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sábado, 13 de septiembre de 2025

Salvación

"¿Por qué he tardado tanto en comprender

mi lugar en la vida junto a aquellos

que habitan en los márgenes?

Una luz cegadora me mostraba espejismos."

- Víctor Herrero de Miguel -


Por fortuna, trabajo atendiendo personas.

Y sí: a veces pierdo la paciencia.
Me puede la demanda constante,
el nivel de exigencia,
la agresividad, el teatro de algunos,
el llanto sin lágrimas, 
la falta de ganas,
de movimiento;
la mentira evidente 
o velada.

Y pienso en términos de
"parásitos sociales" o me digo
que "ante el vicio de pedir..."

Pero además hay verdad,
heridas de infancia,
injusticia,
mochilas llenas,
esfuerzo, valor, lucha.
Historias que contar.

En el fondo
existe una certeza mayor:

miércoles, 8 de marzo de 2023

Mi hermana negra

A Fatou.

Nadie lo sabe, pero tengo una hermana negra.
Una hermana africana, que vive en una choza.
Trabaja el campo con su hijo cargado a la espalda.
Con la mirada perdida en la nada.

Mi hermana de vientre hinchado y tez amarilla.
Mi hermana murió al nacer.
Ella murió al dar a luz.
Murió de sida, malaria y desnutrición.

Pesadillas de agua contaminada,
desierto,
hambre.

Su padre la vendió
a un monstruo maltratador,
y ella será repudiada y quedará sin derechos.
Forzada a no ser, pero sí a hacer.
Privada de sus hijas.
Invadida. Nadie.

Arma de guerra.
Que sufre y no tiene rostro.
Que grita y no tiene voz.
Invisible.

Cada día es violada por una multitud.
Huye a Europa en patera,
y la engañan para ejercer la prostitución.
Emigrante. Sin valor.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Emmanuel

"A los que buscan
aunque no encuentren,
a los que avanzan
aunque se pierdan,
a los que viven
aunque se mueran."
- Mario Benedetti -

Aquel día, víspera de Navidad, comenzó augurando novedades y cambios. El despertador no sonó a la hora indicada, la tostadora no saltó y la caldera decidió que hacía una buena mañana para ducharse con agua fría. Dobby ladraba desde mucho antes de que amaneciera y permaneció nervioso, siguiéndome sin motivo aparente y dando vueltas a mi alrededor. Por si fuera poco, una tormenta huracanada me pilló a medio camino del trabajo y un simple paraguas no fue suficiente para contener su furia. Así que, somnoliento, agitado, helado, mojado y hambriento, llegué al despacho con poca intención de cargar con problemas ajenos. 

Sin embargo, ni siquiera me dio tiempo a verter mi mala baba sobre alguna persona insensata que se atreviera a molestarme desde el otro lado de la mesa. Una llamada cambió mi día, y probablemente mi vida.

Llevaba un año inscrito como familia de acogida, pero nunca había tenido la oportunidad de serlo. Quizás porque priorizaban parejas a personas solas o simplemente, porque no era mi momento. Pero esa mañana de invierno, mi momento llegó con aviso de urgencia y con un nombre muy acorde con las fechas en las que estábamos: Emmanuel. Era un bebé de cuatro meses, de origen senegalés y enfermo, que requería de tratamiento y una serie de cuidados que su madre no le proporcionaba, a quien habían ingresado en una unidad de hospitalización psiquiátrica. Apenas me facilitaron datos de la familia o del menor, pero yo tenía mis contactos... 

La madre de Emmanuel se llamaba Joy, que significa "alegría". Pero Joy había tenido una vida que se podría calificar de muchas maneras, menos como alegre. Era una chica joven. Veintinueve años. Cinco hijos en Senegal. Dos matrimonios forzados con viejos que la esclavizaban. Mamadou iba a ser su tercer marido. Pero la noche previa a la ceremonia, escapó con la complicidad de su abuela y se marchó con un par de amigos que también soñaban con cruzar el mar y llegar a Europa. De aquella huida, hacía más de cuatro años. Nunca supo si sus compatriotas atisbaron tierra europea. Ella no lo consiguió. No se lo permitieron. Los mismos de siempre. Aquellos cuyas vidas son tan miserables que tienen que convertir la de los demás en infiernos terrenales, en pesadillas reales. Podrían esconderse en rostros diferentes, pero ella los reconoció enseguida.

En cuanto le quitaron el pasaporte en una de las fronteras, la única opción que tuvo para sobrevivir fue la prostitución, con la amenaza de que practicarían vudú contra los suyos si no obedecía. La obligaron a recorrer varios países de África y llegó a Italia donde fue explotada en varios clubs, hasta que la llevaron a Valencia, de donde se fugó con otras mujeres nigerianas.

