Ayer cumpliste 93 años, pero ya hace ocho que empezamos a perderte. Desde que se fue el abuelo, tú comenzaste también a irte en silencio, como has hecho las cosas siempre.
No imaginas cómo me duele verte así. Lo he normalizado, casi acostumbrado, pero toda esa fachada se derrumba cuando recuerdo cómo has sido.
La mujer con la bondad y el mar en la mirada. Aquella a la que se le iluminaba la cara con una sonrisa cuando nos veía aparecer. La de las comidas inigualables. La que nos daba dinero a escondidas, como si fuera droga. Ese tópico tan real. La que me cuidaba y me esperaba en casa, cuando mi madre no estaba, dispuesta a cumplir cualquier capricho, que no eran muchos. La que se mantenía cuando todo alrededor se tambaleaba.
La mujer que agarraba mi mano tan fuerte. La determinada a soportar de pie una cabalgata de Reyes y hacerse con todos los caramelos posibles para dármelos después. Con la que he compartido tantos domingos en la naturaleza. La que contaba su vida cada vez que se lo pedía. La que nos ha querido a todos los nietos por igual, pero te hacía sentir la preferencia. La que pedía paz en los enfrentamientos. La que jugaba conmigo a las cartas. Una abuela a un abuelo pegada. Pareja increíble. Abuelos perfectos.
Me da miedo y tristeza olvidar tantos recuerdos tras estos ocho años de deterioro y enfermedad. Me da miedo no estar a la altura como tú lo has estado siempre. Mirar para otro lado, como a menudo hago, para no ver una realidad que me perfora por dentro.
Y me entristece pensar que tras una vida de tanto amor, trabajo y esfuerzo, de ser luz para tantas personas, tu vida acabe de esta manera: sin saber quién eres, sin saber quiénes somos, sin poder moverte, comunicarte, ni hacer nada por tu cuenta. Con la mirada perdida y el cuerpo llagado. No me parece justo y no creo que vaya a entenderlo nunca ni a encontrarle un sentido elevado, más que asumir lo que acontece como viene. Y afrontarlo.
Sólo quiero darte las gracias, aunque ya no puedas escucharme. No hay abuela mejor, ni persona mejor que tú.
Gracias por todo lo que no recuerdo y por aquello de lo que ni siquiera fui consciente.
Gracias a la vida por haberme dado lo más precioso.
Puedes irte cuando quieras. No te preocupes, estaremos bien. Y prometo cuidar de esa parte de ti que tan profundamente dejaste en mí, como el mayor regalo. Aunque sienta que mi historia vaya a ser algo más triste para siempre desde que no estáis.
Te quiero mucho.
"Caen las hojas, ¡pobres hojas!
Como sueños que se van…
Y en su caída armoniosa
Algo dicen al pasar.
Dicen la eterna historia
De la vida y del dolor;
Que todo pasa y se acaba,
Que sólo eterno es el amor."
- Amelia Denis de Icaza -







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