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martes, 5 de mayo de 2026

Más allá de las esteras

"Allí donde detengo la mirada
veo la perfección:
en cada objeto,
en ese vaso de cristal, en cada
cosa que me rodea por destino,
porque viene hasta mí para cumplirse.

Cuando observo a quien amo, lo perfecto
cristaliza en su vida, en su obra en marcha.
El pájaro en su cielo es impecable,
y es impecable el aire que respiro.

Lo imperfecto soy yo.
Lo más impuro,
que no acierto a vivir
tan sólo para el pájaro,
tan sólo
para el aire y el vaso, para el cielo,

para el amor, que siempre es de cristal,
para cantar la perfección tan sólo."

- Carlos Marzal -


Este fin de semana participé en el Capítulo de las Esteras, un encuentro de la familia franciscana que recuerda aquel primer capítulo convocado por Francisco de Asís en 1221, donde los hermanos se reunieron sobre esteras, para escucharse, discernir y volver a lo esencial. Hoy sigue siendo un espacio de encuentro entre las distintas ramas —frailes, clarisas, OFS, institutos de la TOR y simpatizantes del espíritu franciscano— que, más allá de estructuras, comparten una misma intuición de vida.

En mi caso, el encuentro comenzó en la carretera, viajando con gente buena. Y eso ya lo cambió todo. Porque hay personas que te traspasan y dejan huella simplemente siendo. Y así, casi sin darme cuenta, el corazón se fue haciendo más grande antes de llegar.

Nos alojábamos cerca del Tibidabo. Unas muy bonicas Hijas de la Caridad nos acogieron, convirtiéndose en testigos de fraternidad para nosotras. Desde la terraza, Barcelona se extendía hasta el mar, velada por un manto de nubes. Y había algo en esa luz contenida que se parecía a lo que yo misma no terminaba de ver con claridad.


Cada mañana, antes del desayuno, tras un paseo en soledad por los jardines aún despertando, la Orden Franciscana Seglar y la JUFRA nos reuníamos para rezar Laudes. Así, entre la alborada y la palabra compartida, la jornada encontraba su primer latido.

La conferencia inicial la impartió el poeta capuchino Víctor Herrero de Miguel, bajo el título “Recibió a la muerte cantando”, en el marco del 800 aniversario del tránsito de Francisco. Escuchar a Víctor es siempre asomarse a algo hondo: sus palabras encienden esperanza, pero sobre todo, su manera poética de ser, canta la vida de Francisco y algo dentro se esponja.

Habló de un Francisco que no se oponía a la existencia. Que supo recibirla tal como venía, y que murió de la misma manera: pobre, alegre, hermano.

A su lado, fray Jacoba, su amiga, llegando con lo necesario y con lo prescindible. Un paño, unos dulces, incienso. Porque donde hay amor, hay exceso. Porque quien ama, entrega también lo que, en apariencia, no sirve para nada, pero aporta sentido y belleza.

Lo más precioso fue imaginar que, en el momento de su muerte, las alondras volaron. No cualquier pájaro: las que viven para alabar. Como si la creación misma reconociera en Francisco una luz familiar. El vuelo se transformó en celebración.

“Cualquier rama en la que se posa un pájaro convierte el asfalto en paraíso.”

Aprendiendo de nuestras hermanas pequeñas, estamos aquí un poco para eso: para volver habitable lo que parece inhóspito. 

La mañana continuó con ese ritmo tan propio de los encuentros: pausas que son casi más importantes que las ponencias. Tras el café, entre saludos a conocidos y a desconocidos que se convierten en familia, continuó la jornada con el testimonio de personas de las diferentes ramas del carisma franciscano... a la que no acudí. A cambio, compartimos risas y charleta con los dos frailes más bonicos de España y Colombia. 


Por la tarde, visitamos la Sagrada Familia. El cielo, generoso, aguantó sin lluvia. Y dentro del templo, esa luz que cae como bendiciendo. Impresiona: más que un edificio, entras en un bosque. Un bosque donde cabe todo, donde la piedra se vuelve vegetal y no pesa, sino que eleva. Antoni Gaudí entendió que la belleza también puede ser una forma de hospitalidad.

jueves, 12 de marzo de 2026

Donde cantan los pájaros

"Mi corazón no es soberbio
ni mis ojos altivos;
no ando tras las grandezas,
ni en cosas demasiado difíciles para mí;

sino que en silencio y tranquila 
he mantenido mi alma;
como una niña pequeña en el regazo de su madre,
reposa mi alma en mí.

Espero en ti, desde ahora y para siempre"
- Salmo 131 -

Hay viajes que se preparan durante meses y otros que llegan casi por casualidad. Mi viaje a Asís pertenece a los segundos. No fui por la ostensión de los restos de San Francisco. En realidad, viajé porque tenía unos días de vacaciones y encontré un vuelo barato.

Salí de trabajar después de una jornada especialmente estresante y, de madrugada, tomé el autobús hacia el aeropuerto de Barajas. Aquella noche estaba nerviosa. Era la primera vez que viajaba sola al extranjero y la oscuridad siempre agranda un poco las preocupaciones. Tras varios autobuses y trenes, y después de algunos gestos amables con desconocidos durante el trayecto, todo empezó a ponerse en su sitio y a ilusionarme.

En el avión me tocó ventanilla. Madrid estaba cubierto de nubes, pero al atravesarlas apareció un cielo de mi azul favorito. Bajo nosotros quedaba un mar de nubes blancas y algodonosas que parecían invitar a saltar sobre ellas. En ese momento, pensé que la vida se parece a mirar un tapiz por el reverso: vemos los hilos sueltos, el trabajo técnico, el desorden. Pero no alcanzamos a ver la belleza del dibujo completo.

Quizá por eso había llegado hasta allí con una pregunta incómoda. A veces, me siento un poco extraña dentro de mi propia vida de fe. No siempre cumplo lo que se supone que debería, ni encajo del todo en ciertas expectativas. Y, sin embargo, voy teniendo intuiciones de que quizá vivir en libertad está por encima de ajustarse a normas rígidas o a miradas ajenas.

Llegué a Asís con cierto temor. Brillaba esa luz especial de Italia y, desde el primer momento, supe que todo saldría bien. Cada día encontraba pequeños signos y personas que me confirmaban que aquel viaje tenía sentido. Como si caminara sostenida, llevada de la mano.

