Salgo a la calle y todo está radiado de misterios.
Todo se mueve, actúa.
Cada acción es un proyecto de crimen contra el tiempo
que no alcanza más que a tentativa.
Salgo a la calle
Fuera estaba el secreto
a la vista de todos
Y por eso, ¡nadie lo miraba!
¡Es mío! ¡Es mío! ¡Es mío!
Qué míos son los cielos y mía es la tierra.
Que quien ama, comprende
que sólo la sobreabundancia es justa,
que el ser es desmesura,
que su medida exacta es el desbordamiento.
Vaya yo más allá.
Excédame.
Porque vi lo que vi
lo que no puede verse
y ya no sé vivir en este mundo.
Pero qué fragmentario,
qué completo, qué bello,
qué intermitente
es todo.
El mundo está encendido.
Yo callo.
Necesito agradecer.
- Carmen Palomo Pinel -
El día comenzó con entusiasmo, como siempre que se está de vacaciones, y yo me había concedido el viernes.
Madrugué y pillé un coche compartido con unos chicos majísimos que me hicieron el viaje ameno. Hablamos de vehículos eléctricos, de energías renovables, de futuro. Uno era ingeniero medioambiental y daba la info con rigor y una motivación que te reconcilia con el planeta. Me convencieron.
Madrid se me abrió paso de la mano de esa soledad, musa de los buenos artistas, desde Méndez Álvaro. El Jardín Botánico, una venta improvisada de libros de segunda mano en plena calle, el Prado apareciendo ante mis ojos asombrados... Caminé hasta el Thyssen y me colé con una pequeña picardía -nada grave. Lo justo para sonreírme.- Los impresionistas me tocan el cora con su luz y color. Y Caspar David Friedrich no defrauda, con un único cuadro. Disfruté también de pintores conocidos y de otros anónimos, porque a veces el arte sin firma ni título es el que más ilumina.
Después, el Barrio de las Letras. Calles que llevan nombres que pesan y sostienen. Comí cerca de la estatua del Abrazo, memorial de los abogados de Atocha asesinados en 1977. Una forma de recordar que la justicia, cuando es verdadera, cuesta hasta el final.
A continuación, sin darme cuenta, recorrí el mundo en apenas unos kilómetros. Lavapiés me regaló India, Pakistán, Marruecos y la África negra. Lenguas, olores, colores. Una humanidad viva, mezclada, a veces herida, pero siempre resistente. Policía por doquier (poca diversión).

Luego, quise saludar a Lorca y a Calderón de la Barca -mis padres literarios- en la plaza de Santa Ana. Empezó a llover con ganas, pero ni la lluvia pudo menguar el deseo de seguir paseando. Fuencarral, Sol, la foto inevitable al Oso y el Madroño. Multitud, paraguas, barullo y la imperfecta sensación de humedad congelando mis pies.
Cuando ya el cuerpo dijo basta, entré en un café bohemio de Malasaña. Me calenté las manos, el ánimo y cargué pilas para tomar un metro de dos paradas hasta Chamberí, donde se iniciaría un finde de fantasía.
Y es que hay un tiempo que no se mide en horas, sino en hondura. Así fue el fin de semana de formación nacional de la Orden Franciscana Seglar. Un espacio habitado por el diálogo y la conciencia agradecida de una vocación concreta. En el contexto del octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís y bajo el lema “Tú eres nuestra esperanza”, las jornadas no se quedaron en una consigna, sino que ésta se fue encarnando en la palabra compartida, la oración y la fraternidad.
Durante la mañana del sábado, Víctor Herrero de Miguel, hermano menor capuchino y poeta, nos llevó a contemplar la bondad de la hermana muerte a través del Cántico de las criaturas y a mirarla como una criatura más que ilumina la vida entregada. Y con la Segunda Vida de Celano, descubrimos que la muerte no es una amenaza ni una ruptura, sino un umbral, que puede cruzarse desde la confianza, aprendida en la intemperie. En la lectura de la despedida del santo, aparece un Francisco profundamente humano: llagado, sí, pero más atento a bendecir y a continuar creando vínculos que a exhibir las heridas que lo traspasaban. El gesto de cubrirse el estigma del costado, en el momento final, nos deja una sutil enseñanza: no es lo evidente o visible lo que define la vida, sino su raíz, las relaciones auténticas y la capacidad de amar. Víctor no nos habló sobre Francisco; nos ayudó a escucharlo.
El trabajo en grupos, siguiendo el método de las conversaciones en el Espíritu, nos permitió acoger lo recibido en las ponencias y dejar que resonara en nuestra propia experiencia. No se trató tanto de llegar a conclusiones como de aprender a escucharnos, reconociendo cómo el Espíritu sigue hablando hoy en lo común y que la fraternidad es lugar de revelación. Los momentos de oración tan bonitos y cuidados, crearon un clima de silencio habitado, recordándonos que la vocación franciscana se vive desde el compromiso y con los ojos puestos en un mundo que sufre.