Después, las cosas mejoraron, pero las heridas del corazón ya eran demasiado profundas. Estuvo en varios recursos residenciales para mujeres víctimas de trata, aunque no lograba confiar en nadie. No le interesaba aprender el idioma, se sentía incomprendida, preocupada por la situación de sus hijos en su país. Finalmente, conoció a un hombre con quien compartía lengua materna y cultura. Él la hospedó en su casa y ella volvió a quedar embarazada. Luego, empezaron los episodios psicóticos que la devolvieron a las calles, a residir en el albergue municipal y en otros pisos de mujeres "como ella". Los picos de agresividad y su conducta retadora nunca hicieron una convivencia fácil. Por ello, cuando consiguió ingresos estables de una prestación social, tras el nacimiento de Emmanuel, se fue a vivir a una desagradable pensión, sin derecho a cocina. Por lo menos, mantenía su libertad y a su hijo. No necesitaba nada más.

Con el paso de los meses, le diagnosticaron a Emmanuel una enfermedad, la gota que colmó el vaso. Sin la medicación adecuada conllevaba riesgo de muerte. Pero Joy no se fiaba. Su hijo no mostraba signos de debilidad. Y mientras tanto, las alucinaciones y delirios se hacían cada vez más intensos y extravagantes. 

El día que Joy se quedó en la calle con su bebé porque había decidido no pagar la pensión donde se alojaba, la policía ya había estado en comunicación con los diferentes organismos de protección de menores y sabían cómo debían actuar. No fue fácil hacer frente a una madre a la que le van a quitar a su hijo más pequeño. Se defendió con uñas y dientes. Un instinto de animal salvaje despertó en su interior.

Aquella noche, varias estrellas del cielo se apagaron por la tristeza ante lo terrible y antinatural del suceso. Un acontecimiento, a su vez, tan necesario para el bienestar de un niño enfermo.

Los ojos se me inundaron de lágrimas cuando finalicé la lectura de los informes que me habían enviado. Cuánto dolor. Cuánto sufrimiento generado por otros seres humanos y que continuaba reproduciéndose en otras historias y otras vidas. ¿Cómo combatir la maldad que nace dentro del corazón? ¿Cómo ganar la batalla a ciertas cuestiones culturales sin dañar la sensibilidad de un pueblo?

martes, 19 de mayo de 2020

No sé quién soy

"Todos nosotros, entre ruinas, preparamos un renacer" 
- Albert Camus -

Desgranaban las primeras luces del alba, cuando escuchó a su madre levantarse y poner agua a hervir para su primer té matutino. Podía tomarse cuatro o cinco infusiones al día. En cambio a Leire, le parecía la bebida más insípida y aburrida sobre la faz de la tierra. Su madre nunca desayunaba más que eso, pero le obligaba a ella a comer algo consistente: un trozo de pan con mermelada que a duras penas era capaz de terminar y un vaso de leche. Había adelgazado mucho en los últimos dos meses y a veces no encontraba la energía ni las ganas suficientes para levantarse y dar inicio a la jornada.

El soplo de claridad que se filtró por la ventana cuando descorrió la cortina, deslumbró sus ojos aletargados. Un diluvio en polvo había cubierto la calzada de una alfombra blanca. Se asomó a la calle, solitaria a esas horas de la madrugada, y sintió que el frío le quemaba las heridas de los antebrazos. Una silueta oscura enfundada en una gabardina la observaba desde una esquina. El humo de su cigarrillo tejía telarañas en la bruma. Gritó de impotencia y desazón, pero cuando su madre corrió a abrazarla, el hombre ya no estaba y una estela de vapor venenoso se perdía en la niebla, como si nunca hubiera existido.

Aquel invierno de sus dieciséis años comenzó a trabajar limpiando portales. No había querido continuar con los estudios después de lo acontecido y su familia no iba a permitir que se refugiara en casa para siempre. Notaba que sus hermanos la estudiaban preocupados, como si esperasen que en cualquier momento, fuera a hacer alguna estupidez. Y no les culpaba. Ni ella misma sabía que le pasaba en ocasiones. Como aquel día en clase.

Había discutido con la profesora de Química y ésta le había expulsado del aula. Ella había sentido que le faltaba el aire de pura rabia y frustración y había decidido asomarse a la ventana del pasillo. Lo siguiente que recordaba era en flashes: sirenas de la ambulancia, el camión de los bomberos, chillos... y a ella, de pie en el alfeizar, a menos de un paso del vacío.
"La mémoire" de René Magritte
A las nueve de la mañana, cuando finalizaba su horario de trabajo, acudía al hospital de día infanto-juvenil. Desde luego, había chavales que estaban mucho peor que ella. A quien no le daban espasmos, se acurrucaba en un rincón y no hablaba con nadie. También había gente más normal y se lo pasaban bien entre actividad y actividad. Ese día, le habían propuesto ayudar a pintar una sala del segundo piso. Le gustaba el dibujo y la pintura. Además, era buena.