La sensación más profunda que me acompañó durante esos días fue la de ir en el regazo del Padre, como una niña. Es una certeza que a veces aparece en mi vida y que con frecuencia olvido. En Asís volvió a hacerse clara.

Mi primera parada importante fue la Porciúncula. Allí, casi sin haber empezado aún el viaje, me impusieron la ceniza. Me maravilló comenzar así la aventura: con ese gesto sencillo que recuerda la fragilidad humana y, al mismo tiempo, la llamada a volver al corazón.

Los primeros días, la ciudad estaba tranquila y especialmente bella. Todavía no habían llegado las grandes oleadas de peregrinos. Podía caminar despacio por las calles y acudir a rezar con los frailes del Sacro Convento. Disfrutaba especialmente de su canto. 

En Asís, confirmé algo que ya intuía: que el Señor se deja encontrar en lo pequeño. En el canto constante de los pájaros, en los tímidos rayos de sol del invierno, en la oración comunitaria de los frailes.

Durante esos días, me perdí por las callejuelas empinadas (me tenía que controlar para no ir tocando cada piedra de cada arco y parecer una loca),  y recorrí a pie muchos de los lugares vinculados al franciscanismo: San Damián, Rivotorto, Santa Clara, frente al Crucifijo... Incluso dediqué un día a visitar la cercana Perugia, donde un Francisco de unos veinte años cayó prisionero. ¿Qué no experimentaría allí alguien con su sensibilidad?

Pero más allá de los lugares, lo que permanecía era una paz honda que aparecía una y otra vez en la oración. Me bastaba con cerrar los ojos, ya fuera en un templo o en medio de la naturaleza. Y no hacía falta nada más para entrar en comunión con el mundo. Deseaba acercar a esa paz a todas las que no la tienen, a todas las que sufren la noche.

Mi primera decepción llegó cuando supe que, debido a la preparación de la ostensión, no podría bajar a rezar a la cripta, donde se encuentra la tumba de Francisco y que, con mucho, es mi lugar preferido en el mundo. Confieso que todo aquello me parecía un poco extraño, incluso algo teatral. Durante esos días, la basílica dejó de ser un lugar de oración para convertirse en un lugar de paso, previa reserva, también para las misas.


Y, sin embargo, aquella limitación terminó siendo un regalo. Me obligó a descubrir otros lugares de la ciudad que en peregrinaciones anteriores, habían pasado desapercibidos.

Volví una y otra vez a la Porciúncula, ese pequeño santuario donde Francisco pasó tantos momentos decisivos de su vida y donde cruzó el último umbral conducido por la hermana muerte. En el paseo hasta allí, me enamoré de las vistas del precioso paisaje medieval y de unos versos de Dante sobre el Poverello, a quien describe como una nueva luz para el mundo. 

También encontré una paz inesperada en San Damián, donde los frailes, sobre todo los más jovencicos, me recibían siempre con una sonrisa.

Pero hubo un lugar que me tocó especialmente y que estaba al lado de mi residencia: la pequeña Chiesa Nuova, levantada donde estuvo la casa de infancia de Francisco. Allí me sentí particularmente cerca de ese Francisco joven, incomprendido, que empezaba a escuchar la voz de su propio corazón. En la entrada se puede leer una pequeña carta de acogida, y a través de esas letras, me sentí bienvenida.

Cada tarde, tres frailes ancianos celebraban allí la Eucaristía y rezaban vísperas en compañía de apenas dos personas. Su presencia era tan simple que parecía contener toda la esencia de la vida franciscana. Estar. Cantar. Mirar con bondad a quienes llegábamos. Aquella simplicidad me hizo pensar que quizá no hay misión más grande que esa.

Entonces comprendí algo que a menudo olvido: que lo que necesito suele estar más cerca de lo que imagino. Pero muchas veces me dejo deslumbrar por el brillo de lo más visible o lo más extraordinario.

Otro de los grandes descubrimientos del viaje fue la naturaleza que rodea Asís. En lugares como el Eremo delle Carceri o el Bosco di San Francesco sentí con especial claridad que la espiritualidad de Francisco nace de esa relación íntima con la creación.

domingo, 1 de febrero de 2026

Todo es penúltimo

"El mundo está encendido.

Salgo a la calle y todo está radiado de misterios.

Todo se mueve, actúa.

Cada acción es un proyecto de crimen contra el tiempo 

que no alcanza más que a tentativa.

Salgo a la calle 

Fuera estaba el secreto

a la vista de todos

Y por eso, ¡nadie lo miraba! 

¡Es mío! ¡Es mío! ¡Es mío!

Qué míos son los cielos y mía es la tierra.

Que quien ama, comprende 

que sólo la sobreabundancia es justa,

que el ser es desmesura,

que su medida exacta es  el desbordamiento.

Vaya yo más allá.

Excédame.

Porque vi lo que vi 

lo que no puede verse 

y ya no sé vivir en este mundo.

Pero qué fragmentario, 

qué completo, qué bello, 

qué intermitente 

es todo.

El mundo está encendido.

Yo callo.

Necesito agradecer.

- Carmen Palomo Pinel -

El día comenzó con entusiasmo, como siempre que se está de vacaciones, y yo me había concedido el viernes.

Madrugué y pillé un coche compartido con unos chicos majísimos que me hicieron el viaje ameno. Hablamos de vehículos eléctricos, de energías renovables, de futuro. Uno era ingeniero medioambiental y daba la info con rigor y  una motivación que te reconcilia con el planeta. Me convencieron. 

Madrid se me abrió paso de la mano de esa soledad, musa de los buenos artistas, desde Méndez Álvaro. El Jardín Botánico, una venta improvisada de libros de segunda mano en plena calle, el Prado apareciendo ante mis ojos asombrados... Caminé hasta el Thyssen y me colé con una pequeña picardía -nada grave. Lo justo para sonreírme.- Los impresionistas me tocan el cora con su luz y color. Y Caspar David Friedrich no defrauda, con un único cuadro. Disfruté también de pintores conocidos y de otros anónimos, porque a veces el arte sin firma ni título es el que más ilumina.

Después, el Barrio de las Letras. Calles que llevan nombres que pesan y sostienen. Comí cerca de la estatua del Abrazo, memorial de los abogados de Atocha asesinados en 1977. Una forma de recordar que la justicia, cuando es verdadera, cuesta hasta el final.

