía tanto para dar...

lunes, 9 de febrero de 2015

Entre el encuentro y la ausencia

A Sergio

Él. Siempre es él. Se asoma a mis pensamientos de puntillas. Sin hacer ruido. Y de pronto su presencia me asusta, incluso me avergüenza. Pero creo que me estoy acostumbrando.

Sólo le he visto una vez. Pero su mirada fue tan auténtica que bastó para que piense en él todos los días, a cada rato. La autenticidad ha pasado de moda y cuando la reconoces en una sonrisa sincera, ya no quieres separarte de ella.

En el autobús busco un rostro similar; entre la gente, un gesto parecido. Camino por las calles intentando hallar entre el deambular de personas sin nombre esa mirada que me proteja del olvido. Pero no la encuentro y es entonces cuando me desespero y mi deseo vuela hasta fusionarse con su recuerdo. Esa mirada oscura, brillante. Mirada humana.
"Me da miedo la enormidad, donde nadie oye mi voz"
Habitaba en las calles, su mundo entre botellas y cartones, envenenado de angustia. En compañía de la soledad y una gratitud eterna, paradógica, reflejada en sus pupilas. Alma de poeta y cuerpo herido de frío y realidad. Sueños de alquitrán. Un buscador, al igual que yo. Una presencia maldita para una civilización en ruinas. Una existencia entre sombras que aquel día iluminó la mía.