No vivo en los mundos de Yupi.
No creo que la realidad sea flores y mariposas.
Nada es perfecto.
No soy tan ingenua
aunque lo parezca.
Sé bien que en todo hay una herida,
un vacío de amor.
Una soledad profunda
donde nadie puede llegar.
Una intimidad última
imposible de invadir.
Yo misma lo he descubierto:
un veneno que me penetra
desde la infancia hasta ahora
y que persiste en su absurdo.
¿Cómo es posible que un dolor tan grande
nazca de los vínculos más estrechos,
de aquellos en los que deposité mi confianza
y mis seguridades?
¿Qué nivel de conciencia,
de intención
y de toxicidad es real?
¿Cómo encontrar el punto medio
en esta tensión ponzoñosa
entre permanecer
y salir corriendo?
No soy una víctima.
O todas lo somos un poco.
Mucha es mi fortuna
y esto no es una queja.
Reconozco que mi lengua
no es puñal,
quizás sí mi silencio
y la distancia que necesito
para no caer en prisiones ajenas
ni en palabras que infrinjan
un daño mayor.
Nadie lo sabe.
O tal vez sí,
pero una muralla de helada indiferencia
ha impedido la construcción de puentes.
¿Cómo es posible?
Se puede defender lo indefendible.
(¿Se puede defender lo indefendible?)
No lo juzgo
-o al menos, lo intento -:
"todas tenemos lo nuestro".
Puede que no estemos preparadas.
Nadie lo creería.
Pero yo lo sé,
lo siento,
como un agujero negro
en el centro del pecho.
Y ya se sabe cuál es la naturaleza
de esas grandes masas de oscuridad.
No podrá devorarme.
Aunque me marchite por momentos.
A pesar de la lluvia
y del paisaje de ceniza
que genera en mi interior.
Porque hay una luz inextinguible
que no defrauda
y se convierte en vida
de mil formas y colores.
Existen personas buenas.
La poesía me salva.
El sol, los pájaros y los árboles.
Intuiciones y Asís.
Un trabajo donde el corazón
encuentra su oficio
y florece.
La esperanza nunca me ha abandonado.


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