A continuación, sin darme cuenta, recorrí el mundo en apenas unos kilómetros. Lavapiés me regaló India, Pakistán, Marruecos y la África negra. Lenguas, olores, colores. Una humanidad viva, mezclada, a veces herida, pero siempre resistente. Policía por doquier (poca diversión).

Luego, quise saludar a Lorca y a Calderón de la Barca -mis padres literarios- en la plaza de Santa Ana. Empezó a llover con ganas, pero ni la lluvia pudo menguar el deseo de seguir paseando. Fuencarral, Sol, la foto inevitable al Oso y el Madroño. Multitud, paraguas, barullo y la imperfecta sensación de humedad congelando mis pies.

Cuando ya el cuerpo dijo basta, entré en un café bohemio de Malasaña. Me calenté las manos, el ánimo y cargué pilas para tomar un metro de dos paradas hasta Chamberí, donde se iniciaría un finde de fantasía.

Y es que hay un tiempo que no se mide en horas, sino en hondura. Así fue el fin de semana de formación nacional de la Orden Franciscana Seglar. Un espacio habitado por el diálogo y la conciencia agradecida de una vocación concreta. En el contexto del octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís y bajo el lema “Tú eres nuestra esperanza”, las jornadas no se quedaron en una consigna, sino que ésta se fue encarnando en la palabra compartida, la oración y la fraternidad.

Durante la mañana del sábado, Víctor Herrero de Miguel, hermano menor capuchino y poeta, nos llevó a contemplar la bondad de la hermana muerte a través del Cántico de las criaturas y a mirarla como una criatura más que ilumina la vida entregada. Y con la Segunda Vida de Celano, descubrimos que la muerte no es una amenaza ni una ruptura, sino un umbral, que puede cruzarse desde la confianza, aprendida en la intemperie. En la lectura de la despedida del santo, aparece un Francisco profundamente humano: llagado, sí, pero más atento a bendecir y a continuar creando vínculos que a exhibir las heridas que lo traspasaban. El gesto de cubrirse el estigma del costado, en el momento final, nos deja una sutil enseñanza: no es lo evidente o visible lo que define la vida, sino su raíz, las relaciones auténticas y la capacidad de amar. Víctor no nos habló sobre Francisco; nos ayudó a escucharlo.

El trabajo en grupos, siguiendo el método de las conversaciones en el Espíritu, nos permitió acoger lo recibido en las ponencias y dejar que resonara en nuestra propia experiencia. No se trató tanto de llegar a conclusiones como de aprender a escucharnos, reconociendo cómo el Espíritu sigue hablando hoy en lo común y que la fraternidad es lugar de revelación. Los momentos de oración tan bonitos y cuidados, crearon un clima de silencio habitado, recordándonos que la vocación franciscana se vive desde el compromiso y con los ojos puestos en un mundo que sufre.

domingo, 18 de enero de 2026

Querida yaya,

Ayer cumpliste 93 años, pero ya hace ocho que empezamos a perderte. Desde que se fue el abuelo, tú comenzaste también a irte en silencio, como has hecho las cosas siempre.

No imaginas cómo me duele verte así. Lo he normalizado, casi acostumbrado, pero toda esa fachada se derrumba cuando recuerdo cómo has sido. 

La mujer con la bondad y el mar en la mirada. Aquella a la que se le iluminaba la cara con una sonrisa cuando nos veía aparecer. La de las comidas inigualables. La que nos daba dinero a escondidas, como si fuera droga. Ese tópico tan real. La que me cuidaba y me esperaba en casa, cuando mi madre no estaba, dispuesta a cumplir cualquier capricho, que no eran muchos. La que se mantenía cuando todo alrededor se tambaleaba.

La mujer que agarraba mi mano tan fuerte. La determinada a soportar de pie una cabalgata de Reyes y hacerse con todos los caramelos posibles para dármelos después. Con la que he compartido tantos domingos en la naturaleza. La que contaba su vida cada vez que se lo pedía. La que nos ha querido a todos los nietos por igual, pero te hacía sentir la preferencia. La que pedía paz en los enfrentamientos. La que jugaba conmigo a las cartas. Una abuela a un abuelo pegada. Pareja increíble. Abuelos perfectos. 

Me da miedo y tristeza olvidar tantos recuerdos tras estos ocho años de deterioro y enfermedad. Me da miedo no estar a la altura como tú lo has estado siempre. Mirar para otro lado, como a menudo hago, para no ver una realidad que me perfora por dentro.

Y me entristece pensar que tras una vida de tanto amor, trabajo y esfuerzo, de ser luz para tantas personas, tu vida acabe de esta manera: sin saber quién eres, sin saber quiénes somos, sin poder moverte, comunicarte, ni hacer nada por tu cuenta. Con la mirada perdida y el cuerpo llagado. No me parece justo y no creo que vaya a entenderlo nunca ni a encontrarle un sentido elevado, más que asumir lo que acontece como viene. Y afrontarlo.

Sólo quiero darte las gracias, aunque ya no puedas escucharme. No hay abuela mejor, ni persona mejor que tú.

Gracias por todo lo que no recuerdo y por aquello de lo que ni siquiera fui consciente. 

Gracias a la vida por haberme dado lo más precioso.

Puedes irte cuando quieras. No te preocupes, estaremos bien. Y prometo cuidar de esa parte de ti que tan profundamente dejaste en mí, como el mayor regalo. Aunque sienta que mi historia vaya a ser algo más triste para siempre desde que no estáis.

Te quiero mucho.

"Caen las hojas, ¡pobres hojas!
Como sueños que se van…
Y en su caída armoniosa
Algo dicen al pasar.
Dicen la eterna historia
De la vida y del dolor;
Que todo pasa y se acaba,
Que sólo eterno es el amor."

- Amelia Denis de Icaza -


viernes, 28 de marzo de 2025

Laudato si, mi' Signore

"
La espiritualidad de la minoridad es una corriente de pensamiento político, económico y social que pretende establecer una relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y entre los propios seres humanos frente a la situación de dominación hoy existente, que está acabando con la naturaleza y frente a la explotación de personas en beneficio de la producción y rentabilidad económica de unos pocos.
=  Vivir con menos para vivir mejor
= Vivir sencillamente para que otr@s sencillamente puedan vivir.
= Es una propuesta de mejora de vida por vía de la solidaridad, del compartir, de la contención, de la moderación.
= Es una propuesta poética, es decir, vivir en estado de poesía, con el alma gozosa, disfrutando de lo que tienes entre manos, de lo sencillo, poniendo el acento en lo que tienes al lado, sin necesidad de irte lejos o hacer grandes cosas. La primacía de lo local frente a lo global.