Sin embargo, lo fundamental de estas jornadas fue la fraternidad, que se hizo visible en los detalles simples: escuchar a las hermanas mayores, compartir la mesa, la risa y la alegría. El Kahoot sobre la historia franciscana y nuestras Constituciones nos brindó una dinámica distendida y divertida. Nos recordó que también se aprende jugando. La JuFra, con su entusiasmo, animó de manera especial varios momentos, haciendo patente que el carisma franciscano sigue creciendo y renovándose.
Por último, la noche en ambiente festivo, con gastronomía, cantos y chistes de los distintos lugares, fue una verdadera epifanía de la diversidad hecha comunión.
Finalmente, tocaba volver a nuestras realidades con gratitud. Gratitud por una vocación que sigue sosteniéndose en lo pequeño, por hermanos y hermanas que caminan juntos, y que, aunque frágiles, siguen siendo semilla fecunda. Ocho siglos después, Francisco continúa enseñándonos a vivir —y a morir— de tal manera que la esperanza tenga la última palabra.

El domingo, tras una comida fugaz, volví a salir a las calles de Madrid, que me recibieron con el frío acerado del invierno. Iba de tranquis: tenía tiempo de sobra hasta el coche compartido que me aguardaría en Avenida de América. Caminé hacia el Paseo de la Castellana y, contemplé a lo lejos las torres inclinadas que se alzan como dos extraños en el horizonte urbano y me traían recuerdos de hace unos años. Cerca de allí, el Santiago Bernabéu. La última vez que lo vi estaba en obras; esta vez, simplemente... meh. Un altar más del capitalismo rancio.
Me perdí -¿o quizá me dejé perder?- y terminé cruzando una urbanización de adosados, desierta, en lo que intuí que sería Chamartín. De allí, otro café, próximo a la estación, para resguardarme y matar la espera.
Madrid me despidió con un viento salvaje, que levantaba cartones, empujaba bolsas y desordenaba lo que encontraba. Y, sin embargo, dentro de mí todo permanecía en su sitio. Había en mi interior una calma incorruptible.
El viaje en coche fue relajado. En mitad del trayecto, sin pensarlo demasiado, compré un billete para Roma. El deseo de volver a Asís se encendió sin pedir permiso. No sé explicarlo bien. Sé que Francisco no está allí —o no está menos que aquí—, pero Asís tiene algo que desborda. Sus callejones, sus edificios de piedra, la naturaleza del valle, la cripta con la tumba del Poverello… todo allí me invade de una paz que no se olvida.
Anochecía mientras atravesábamos la meseta castellana y, de pronto, el cielo se abrió en un despliegue de estrellas limpias, abundantes, como hacía tiempo que no veía. Un regalo inesperado, gratuito, ofrecido con ternura por quien sabe que hay alguien mirando.
Al llegar a mi ciudad, la hermana agua seguía precipitándose contra el asfalto sin pausa. Y en mitad de aquel diluvio, mis padres y una legión de tuppers me esperaban para acercarme a casa. No se puede pedir más.
Podría parecer que todo sigue igual desde entonces. Nada extraordinario ha sucedido, y sin embargo, percibo cierta transformación. Sólo me queda agradecer mil veces, por el cariño recibido y por la paciencia infinita de tantos, que reflejan un amor entrañable más profundo, especialmente conmigo, que soy un desastre casi siempre y para casi todo.
Gracias porque me pensaste, porque estás cuando miro hacia atrás y porque yo sola no me basto.
Vuelvo a casa con la intuición de que todo es penúltimo. Como el umbral, la muerte, las búsquedas y los momentos así, que imprimen una huella en mi historia. Instantes para bendecir y ser bendecida, aprendiendo -una y otra vez- a recibirlo todo... para poder entregarlo todo.

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