
Ante la pregunta de a qué aspiro en la vida,
mi respuesta sólo es ésta:
Continuar en búsqueda
con la seguridad de la sonámbula
-se la cojo prestada a Hugo Mujica-,
que no ve, pero confía.
Víctima de la ternura del mundo.
Con la rebeldía
de los salmones.
Y la libertad
del vuelo de los pájaros.
Sobre todo ante la intemperie,
en las periferias y
en las pequeñas o grandes noches.
Que me postre descalza
frente a la tierra sagrada
de quien deposita en mí su historia
y sus dolores.
Que mi escucha sea atenta
y mi respuesta
no cargue más peso
ni esclavice.
Sea caricia, regazo,
para quien ya soporta demasiado.
Ante la pregunta de qué espero de la vida.
No puedo concretar nada material.
No aspiro a viajes
ni a escalar puestos.
Quizás, sí, el pan de cada día
-para mí y para ti-
y unas migajillas de silencio en soledad.
A menudo este sentir
me aterroriza
y me gustaría escapar de mí misma.
¿Quién comprende esto
que me muerde y arde?
Sólo deseo disfrutar del canto
de los árboles y
la sabiduría de sus raíces.
Que mi esperanza se sostenga
en lo que no se ve
y en lo que siempre será un misterio.