En el marco del VIII centenario del Cántico de las criaturas, en las diferentes comunidades franciscanas de la ciudad, se han organizado distintas actividades de oración, formación y celebración.

En nuestra parroquia franciscana conventual, la tarde del 26 de marzo se convocó a una conferencia sobre Ecología Integral impartida por el delegado de esta pastoral, P., sacerdote del movimiento ADSIS y biólogo.

P. nos cuestionó sobre qué tenía que ver la ecología con nuestra fe. El cuidado y el respeto de la casa común tiene relación con esa mirada fraterna que ofrece Francisco en el Cántico al Hermano Sol y con una actitud agradecida que valora lo que Dios nos ha regalado.

La ecología no se trata de una moda ni de algo que sólo tenga que preocupar a determinadas clases sociales. El desastre ecológico lo sufren las personas de países más pobres, que no lo han generado, por ello debemos ser responsables en la medida de nuestras posibilidades. Ante los países grandes consumidores, quizás no podemos hacer nada, sin embargo, debemos tener conciencia y no callar. El Evangelio, como Buena Noticia, no consiste sólo en hacer, sino también en comunicar, divulgar, ser signo: como parroquia, como comunidad cristiana en medio de este mundo globalizado.

sábado, 18 de noviembre de 2023

La ciudad del viento

«Miro
con emoción y con sorpresa cómo
la realidad canta y florece, el ímpetu 
con que todo se muestra, y su abundancia»
- Eloy Sánchez Rosillo -


Bañada por el río Ebro y atravesada por el Huerva y el Gállego, una Caesaraugusta azotada por el viento del Moncayo, nos recibió para enseñarnos que sus callejuelas y rincones encantados esconden entre sus ruinas, arte e historia.

Iniciamos recorrido deambulando por los alrededores de la Estación, donde la ciudad invirtió hace unos años para celebrar la Expo y que actualmente constituye un parque empresarial y tecnológico moderno.

A continuación, paseamos por el centro, deleitándonos ante escaparates con productos artesanos, tabernas típicas, negocios que se levantaron hace más de dos siglos y cabarets venidos a menos en El Tubo, hasta que nos dio hambre y paramos a degustar un menú maño-chic y cargar pilas para todo lo que nos quedaba por visitar.

El Pilar de Zaragoza se presentó imponente como Basílica y bastión de la cristiandad, con antiguas batallas tatuadas en sus gruesos muros agujereados, con sus enormes cúpulas de colores y sus impresionantes bóvedas pintadas con frescos en su interior. Alguno realizado por Goya, con quien nos tomamos una foto. 

En la capilla central, la Pilarica nos anima a no decaer ante las dificultades y a permanecer firmes para salvarnos de guerras propias y ajenas.

Más allá, en la puerta del Ayuntamiento, un ángel y el patrón de la capital aragonesa nos quisieron dar caza, pero fuimos más rápidas y nos refugiamos en la Seo, la Catedral construida sobre los restos del Foro Romano y una antigua mezquita.

Entre lo humano y lo divino, por las calles de la Judería seguimos el rastro de mil y una leyendas que dicen que hubo una época en la que judíos, moros y cristianos convivieron en armonía. 

Admirando los edificios medievales y detalles mozárabes, barrocos y renacentistas, terminamos la jornada en un atardecer de fuego. Mientras un cielo de acuarela desprendía destellos malvas sobre un campo de olivos y el Palacio de la Alfajería, de estilo mudéjar, nos trasladamos por un instante hasta el último reino andalusí y al malo de Aladdín.

Yo no sabía que Zaragoza era tan grande y que, en población, es el cuarto municipio más denso de España. Lo que sí sé es que tengo q volver para rendir homenaje a la gran heroína de la que la famosa jota hace honores: Agustina de Aragón. Tarea pendiente.


"La Virgen del Pilar dice
que no quiere ser francesa,
que quiere ser Capitana
de la tropa aragonesa."

martes, 15 de agosto de 2023

Asís: poesía del Evangelio


Este verano, del 6 al 13 de julio, un grupo de unas 50 personas aproximadamente, procedentes de Madrid, Sevilla, Barcelona, Granollers y Pamplona tuvimos la oportunidad de peregrinar a Asís para visitar los lugares de mayor relevancia para el franciscanismo y conocer a fondo la historia de San Francisco y Santa Clara.

Para todo aquel que comparta el espíritu franciscano, Asís es una piedra ungida a la que regresar a renovar ese amor primero por Francisco. Y que tiene como consecuencia que la misión de franciscanizar la vida, ya no sea un mandato externo, sino que se convierte en un deseo que nace con fuerza desde el interior como una fuente inagotable. Porque en Asís, todo te habla de Francisco y, en nuestro caso, cuando la vimos aparecer a lo lejos, a la hora del crepúsculo vespertino… ¿quién puede negar que se le ensanchara el corazón hasta límites insospechados?

La preciosa ciudad medieval recostada en las faldas del Subasio, ha podido cambiar mucho a lo largo de los siglos, pero me gusta pensar que Francisco atravesó los mismos arcos de piedra para perderse más allá del valle de Espoleto, que escuchó el canto de los pájaros y las cigarras, igual que nosotros lo oímos o que agradeció el mismo sol que acarició su cuerpo cansado tras los largos días de ayuno y oración dentro de las grutas, donde se guarecía en lo más inhóspito de los montes. Se puede intuir la sensibilidad de Francisco ante tanto don como la naturaleza entrega y que conduce a Dios por el camino de la serenidad, del asombro y, por ende, de la gratitud.

Durante estos días de peregrinación en Asís, el Poverello nos ha llevado de su mano y siguiendo sus huellas hemos descubierto entre las calles adoquinadas y empinadas, la poesía del Evangelio reflejada en la vida de Francisco y la invitación a espejarnos con él. Ya que todo en él fue imitación de Jesús: una vida en descenso y desprendimiento, desde que se despojó de sus bienes y de su buen nombre y no volvió la vista atrás. ¿No es ésta la llamada genuina que sentimos, no sólo como franciscanos sino también cómo cristianos? Una llamada a la autenticidad y a la libertad más plena. Y así se lo pedíamos: “Francisco, ¡quiero ser como tú! Quema todo aquello que me esclaviza.”