Naroa, la trabajadora social del centro, le daba conversación a su lado. A ella le había contado prácticamente todo. El único problema era que no diferenciaba lo real de lo que su mente recreaba como un espejismo. Sentía que se hundía en las profundidades de un pozo sin fondo, absorbida por sombras espectrales que la envolvían entre tinieblas y voces que no reconocía.

Todo había comenzado dos años atrás como un juego. Lo conoció una mañana de primavera. Una de las primeras de calor. El sol parecía burlarse de ella, viéndola marchar tan temprano para soportar interminables clases de asignaturas inútiles. Los árboles habían explosionado en flor e invitaban a la alegría. 

Antes de llegar al moderno edificio del instituto cuyo interior albergaba aburridas aulas repletas de pupitres, largos pasillos y profesores amargados, dispuestos a complicarle la existencia; había quedado con un par de amigas para compartir un porro que le hiciese más amena la mañana. Eva y Lola no eran compañeras del centro escolar, sino más mayores. Les presentaron en fiestas del barrio. Con ellas, había probado el cannabis y había sentido la adrenalina de robar en el Corte Inglés sin que les pillaran.

- Hemos quedado con nuestros sugar daddy. Les va a acompañar un amigo. ¿Te unes? 

Leire no tenía ni idea de qué era eso, pero cuando se lo explicaron, pensó que bien merecía la pena perderse un día de clase si, a cambio, no tenía que volver a estudiar el resto de su vida.

Según le explicó Eva, los "sugar daddy" son hombres mayores que buscan chicas guapas y jóvenes para que les hagan compañía, a las que pagan y compran caprichos en un trueque que cubría necesidades de ambos lados. "No tienes que hacer nada que no quieras. Dinero fácil y rápido", le aseguró Lola. "Sería una pena que no aprovecharas tu potencial" añadió, como si no sacar beneficio de su cuerpo y de su juventud fuera un desperdicio, un pecado capital.

Él era más joven y más atractivo que los otros dos señores que esperaban a sus compañeras. No tendría más de treinta y cinco años, así que -se dijo- la diferencia de edad no resultaba tan insalvable. Era súmamente agradable y considerado. En su primera cita, le regaló un Iphone, además del vestido que le había comprado para la ocasión. Con el dinero que ganaba, podía consumir más a menudo y el cannabis le ayudaba a olvidar los problemas que empezaban a surgir en casa: que si faltaba a clases, no aprobaba los exámenes, no llegaba a la hora establecida los fines de semana, broncas con sus hermanos, que de dónde había sacado la ropa nueva... y mentira va, mentira viene... Fueron meses de desatino sin conciencia, en los que, con la fe inmadura de quien no le ha visto todavía nunca las fauces al lobo, cree que el mundo está en sus manos y que se lo puede comer entero sin sufrir una indigestión. 

domingo, 23 de junio de 2019

Hija del mal

Si aquella mujer no hubiera sido buena conmigo ni hubiera tenido ese gesto de ternura, probablemente no estaría aquí...
Pintura de Lita Cabellut
Eran las tres de la madrugada y esa noche me había metido toda la mierda que había podido conseguir a cambio de todo tipo de favores. No tenía un duro y no me apetecía regresar al centro de menores en esas condiciones. Tampoco habría podido dar un paso más. Me refugié en un cajero que descubrí bajo unos soportales. Tenía frío, a pesar de estar en el mes de julio y me abracé con mis propios brazos, pretendiendo abrigarme. Cerré los ojos.

Había pasado los últimos cuatro años de mi vida en diferentes centros de acogida. Me escapaba siempre. La banda era el único vínculo emocional que había logrado mantener. No era lo mejor del mundo, pero era un lugar donde me sentía querida y considerada. Había tenido que pasar por el aro en varias ocasiones en la que establecieron medidas judiciales por robos, escándalos y trapicheos, pero había merecido la pena por ganarme la pertenencia al grupo. O eso creía.

La policía nunca me localizaba cuando me piraba. Había llegado a pensar que, en el fondo, no les interesaba hacerlo. Volvería a huir y lo sabían. Era como un dolor de cabeza continuo para las profesionales que debían cuidar de mí. "Deber". Cuánto rechazo me producía esa palabra.

Mi madre nunca cumplió con el suyo, con su deber, conmigo. Mucho menos mi padre, que nos abandonó en cuanto supo de mi nacimiento. Después, me quedé sola, porque la mujer que me dio a luz decidió emigrar a España en busca de otra vida, sin violencia ni abusos. Había cumplido dieciocho primaveras y yo apenas compartí con ella un invierno.

