miércoles, 1 de julio de 2026

A ti, que me acompañas

τί δὲ ἔχεις

ὃ οὐκ ἔλαβες;

- 1Co 4,7 -


Los gorriones hablan en mi lengua, 

que es la tuya,

y el canto de los poetas son el mapa 

del laberinto.

Las estrellas me sonríen con la ternura 

de un dios mendigo.


Sobran todas las palabras, 

aunque lo signifiquen todo. 

El sol susurra cuando no se esconde. 

Lo escucho.

El coro de vencejos anuncia al viento 

algo más que la caída del día

sobre un cielo de topacio 

que no desciende.


Levanto la mirada.


Hay un mensaje en cada amanecer y 

son mis lágrimas el agua reciente 

que nace del pozo nuevo.


Mi libertad es un desposorio 

con una dama harapienta.

El bosque, mi templo.

El silencio, la liturgia que mejor conozco.


Espera, espera, espera. Vivir en sábado

perpetuo: la alegría del spoiler.


Son tus pies la inspiración de tantas almas

que bailan por contagio.

El misterio de tus huellas 

que soy incapaz de imitar, 

pero es bonito intentarlo 

sólo porque te quiero. 

Y porque quiero vivir de verdad.

Pertenezco a ese sentimiento. 

Y a nada más. Sobre todo a nadie más.


Es absurdo este caminar siempre hasta la mitad, 

pero acariciando la piel y la piedra.

Sin aplastar las raíces del árbol

que no da frutos,

ni preguntándole a la lluvia

por qué se derrama por igual.


¿Cuánto anhelo puede albergar el corazón humano? 

¿Cuánto deseo embriagó el tuyo?