He disfrutado del paisaje, dejando que mi imaginación volase hasta el siglo XIII, acompañando a Francisco por las calles y plazas que llenó con cantos en las noches festivas con sus amigos, y en las que más tarde sufriría el desprecio de sus vecinos. Vi a Francisco en la ermita de San Damián, buscando el consejo de Clara y en Rivotorto, cuna de la primera fraternidad, donde poco a poco, aprendieron a ser hermanos menores. También permaneciendo en soledad en Fonte Colombo, el recóndito eremitorio y Sinaí franciscano, origen de la Regla; o en Greccio, donde según cuentan las biografías, el Niño Jesús se dejó acunar por Francisco para mostrarnos la ternura de Dios y que no hay fragilidad que Él no comprenda. Asimismo, sentí a Francisco en la Verna, la cima del camino del santo, donde el amor se transformó en síntoma visible de máxima identificación con el Resucitado en sus manos, pies y costado. Por último, en la Porciúncula, la pequeña iglesita que restauró en los inicios y que sería su hogar por más tiempo, aunque nunca de manera estable.

Porque, entre muchas cosas, Francisco fue un peregrino, un gran itinerante, en busca siempre del Señor en las periferias, donde frecuentaba la compañía de los más desheredados y menos queridos, siendo uno más con ellos; así como retirándose a la montaña.

Para mí, la cripta dentro del Sacro Convento donde se encuentra la tumba de Francisco es el lugar más especial de todos, en el que celebramos una vigilia inolvidable. Allí, en la penumbra, no hace falta esforzarse por meditar y contemplar. Como si una verdad que no llego a entender con la razón se desvelara en el silencio y sólo queda regocijarse en esa paz, ausente de palabras y grandes signos. A solas frente a Francisco y el Sagrario, Asís se convierte en el centro del corazón del mundo, en un nuevo Tabor.

sábado, 22 de julio de 2023

Ciudad de luz

"Hay pedazos de vida
que son sueños enteros."
- Martha A. Alonso -

Hacía diez años que no me perdía a solas con mi mismidad y con aquel que siempre la acompaña en una ciudad desconocida. 

La sensación de libertad se apoderó de mí. No sé por qué suelo pensar que algo saldrá mal... No sé... como un sentimiento de incapacidad que me constriñe y que debo trabajarme, porque luego todo me parece extraordinariamente fácil.

Fue imposible no iniciar la aventura con confianza plena mientras contemplaba, desde el autobús, el maravilloso paisaje que se me regalaba: bosques de pinos, escarpadas montañas, pequeños valles salpicados de casitas y en las laderas, algún que otro refugio construido por la milenaria basandere para proteger pastores y animales. 

El cielo estaba de mi azul favorito, como si alguien se hubiese levantado temprano para pintarlo con el matiz perfecto para mí y ante la elocuencia de la madre Tierra es imposible que no se te encojan las entrañas en un pellizco y enmudezcas ante tanta grandiosidad. ¿Cómo es posible que ser consciente de tanta belleza no te eleve el espíritu?

En cuanto llegué a la Bella Easo y el aroma a salitre alcanzó mis fosas nasales fue como volver a respirar después de mucho tiempo. El olor del mar, su color, su movimiento, el murmullo de las olas y su tacto sobre la piel cura cualquier dolor y cualquier herida, no sólo las que se ven.

Tras disfrutar de unos minutos de playa, mis pasos me condujeron a territorio de La Oreja de Van Gogh. Aunque sin bicicleta y sin gorro azul, pero sí guiada por el canto de los pájaros, fui ascendiendo por el Monte Urgull, un laberinto de senderos, frondosa vegetación y vistas incomparables. Entre sus fortificaciones medievales, atalayas y enclaves con encanto donde sobreabunda la magia y el romanticismo, me sentí un personaje de leyenda, como otros que por allí habitan. Hasta llegar a la cumbre, presidida por el Cristo de la Mota. 

Antes de comer, rodeé el rompeolas más famoso de la capital guipuzcoana, que a esas horas se hallaba prácticamente vacío para disfrutar del silencio y de los cuentos que el agua susurra a la roca antes de besarla.

sábado, 6 de agosto de 2022

Regreso a Colombia 2022

"Sea la Luz un acto humano"
- Antonio Gamoneda - 

¿Cuánto amor del bueno es capaz de asimilar un corazón estándar?

Desde luego que no tanto como el que nos han dado en Colombia. No podría nombrar a todas las personas que hemos conocido y querido en Medellín y Corozal, pero ellas saben quienes son. ¡Gracias por tanto amor!! ¡¡Nos ha desbordado!!


He dejado pasar los días con la intención de centrarme, de bajar de la nube y que las emociones que me han traspasado durante la misión se minimizaran, para poder escribir la experiencia pasándola por el filtro de la razón. Pero no puedo. Tengo la sensación de estar un poquito allá todavía y de que parte de mí jamás volverá del todo.

Regresar a Corozal, en lo particular, no me resulta sencillo. La misión evidencia mi fragilidad y cuán apegada estoy a las comodidades de mi vida. Tal vez por eso, la decisión de unirme de nuevo al equipo misionero no fue una decisión pensada. Fue un impulso. Tenía muchas ganas de ver a la gente a la que he permanecido unida en la distancia... ¡y que sea lo que Dios quiera!


No es fácil comprobar la pobreza y las dificultades que atraviesan muchas personas. ¡Qué necesarios son los proyectos franciscanos! Un faro de esperanza ante situaciones familiares duras, la falta de empleo y de medios económicos para cubrir lo básico; la carencia de recursos para realizar estudios superiores, las viviendas de invasión, la corrupción... Y ves llegar a l@s niñ@s a la obra social, sonriendo, y piensas en su enorme fortaleza, a pesar de ser tan peques. Me desequilibra y me llena de impotencia. La violencia y la injusticia relacionadas con causas estructurales generan consternación. 

