El
otoño tiene algo placenteramente poético.
Esos días grises en los que el cielo es una lápida de plomo que llora lágrimas de cristal sobre la alfombra de hojarasca pintada de rojos, amarillos y naranjas.
Esos días grises en los que el cielo es una lápida de plomo que llora lágrimas de cristal sobre la alfombra de hojarasca pintada de rojos, amarillos y naranjas.
Me
fascina contemplar la danza mística de las gotas al caer sobre los
charcos formando ondas infinitas; la melodía repiqueteante que
inunda el ambiente y el suave aroma a hierba mojada, mensajero de
recuerdos infantiles.
A lo lejos, nubes de vapor se fusionan con las montañas. Y poco a poco, el Sol, tímido y vacilante, se desliza entre la bruma para alumbrar con hilos de cobre líquido los cultivos y campos de girasoles, que se vuelven hacia él atraídos por su cálida caricia.
A lo lejos, nubes de vapor se fusionan con las montañas. Y poco a poco, el Sol, tímido y vacilante, se desliza entre la bruma para alumbrar con hilos de cobre líquido los cultivos y campos de girasoles, que se vuelven hacia él atraídos por su cálida caricia.
Más
allá, en una ciudad bruja, l@s niñ@s hacen volar sus cometas, dando
la bienvenida al arcoiris que se dibuja en el horizonte.
Fascinante!! Me parece increíble lo bien que plasmas las cosas sencillas. Genial!!!!
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