Durante una década, todo con lo que había estado cargando mi madre, cayó sobre mí como una losa. Aprendí lo qué es la violencia ejercida dentro de la propia familia y que no podía confiar en nadie. También aprendí a sobrevivir y a defenderme.

A los diez años, me obligaron a cruzar el charco para reencontrarme con aquella desconocida que me había parido y me reclamaba. Quizás, pretendía que fuéramos una familia feliz: ella, yo... y mis dos hermanastros sin padre, a los que debía querer y atender. 

No lo hice nunca.

No duré ni año y medio en mi nuevo hogar. Cuando la situación se hizo insoportable, aquella extraña cedió mi guarda y custodia a los organismos competentes. A veces, pasábamos ratos juntas. Salía de los centros sin ser vista y esperaba en el portal a que ella llegara de dejar a sus otros hijos en la escuela. Me portaba bien. Hacía la comida y arreglaba la casa, pero siempre me terminaba echando. Supe que jamás me querría. Y no la culpo. Tal vez, deseaba que me encontraran muerta para que dejase de ser un problema.
Pintura de Pedro (González) Alonso

jueves, 28 de febrero de 2019

Capullolandia, un lugar donde (sobre)vivir

Érase una vez, en un reino no muy lejano llamado Capullolandia, bajo el lema de lo políticamente correcto, cada capull@ hacía lo que le daba la gana, siempre precedid@ por palabrería de alta gama que escondía valores no tan altos.

Gustaba a la ciudadanía capullina que se le dorara la píldora y se le palmease la espalda delante de multitudes. Era costumbre en l@s habitantes, denostar a otr@s, seguramente no tan capull@s y despreciarles por su origen, profesión, físico o aficiones, siempre quedando por encima, casi siempre a escondidas y entre el gentío.

Como en los otros reinos de la imbecilidad universal, en Capullolandia se gobernaba desde una dictadura invisibilizada, disfrazada de democracia.

jueves, 3 de enero de 2019

Síndrome de caballero

Todos los días sale el sol cuando se duerme bajo techo. Aunque hoy el día se ha levantado perezoso y la lluvia fina, mansa, da un aire melancólico al paisaje. Pero no le importa. Hoy comienza un nuevo año y está decidido a empezarlo con buen pie. Apenas ha conciliado el sueño debido a los nervios por lo que va a vivir en las próximas horas. Se siente eufórico. 

Ella duerme a su lado. La observa. Su respiración es pausada. Su cabello ensortijado oculta su rostro marcado por el tiempo y la desdicha. No encuentra belleza en sus rasgos, pero no le importa. Ha aprendido a valorar otros aspectos como la compañía, la comprensión y el cariño mutuo. No la conoce desde hace mucho, pero sospecha que es una pobre mujer que ha sufrido demasiado. Por eso hoy, le va a compensar por todo.

Se ducha con calma, saboreando la plácida sensación del agua caliente recorriéndole la piel. De pronto, escucha gritos y se imagina lo que ha sucedido. El dueño del piso la ha descubierto en su habitación y le recrimina que esté allí, se lo prohíbe. Sabe que tiene razón, que es el trato acordado. Exige que se larguen. ¡Qué desconsiderado! ¡Qué poca humanidad! Él no puede soportar esa falta de cortesía y le pega un puñetazo. Cree que le ha roto la nariz, pero no esperan a que llegue la policía para corroborarlo. Recogen sus escasas pertenencias y se piran. Nada ni nadie va a amargar su felicidad.

Le acompaña a la casa de baños para que se asee. Le ha comprado un vestido digno de una princesa. Cuando sale vestida y con una sonrisa enorme, se desencanta un poco. Había imaginado que le quedaría mejor. Pero ella le besa en los labios y lo amortiza. 

La conduce hasta el mejor hotel de la ciudad. Hace semanas reservó allí la suite principal con todo incluido. Cualquiera que los vea entrar con ese talante distinguido, puede pensar que son un matrimonio de la alta sociedad. Tras un suculento desayuno como nunca antes habían probado, él esnifa unas rayas de delicioso polvo blanco para continuar a tope, mientras ella entra en el jacuzzi. 

Entonces, algo falla de repente. Se ahoga, apenas puede controlar sus movimientos, un sudor frío le impregna la piel. Necesita salir del cuarto. Se dirige a la puerta a trompicones. Le parece oír la voz de ella como un eco lejano. Consigue llegar a la planta baja. Algunas personas le rodean y le hablan. Las piernas le flaquean y se derrumba en el suelo. Luego, se cierne sobre él una inmensa oscuridad.

miércoles, 11 de abril de 2018

Las niñas de verdad no pueden volar

La Niña Arcoiris volaba en línea recta. Hacia las montañas. No sabía por qué iba allí, pero debía dirigirse a algún lugar. Si no, volar no tendría sentido.