Como me horroriza palpar la falta de afecto y de apoyo en much@s menores en cuyos abrazos, que tanto bien nos hacían, se perciben tantas cosas como callan. Es complicado no poder leerles en la mirada lo que sienten o piensan aquell@s de mayor edad, que seguramente están más rot@s, porque ni te miran a los ojos -¡con lo bonitos que los tienen!- y no queda más remedio que creer en lo que cuentan y quererles mucho más, independientemente de que sea verdad o no. Aunque elijan un camino que no les conviene. "Por favor, cuídales Tú", creo que es la oración que más repetí esos días y aún hoy. Confío.

Sin embargo, a pesar de la miseria que nos ha interpelado, la riqueza de Corozal está en su gente, a través de la que Dios se ha hecho presente. Me he descubierto en sus brazos de Padre en los detalles de cariño y cuidado de unos frailes todoterreno, de jóvenes súper disponibles y siempre gamberr@s de cuya compañía disfrutamos; de las personas mayores con mil anécdotas para contar, de l@s colaborador@s de la parroquia y su amistad, de las clarisas de Magangué y su pedacito de paraíso, y de es@s maravillos@s niñ@s que nos han permitido quererles y nos han querido sin juicios.

Las personas en Colombia nos han enseñado que siempre es posible dar más, dar en exceso y que esa entrega puede ser gratuita. Especialmente los frailes, sin quienes la misión no sería posible. No sólo porque nos acogen en su casa y nos soportan, sino porque también nos sostienen. Siempre encontramos una puerta abierta como respuesta a nuestras múltiples peticiones. ¡Cuánta generosidad y paciencia infinita! ¡Han sido para nosotr@s, padres, madres y hermanos! Compartir momentos (¡y risas!) con ellos, nos esponjaba el alma. En Corozal, Medellín ¡y en Bogotá! ¡Qué  regalo  de despedida nos hizo el Señor con esa última tarde tan franciscana en la capital y con semejante concierto que nos ensanchó el corazón! Siento cumplida la promesa de Jesús: “Os aseguro que quien deja casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por mí o por el Evangelio, recibirá el ciento por uno...”. ¡Tenemos la fortuna de contar con una gran familia al otro lado del océano!

lunes, 29 de noviembre de 2021

Un hogar privilegiado

Te lo prometo. No hay ciudad más bonita en el mundo que Pamplona en otoño. O, al menos, así me lo parece a mí. No tiene nada que envidiar a esas majestuosas ciudades, famosas por su belleza arquitectónica o su paisaje.

De madrugada, las nubes resbalan desde el cielo para humedecer la atmósfera y los adoquines. Es la hora de los enigmas, de las leyendas antiguas que embrujan la vieja Iruña. Esa hora gris, cuando la ciudad se despereza, se sacude la hojarasca y tiende una resbaladiza alfombra para quienes, con las mentes aún somnolientas, atraviesan el ambiente helado entre exhalaciones de vapor.

Nunca antes me había sentido tan afortunada por disfrutar de ese momento, ataviada con mi abrigo, la bufanda y un gorro, para hacer frente a las bajas temperaturas. Como alguien que, oculta entre las últimas tinieblas de la noche, es capaz de leer los anhelos y esperanzas de viandantes sonámbulos. Aunque en realidad, sólo las imagine.



Todos los días el mismo recorrido, los mismo lugares a las mismas horas. Los mismos amaneceres malvas y ocasos escarlata. El mismo sol tímido que crea reflejos en el Arga o se esconde de la lluvia, velando su rostro a los charcos. El mismo parloteo incesante, los graffitis y los símbolos diversos colgando de fachadas destartaladas. Las obras en Pío XII con las que nadie está conforme, el tráfico, las esperas en los semáforos o en los ascensores que suben a Descalzos. Esa iglesia tan tétrica y acogedora a la vez, cuyos santos me observan desde sus pedestales en la oscuridad. El parque de la Taconera con sus contrastes de amarillos, rojos y verdes, los bancos de madera y los ángeles de las aceras dejando caer lo minutos en una prórroga eterna... 

Todo sucede en este escenario mágico, en un entorno que rebosa encanto dentro de su normalidad sencilla, invisible para tant@s. El corazón me da un vuelco al saberme privilegiada por esta rutina hechicera, donde l@s desconocid@s se convierten en familia, de la que no conozco nombres ni historias, pero a quienes agradezco la sonrisa diaria. L@s echaré de menos cuando mi cotidianidad se rompa y cambie.
Fotografías de "Rincones y lugares pamploneses"
A continuación, los mediodías tardíos prendidos de silencio, las calles desiertas, el aroma a comida y marihuana escapando de los bares y de los balcones del primer piso. Después, la calma y la serenidad que preceden al jolgorio y a la risa.

Cuando el atardecer se apaga entre las callejuelas abarrotadas y la ciudad se viste de gala; cuando la luz de las farolas dibujan los contornos y trazan formas en la bruma, mientras el frío pinta de azul las yemas de los dedos... Entonces, en la hora naranja, aparecen.

martes, 10 de agosto de 2021

Eterna Peter Pan

 
"Nadie me enseñó a vencer al huracán,
ni hacer acrobacias con las palabras para lograr
hablar de lo grande que fue tenerte en mi vida.
Y aprender de ti. Y aprender de ti.
Ahora que soy más fuerte que el metal,
que esquivo las balas en esta guerra sin declarar,
me sobran preguntas, me falta aprender a vivir
recordándote, recordándote."
- Guevara -

Supongo que una se acostumbra a vivir sin despedirse. La gente pasa por nuestra historia y, en algún momento, sencillamente ya no está. Desaparece. 

Pero no logro acostumbrarme a tu no-despedida. A veces, tu recuerdo me oprime tanto el pecho que me salen goteras. Y no puedo enfadarme porque, al menos, tuve la fortuna de conocerte, de llamarte amiga y de ser la tuya. Es más de lo que muchas pueden decir. 

Quizás por prejuicios hacia tu estética de mujer musulmana, hubo quien no te dio la oportunidad, o más bien, debería decir que no se dio el placer de hablarte. Y precisamente, fue ese hiyab negro que ocultaba tu melena pelirroja, lo que me impulsó a acercarme para preguntarte los motivos. Te pedí perdón porque no quería que te sintieras cuestionada o no respetada. Fue en uno de esos bancos próximos a la biblioteca de la universidad. El sol lucía especialmente bonito en esos últimos días del verano ¡Qué época aquella! ¡Cuánta ilusión respirábamos, cuánta ingenuidad y cuántas ganas de comernos el mundo!! 

viernes, 28 de mayo de 2021

Historias de misión

"Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo"
(Adm XV)

Hay historias que merecen la pena ser escuchadas una y mil veces. Hoy le tocaba el turno a fray Manolo y a sus andanzas por tierras tan queridas como lejanas. Bueno no: son más que queridas, aunque un charco de nada nos separe. 

