
Ante la pregunta de a qué aspiro en la vida,
mi respuesta sólo es ésta:
Continuar en búsqueda
con la seguridad de la sonámbula,
que no ve, pero confía.
Con la rebeldía
de los salmones.
Y la libertad
del vuelo de los pájaros.
Sobre todo ante la intemperie,
en las periferias y
en las pequeñas o grandes noches.
Que me postre descalza
frente a la tierra sagrada
de quien deposita en mí su historia
y sus dolores.
Que mi escucha sea atenta
y mi respuesta
no cargue más peso
ni esclavice,
que sea caricia
para quien ya soporta demasiado.
Ante la pregunta de qué espero de la vida.
No puedo concretar nada material.
No aspiro a viajes
ni a escalar puestos.
Quizás, sí, el pan de cada día
-para mí y para ti-
y unas migajillas de silencio en soledad.
Sólo deseo disfrutar del canto
de los árboles y
la sabiduría de sus raíces.
Que mi esperanza se sostenga
en lo que no se ve
y en lo que siempre será un misterio.
Que el sol permanezca
como la luz de las amigas
y los abrazos que me reconstruyen
por dentro.
Que ni la curiosidad ni el asombro
abandonen mi mirada.
Que no se me enquiste la rabia
y me ría de mí misma.
Que mi gratitud se haga infinita.
Que la belleza me salve.


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