Volaba con los brazos extendidos en cruz y las piernas muy juntas. De vez en cuando, realizaba volteretas y piruetas en el aire, descendía dando giros hasta marearse y volvía a subir de un impulso, para continuar boca arriba con la cabeza apoyada en las manos y silbando. El gélido viento se colaba por el cuello de su pijama, produciéndole escalofríos.

De pronto, comenzó a nevar. Al principio, la nieve caía despacio y después con mayor intensidad, pero la Niña Arcoiris no se detuvo. Bajo ella, estaba cuajando muy rápidamente. Contempló el paisaje fascinada. Hasta donde alcanzaba su vista, todo se había cubierto de una espesa capa blanca. Jamás había imaginado nada semejante. Deseó ser uno de esos copos de nieve que caían lentamente desde el cielo, bailando sobre sí. Tan geométricamente perfectos, desprovistos de preocupaciones... Para acabar, finalmente, fusionándose con el suelo. Se lo pensó mejor: ella no quería una vida tan corta.

La visibilidad era casi nula. Volaba mirando el bosque que se extendía bajo sus pies, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza. Miró al frente: las montañas parecían más lejanas de lo que la Niña Arcoiris recordaba. Se sacudió el pelo y se limpió la cara, colorada por el frío. Intentó seguir adelante, pero volvió a chocar contra una pared invisible. 

Recordaba esa sensación. La había sentido en innumerables ocasiones cuando estaba en casa o en la escuela y oía el ruido de las bombas. Esa horrible sensación de no poder escapar. Había soñado cientos de veces con volar y huir de aquel lugar en el que había nacido y que envenenaba los corazones de pérdida, mientras unos pocos echaban a suertes los destinos de personas invisibles, sin importar si se las llevaban por delante para lograr sus objetivos.

Y además, el miedo. Un miedo que corroía las entrañas, como un monstruo que devoraba ilusiones, infancias y almas inocentes para seguir con vida. Nadie debería enfrentar jamás ese pánico que olía a destrucción, menos aún cuando no se había rebasado la mayoría de edad.

Quiso gritar, pero estaba sola. Volar ya no le parecía tan divertido. "Sólo quiero ser una niña", deseó en voz alta.

martes, 6 de marzo de 2018

Be different, my friend

"La ignorancia es muy osada"


Andrés es un tipo "normal". 

Andrés es hombre, blanco, heterosexual, sin discapacidad reconocida, no perteneciente a ninguna minoría, que nunca ha sufrido discriminación.
Andrés tiene un empleo "normal", una familia "normal" y una rutina "normal".

Andrés se queja de que a las personas migrantes se les dan todas las ayudas, mientras que a unos pensionistas amigos suyos, no les corresponde nada. Andrés se queja, propaga por redes este mensaje y además se hace la víctima porque le van a tachar de racista. 

Pero Andrés no piensa que quienes emigran son personas con necesidades y derechos y cree que tiene que ir contra ellas en favor de las de aquí. Sin embargo, no despotrica ni se moviliza contra la corrupción política, que es la causa de los recortes y de que los servicios sociales no lleguen a todas por igual.

Andrés es un tipo más común de lo que parece. No seas como Andrés.

Andrés está harto del discurso feminista, ¿y los hombres? Ellos también mueren en las guerras ¡y más que las mujeres! 

Pero Andrés no se manifiesta contra la industria armamentística ni contra los conflictos armados. Tampoco piensa en las mujeres que son secuestradas al servicio de sus raptores, torturadas, violadas. No piensa que en las guerras, detrás de la violencia no hay una ideología de odio hacia los tíos y además los asesinos son mayormente hombres, por eso no es un tema de género.

Andrés se indigna cuando en algunas manis lilas, las mujeres salen a las calles con pasamontañas y antorchas, gritando con violencia "polla violadora, a la licuadora" (¡ay, pobreticos míos!), pero se echa tranquilamente la siesta mientras escucha en el telediario que, otro día más, un hombre ha matado, violado o maltratado a su pareja mujer por desobedecerle.

A Andrés le incomoda ver a una mujer dando el pecho a su bebé en público, sin embargo, Andrés es consumidor de porno y hasta ha sido cliente en burdeles, cosificando y comercializando con el cuerpo de las mujeres más vulnerables.

Andrés es un tipo incoherente y asqueroso. No seas como Andrés.

Andrés refunfuña cuando ve a una africana con cuatro hijas pequeñas, que sobrevive gracias a la renta básica. Juzga su comportamiento sexual y cree que es una irresponsable.