Y las fotografías siempre ayudan a iluminar el relato. Las imágenes de las décadas de los 80 y los 90 tienen esa belleza especial de la sencillez de vida, da igual si son de aquí o del otro lado del planeta. Me llama la atención cómo se parecen, desprenden la misma magia.

Medellín se ha desarrollado y ha crecido en estos años. Sin embargo, continúa con su característico paisaje urbano de ladrillo, extendiéndose colina arriba y una gran multitud de personas siguen reuniéndose para celebrar que Dios es bueno. A pesar de las desgracias, como el derrumbe que hubo en Villatina en el 87, en extrañas circunstancias y que acabó con la vida de muchas familias.

Fray Manolo habla con tanto cariño de su experiencia en Colombia que parece que lo está viendo según lo cuenta y yo lo revivo con él a través de sus palabras. Me parece verle subir por la ladera de pendiente infinita, descender hasta la Estrella para ayudar, pararse a hablar con la gente y celebrar los oficios de Semana Santa en la parroquia Hermano Francisco.

sábado, 31 de octubre de 2020

Otra franciscana seglar en el mundo

"Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada persona guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios."
- León Felipe -
Francisco de Asís es el “hombre del abrazo”: abrazó a Cristo, abrazó al leproso, abrazó al lobo, abrazó al sultán, abrazó a toda la creación, abrazó a sus hermanos/as y a sí mismo.
¿Cuál es el mejor carisma? Y ¿por qué el franciscano? 😜😌

El pasado 22 de octubre profesé en la Orden Franciscana Seglar (OFS) (junto a mi compi😍). Esto significa que me comprometí a vivir el Evangelio al estilo de Francisco de Asís, en fraternidad y como laica. Hacía tiempo que quería compartir esto por escrito, pero las palabras siempre se me quedan cortas y no trasmiten lo que me gustaría. Aún así, lo voy a intentar, sabiendo que hay ciertas cosas que no se pueden explicar y deben quedarse para la intimidad personal. 

Me llena de ternura saber que Francisco tomó mi mano hace tiempo y que ni siquiera lo había notado. Es increíble sentir su presencia sencilla -¡tan como él!- a lo largo de mi historia, entre renglones torcidos y callejones sin salida, que me obligaron a retroceder hasta descubrir de nuevo las pistas que me guiaban por la ruta acertada. Es bonito escuchar ese clic interior, cuando esa pieza de formas y dimensiones concretas, encaja perfectamente en el espacio vacío que se oxidaba dentro de mí. Y tiene sentido por qué tantas veces, otras voces no me terminaban de convencer, aunque las admirase. 

Ahora soy consciente de la exigencia que implica ser buscadora, la libertad de no perder esa actitud curiosa y rebelde, que no se deja llevar por los consejos y opiniones de quienes creen estar llenos de certezas sobre una misma. Llegas a pensar que quizás eres demasiado rara, que esa sed de algo más es sólo insatisfacción y no hay un hueco para ti. Pero sí, siempre lo hay, a pesar de las dudas y el temor a equivocarse. El proceso es necesario ¡y también se celebra! ¡También es un regalo! Además, con este paso no termina la búsqueda, al contrario, comienza la aventura. La aventura de imitar a Francisco en su seguimiento de Jesús, un Dios mendigo. ¿Hay camino más utópico y apasionante? ¿No es cierto que lo que merece ilusión y ganas tiene su dosis de idealismo?

"Todo es don". Durante este mes, se me repetía constantemente esta letanía. Y lo experimento realmente, con la seguridad de haber sido escogida por lo que soy. No importa con quién esté o qué haya que hacer. El flechazo va al centro de quién soy. Por eso, la alegría es tan expansiva y nace de lo más profundo, de ese cuarto oscuro interno al que no se suele acudir, pero donde se guarda lo más valioso. Aunque con el transcurso de los días, entiendo que toca descender de la montaña de la felicidad para palpar tierra firme, a pesar de que el cielo parezca más lejano. 

Sin embargo, la experiencia se me ha quedado grabada a fuego en la memoria. Y permanece un eco que me enseña a disfrutar de los milagros cotidianos: de los amaneceres tardíos, de la lluvia fina que me empapa cuando regreso del trabajo sin paraguas; de cuidar personas cuyas heridas no me resultan ajenas y de luchar por las causas justas sin perder la paz ni la identidad; de las conversaciones sin trascendencia y de la risa contagiosa de los niños; de las tareas domésticas con música a todo volumen o del relajante tiempo de lectura; del arrullo del río, de los patitos en procesión por la orilla o del recital de poesía que nos brinda este otoño de fantasía. Es imposible no vivir desde esta serena alegría mientras se conserve la mirada agradecida. Esperanza y gratitud son las dos caras de una misma moneda. 

Por último, no se explica este sentimiento de pertenencia, sin Francisco y sin el ensanchamiento de corazón que me provoca desde los inicios oír hablar de él, leer sus escritos o la Regla. Por no mencionar el testimonio de muchos frailes, que hicieron crecer esta semillita franciscana. 

Francisco me ha enamorado, sin ser yo una estudiosa de su figura o su espiritualidad (¡qué más quisiera). No deja de sorprenderme cómo un hombre de la Edad Media tiene tanto que decirme hoy. 

Pero si tuviera que resaltar un aspecto que me encantaría lograr imitar sería ese espíritu de infancia, el ser pobre de espíritu, la simplicidad. Francisco era un hombre simple, un hermano menor en permanente proceso de kénosis. Él se hace pequeñito, evoca la mansedumbre del Cordero, y desde esa posición puede acercarse a todas las personas y a cada una en concreto, de manera preferente a las más vulnerables. Y esa minoridad, también le da una gran libertad interior, le permite ser auténtico, para vivir la pobreza y la verdadera alegría. 