Andrés no sabe que esa mujer ha sido obligada a casarse hasta tres veces en su país, cada vez que sus maridos migraban a Europa y creaban otra familia; no sabe que huyó en patera para escapar de un cuarto matrimonio forzoso; no sabe que, por cultura, en algunas zonas de África, la mujer está sometida a los deseos del hombre en cualquier ámbito, sufriendo una violencia estructural invisibilizada y arrastrando con fuerza y valor sus consecuencias. 

Andrés es un señoro ignorante y prejuicioso. No seas como Andrés.

Andrés se molesta porque ve todos los días a una persona ejerciendo la mendicidad en la puerta del supermercado. "¡Menuda vaga!", piensa y desvía la vista para no juntarse con su mirada.

Andrés no conoce su historia. Desconoce que la persona que tiene delante se quedó sin empleo a los cincuenta años debido a una enfermedad que le generó una discapacidad, y nadie quiso volver a contratarle con su edad. Que la desesperación le condujo a la bebida, la bebida a la ruptura de su matrimonio y que la soledad, la indiferencia, la culpa y el frío pueden llevar a perder la salud mental de una persona. 

Andrés ignora que la Cartera de Servicios Sociales en su Comunidad Autónoma es una mierda para cubrir las necesidades de sus paisan@s en situación de calle. Pero no se rebela, porque él tiene vivienda digna, calefacción y una red de apoyo suficiente.

Andrés es un idiota. No seas como Andrés.

lunes, 1 de enero de 2018

Es tiempo de esperanza

En este 2017 he aprendido mucho. Por eso, al 2018 le exijo que sea mejor y mucho más.

Exijo que en 2018, se cambien las leyes que impiden a las personas migrantes vivir con dignidad. Que se derriben fronteras y se creen organismos que regulen y coordinen las políticas internacionales, para que las personas no tengan que abandonar sus hogares y a sus familias por causas relacionadas con la pobreza o la guerra. Que exista un compromiso real por parte de todos los países para mirar por el bien común y derribar los imperios y a sus dictadores. Que nos levantemos contra la corrupción y la aplastemos. Que los estados sean garantes de los derechos humanos. Que continúe la ayuda humanitaria en las zonas que han sufrido catástrofes naturales en los últimos años: Perú, México, Colombia, Ecuador, Bangladesh, Indonesia, Irán, Sri Lanka, Nepal, Haití... Que todas las personas podamos practicar libremente nuestras creencias y que éstas nunca sean excusa para crear oscuridad y terror. Soy Barcelona, soy Cambrils. Soy Somalia, Irak, Pakistán, Egipto, Yemen, India, Afganistán, Mali, Chad, Nigeria, Congo, Burkina Faso, Filipinas...
El sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano
me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos
” (Papa Francisco)
Que se cierren los CIEs y se trate a las personas con respeto como es su derecho. No más muertes en el mar ni en las vallas de Ceuta y Melilla. No más víctimas del tren la Bestia. Acabar con la mafia y el negocio de las pateras. Pido una mayor acogida de personas refugiadas, tal y como se acordó. Queremos recibir a nuestros/as hermanos/as de Venezuela, Siria, Libia, Senegal y de tantos otros países en conflicto. Pido una menor burocratización para poder ayudar a personas en riesgo de exclusión. La sociedad necesita ayuda para borrar prejuicios y temores, por lo que reclamo una mayor labor socioeducativa: en las calles, en las escuelas, en los barrios y en los lugares de trabajo.

Exijo mayor inversión en la creación de empleo, políticas centradas en la incorporación sociolaboral y en la autonomía de las personas; no conformes con la concesión de ayudas económicas que sólo sirven para subsistir, pero no promueven el desarrollo humano. Si abandonamos a la gente, luego no esperemos que sean personas luchadoras, activas, felices. 

Al 2018 y a las sociedades les exijo igualdad, sobre todo en cuestión de género. Erradicar la violencia machista de toda clase, los chistes sobre violar mujeres y comentarios que propagan estereotipos. Que se haga justicia con maltratadores, violadores y asesinos. Que se deje de culpabilizar a las víctimas y a sus familias. Que un maltratador nunca será un buen padre. Que se forme a jueces y magistrados en materia de género. Abolir el patriarcado y la patria potestad, si hace falta. Que se dejen de reproducir los roles de género tanto en el ámbito privado como público. Que hagamos añicos el techo de cristal y luchemos contra la feminización de la pobreza. A igual trabajo, igual salario.

Concienciar y sensibilizar a la población de que la prostitución es la esclavitud del siglo XXI y dar información, dar voz a esas mujeres, apoyarles para que no tengan miedo a hablar ni a salir de la calle y de los pubs.  Que se detenga al chulo y se multe al putero. Basta ya de ser indiferentes al sufrimiento, de aprovecharse, de usar a las personas para beneficio propio. Que las mujeres dejemos de ser objetos, que dejemos de intentar ser perfectas, que dejemos de sentirnos obligadas a hacer las cosas por amor.

Crear políticas que favorezcan la igual responsabilidad de ambos progenitores, y más tras una separación con hijos/as de por medio. Que las custodias compartidas sean realmente "compartidas", en igualdad de condiciones, con mejores medidas de protección a la infancia y mayores facilidades para realizar cambios en los convenios reguladores cuando, incluso desde los coles, están avisando de factores de riesgo. Que las pensiones de alimentos se paguen más allá de las engañosas circunstancias de la otra parte.

Promover políticas que sostengan a las familias monomarentales hasta que los/as menores cumplan la mayoría de edad tengan suficientes recursos para ser independientes.

Más respeto y apertura para todas las personas sean del sexo que sean y de la orientación sexual que prefieran. Solicito más educación, más formación en todos los sectores.

Exijo al Estado una mayor inversión en infancia,  sobre todo en prevención de riesgos. No más derechos a cambio de votos. Las/os niñas/os no son votantes, pero son el futuro. Que los adultos se graduen las gafas de infancia y se garantice que tod@s l@s menores contarán con las mismas oportunidades. Que tendrán lugares seguros para jugar, alimento todos los días y calefacción en invierno. Que no estarán expuest@s a situaciones violentas y si por diversas circunstancias las padecieran, que se les proteja y se les mantenga en su entorno siempre que se pueda. Que se le otorgue al ocio el valor que merece y se utilice como herramienta para favorecer un mayor desarrollo y bienestar de las personas menores. Que en los colegio o institutos se tengan en cuenta sus circunstancias y no únicamente unos números al final del trimestre. Que el personal docente esté cualificado para atender casos de riesgo o que se contrate con profesionales del ámbito social para resolver situaciones de conflicto. Menos cortoplacismo político y más humanidad.

La misericordia a la cual somos llamados abraza a toda la creación, que Dios nos ha
confiado para ser cuidadores y no explotadores, o peor todavía, destructores
” (Papa Francisco)

jueves, 8 de junio de 2017

Llamadas

L u z
E S P E R A N Z A
F u e g o
A g u a
C a r i c i a
A b r a z o
R e f u g i o
P u e n t e
C a y a d o
A c e i t e,  v i n o
S a l


Luz que ilumine las noches.
Fuego que proporcione calor.
Agua que sacie y limpie.
Caricia que provoque ternura.
Abrazo que reconforte, que haga sentir en casa.
Refugio que se convierta en acogida sin preguntas.
Puente para conectar personas y facilitar la comunicación, la tolerancia.
Cayado que sea apoyo en el que sostenerse frente al cansancio y las caídas.
Aceite y vino que sanen las heridas.
Sal para dar sabor y sentido a todo lo anterior.


"La esperanza no es la certeza de que algo saldrá bien, sino la convicción de que todo tiene sentido, independientemente de cómo resulte"

martes, 2 de febrero de 2016

La rebelión de los maniquíes desnudos

"Cuenta la leyenda, que hubo una vez
una manada de maniquíes que se opuso
a que los convirtieran en meras perchas de ropa y etiquetas..."

Hace tiempo que quería escribir sobre las etiquetas. Pero sin el deseo de criticar a nadie (aunque sí algo), porque supongo que muchas veces -y la mayoría de ellas inconscientemente- también yo intento cumplir con mi etiqueta, me aferro a ella para no ser contradictoria y no salir de mi zona de confort.
Me han llamado conservadora y revolucionaria, feminazi y provida, hipster y descuidada, hippie y capitalista. Para mi profe de ciencias naturales era la chica del 4'75. Mucha gente me tiene por una persona tímida y en otros ambientes, en cambio, soy la payasa. No me identifica ninguna de esas clasificaciones. No totalmente. Al menos, en esta etapa de mi vida.

También la publicidad, la sociedad, la familia nos impone ciertos roles que “debemos” asumir. Las mujeres “debemos” resaltar por encima de todo la belleza física y el servicio incondicional (si no, nos convertimos en feas, gordas y malas). Los hombres “deben” ser atléticos, fuertes, sin demostraciones de ternura (y menos con el mismo sexo) ni de debilidad. 

Por no hablar de cómo las mayorías etiquetan de forma negativa ciertos comportamientos de minorías, sólo porque no son los habituales para la cultura predominante. Según la teoría de la reacción social, intentamos cumplir con las etiquetas que nos ponen, por tanto, si tildamos a alguien de delincuente, esa persona lo va a ser (explicado a grosso modo). Y esto verifica que los conflictos sociales son una cuestión comunitaria y no sólo de individuos concretos. Pero ese es otro tema del que no escribiré hoy.