Es un desafío estupendo... Habrá caídas, habrá errores, incluso obstáculos que nunca pueda superar. ¿A quién le importa? Es posible ir por la vida siendo frágil. Es posible vivir en armonía. ¡Vamos, que se puede!!

martes, 31 de marzo de 2020

Confesiones y método de una confinada

“En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible.  
En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible. 
En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible. 
Me di cuenta a pesar de todo que... 
En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. 
Y eso me hace feliz. 
Porque esto me dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; 
en mi interior hay algo más fuerte, algo mejor, 
empujando de vuelta.” 
- Albert Camus- 
(Fragmento de El Verano) 


Queridxs amiguitas y amiguitos, 

Odio que me digan que soy una persona tranquila. “Si no es algo malo” suelen alegar. Pero es que la procesión va por dentro y además me considero una persona activa, que antes de la cuarentena no paraba en casa sino un día a la semana. Bendito sábado. 

Sin embargo, debo reconocer que el confinamiento lo estoy viviendo así: tranquila. Más que con tranquilidad, diría con calma. Me gusta más esa palabra y creo que define mejor mi estado. Está resultando una experiencia de lo más reveladora, que me ha ido despojando para mostrarme la realidad desnuda, auténtica. 

Al principio me costó un poco. Tenía muchos momentos de bajón, pero ¿qué esperabais? Antes, ya se me caía la casa encima cuando volvía por la noche y me encontraba en estas soledades, acostumbrada a vivir en familia. Y es que la independencia tiene cosas maravillosas, pero también sus defectillos (sí, amiguitxs, la emancipación también ha llegado a mi vida). 

Lo diré sin rodeos. Lo que me ha salvado la situación es la oración. Nunca ha sido mi punto fuerte, pero una tarde, Dios vino a visitarme y ¡aquí se ha quedado! Permanece, haciéndome compañía. Nunca voy a poder darle las gracias de modo suficiente. Es un súper papá, en serio. Y bueno... si no creéis, pues os hablaría de la meditación, pero es que creo ¡que no tiene comparación! 

También mantengo contacto con mi familia, amig@s y hablo con personas que están solas para las que esta cuarentena es especialmente dolorosa. Es bonito sentirse unida a las personas que quieres, a pesar de la distancia. Os aseguro que llamaría a más gente, pero me da vergüenza. 

Trabajo. A partir de abril por semanas alternas en casa o en la oficina. Esto también me mantiene estable, el comunicarme con otra gente, conocer sus problemas e intentar echar una mano (aunque ni mucho menos es tan sencillo y agradable como parece). Creo que en este estado de alarma, deberíais empezar a valorar más a vuestras trabajadoras sociales. Por lo menos, estaría bien que se visibilizara nuestro trabajo, aunque no esperamos aplausos ni tampoco los necesitamos. Mis compañeras son uno de mis apoyos fundamentales y es que, creo que después de diez meses trabajando codo a codo, puedo decir que estoy enamorada de ellas. Tantas cosas no las hubiera vivido igual si ellas fueran otras... 

Me cuido. Me peino, me ducho, como sano, me visto con ropa de persona y hago deporte. Mantengo limpio mi pisito. Sigo activa en redes. A veces, incluso estudio, aunque debería hacerlo más. Es muy básico, pero lo aclaro. Creo que es bueno. Probadlo.

Leo. Desgraciadamente, he terminado los libros que me descargué y he agotado los datos de internet. Siempre me quedarán mis favoritos, que me traje en la mudanza: las novelas de Carlos Ruiz Zafón, de Khaled Hosseini, algún libro de JM R. Olaizola sj, "Sabiduría de un pobre" y los Escritos de San Francisco de Asís. La literatura es un regalo de la vida. 

Escribo. Escribo mucho. Lo primero que se me pasa por la cabeza y que no me requiere esfuerzo. Seguramente lo acabe borrando, destruyendo o puede que algún día arregle esos textos para que formen parte de este blog. También continuo con mi “cuaderno de campo”, una especie de diario que escribo desde hace muchísimo. En estos días, estuve leyendo los anteriores y os lo prometo: yo antes tenía sentimientos súper puros y genuinos. Espero conservar algo de eso. ¡Seguro que sí! Para ser sincera, durante este tiempo, he descubierto cosas mías que no sabía o que era incapaz de nombrar. He reconocido miedos, inseguridades, debilidades... Y siento que han sido iluminadas, acogidas, besadas y abrazadas. ¡Cuánto necesitaba de un parón así! Todavía tengo miedo. Pero también esperanza. No tengáis miedo al silencio y a miraros, de verdad. Creo que es lo más bonito que nos puede pasar. Que nos miremos y nos reconozcamos. Con todo lo que somos.

Apenas veo la televisión. En principio, porque no sé qué fallo tiene el cable de la antena que hay que moverla con cariño hasta que encuentra una posición donde esté a gusto y deje de verse con rayas y de hacer ruidos extraños. Ayer vi un programa sobre el Congo que me estrujó las entrañas. También sigo la Eucaristía. Me gustaba más ver las misas online con los sacerdotes de siempre... En cualquier caso, Dios y yo nos apañamos. 

Escucho música prácticamente todo el día. La música tiene el gran don de acompañar los procesos. Esuchad música. De todo tipo. El Kanka siempre es una buena opción para comenzar con buen pie. Ponedle banda sonora a vuestro día y a vuestro estado de ánimo.

Me acuerdo de mucha gente. Esto también me ayuda a ensanchar el corazón. Creo que no hay nadie que haya conocido en mi vida que no haya estado presente estos días en mis conversaciones con Dios. Sean amig@s o enemig@s. Pensad en vuestra gente, recordad los momentos compartidos y agradecedlos. Es una manera de tenerles cerquita.

Recuerdo mucho a los enferm@s y a quienes l@s cuidan (sobre todo a l@s que conozco), pero también tengo un pensamiento por todas las personas (seres en general) que sufren la violencia en cualquiera de sus formas, aquí y al otro lado del planeta. Personas que no pueden ver la cara amable del confinamiento porque sus necesidades básicas de alimento, vivienda, seguridad y afecto no están cubiertas. Especialmente casos de mi trabajo, de las infancias (que muchas veces tienen rostros y nombres concretos), las mujeres, personas mayores o aquellas que carecen de un hogar y de una palabra que se transforme en caricia. Tantas personas heridas en su dignidad, sumergidas en las noches del mundo. No sabemos lo privilegiad@s que somos much@s de nosotr@s.