La verdad, sólo quiero ser yo, con mis defectos y mis dones, pero yo al fin y al cabo. Siempre en esa búsqueda incansable de la verdad y con ella, la justicia. Con ideas de diferentes colores, pero que soy capaz de razonar por mí misma, aunque eso conlleve no pertenecer a ningún grupo o a varios, pero no del todo. 

No quiero preocuparme por mi forma de vestir, por cómo llevo el pelo ni por mis gustos musicales; no quiero sentir culpa por ser quien soy, aunque tenga ilusiones estúpidas, sueños imposibles, comportamientos tradicionalmente masculinos y en muchas ocasiones me sienta a medio camino entre dos polos opuestos. Y lo que es más importante, no quiero controlar cada palabra que salga de mi boca, dependiendo de quien esté presente; ni poner trabas a mis pensamientos porque no se ajustan a la imagen que me gustaría tener de mí misma y dar a l@s demás. No voy a esconderme tras un muro. 

De hecho, el problema no es mío, sino de la mirada ajena que espera estereotiparme. Y en esa mirada estamos todas las personas, no importa la ideología. Todas demostramos nuestra intolerancia, nuestra hipocresía. Ya lo decía la gran Chavela “a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
El único pecado que no se perdona en España es el de no tomar bando y resistirse a unirse a un rebaño u otro.
El que tiene mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego (C.R.Zafón)

viernes, 14 de noviembre de 2014

Segundo noviazgo

A Halima
Estoy agotada y con unas ganas enormes de salir a la calle...

Finalmente, mañana pongo en juego un sueño. Un gran sueño. La suerte está echada: oposiciones de Trabajo Social. No sé si aprobaré o suspenderé, pero soy feliz por estas semanas de preparación, de estudio. ¡He disfrutado como una enana! Ya había olvidado lo que es, en verdad, el Trabajo Social. Me ha reconectado conmigo misma, con mi lado más humano y con lo divino que tengo dentro; con mi esencia. Y es que me siento más identificada como trabajadora social que con cualquier otra característica personal. Es mi definición perfecta. ¡Por fin soy comprendida totalmente: en el TS!!!

Había olvidado que ser trabajadora social es ser cirujana social, maestra de habilidades sociales y hábitos saludables, arquitecta de redes de apoyo, dietista de pensamientos positivos, afinadora en relaciones sociales, vidente de corazones, inspectora de lo oculto, madre para much@s, pieza indispensable en los equipos interdisciplinares; nexo, puente, incluso pegamento para unir lo que parecía roto para siempre; es colchón frente al vacío de la soledad y la indiferencia, perito en casos de violencia de género u otros, psicóloga en la acogida. Es ser bombera ante situaciones de emergencia, albañil de nuevas políticas sociales mejores y adaptadas al medio, modelo para l@s demás profesionales, abogada de l@s excluid@s y de las minorías sin derechos en esta “democracia”; enfermera para curar heridas puntuales, oculista para hacer visible lo que preferimos no saber; barrendera, no para tirar nada a la basura, sino para sacar de debajo de la "alfombra", tanta mierda acumulada; crítica de la realidad, creativa de nuevos proyectos; muchas veces cajera, mera expendedora de recursos (una pena), administrativa y economista cuando hay mucho papeleo y no cuadra el presupuesto. Es ser socorrista en la que depositar confianza para salir a flote. Es ser amiga que acompaña.

Vuelvo la vista atrás y sé que si volviera a nacer, estudiaría lo mismo, una y otra vez si pudiera. Estoy completa y apasionadamente enamorada de esta disciplina, de esta ciencia, de este arte, de esta profesión y de este estilo de vida que saca lo mejor de mí, me ayuda a crecer, vence mis peores temores y acentúa mis capacidades, incluso las más escondidas.

Soy otra. Soy la que siempre me gustaría ser. El Trabajo Social siempre ve el lado positivo de la vida y de las personas, siempre tiene esperanzas en el cambio social a todos los niveles, comprende e incita la rebeldía contra las injusticias y tiene en cuenta la perspectiva de género e intercultural. 

Mientras leía y releía los apuntes sentía un gigantesco ensanchamiento de corazón ante cada idea. Había olvidado por qué disfruté tanto la carrera... y ahora, vuelvo a vivir este segundo noviazgo. No sólo aprendí conocimientos técnicos, recuerdo que tenía la sensación de que el Trabajo Social me iba moldeando y haciendo mejor persona. El Trabajo Social y las personas usuarias, claro, l@s ángeles de las aceras, ancian@s, personas con diversidad funcional, inmigrantes, personas con circunstancias perversas que las colocaban en situaciones de extrema vulnerabilidad y que superaban día a día con una fuerza y un tesón ejemplar. (Es emocionante leer mi trabajo de las prácticas y el proyecto de fin de carrera, se nota que creía sinceramente en lo que estaba haciendo)