martes, 28 de julio de 2020

Vera no trabaja frente a mi ventana

“El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas"
- de Cheris Kramarae/ Angela Davis
 
El día que la conocí llovía a mares. La tormenta había comenzado sin avisar y a mucha gente nos sorprendió en mangas de camisa. La ciudad se volvía más caótica, si eso era posible, en los días de lluvia. Una cortina de agua descendía hacia la tierra y al rumor de las gotas chocando contra el suelo se unían los truenos y el ruido del tráfico. Ríos de agua anegaban las aceras y formaban charcos en el asfalto. Sin embargo, ni un cielo de plomo ensombrecía esa luz especial que caracteriza a la capital italiana ni eliminaba un ápice de su belleza natural.

El diluvio me pilló en mi plaza favorita. Algunas tardes, si me daba tiempo tras salir de la facultad, paseaba hasta el centro y comía en la cantina que regentaba un indio de sonrisa fácil, donde cocinaban la mejor pasta del mundo. Después, recorría los callejones inundados de turistas y me maravillaba ante el arte de los edificios y esculturas, para terminar deleitándome con un helado o un capuccino en Piazza Navona. Llevaba un par de meses allí y ese ambiente me seguía fascinando. Era como sentir mil mariposas en el estómago.

Aquel día, por uno de esos milagros que sólo pueden asombrar en Roma, alcancé mi autobús a tiempo en Via del Corso -hecho inaudito- y, salvo los bajos de mis pantalones, no me empapé demasiado.

Ella estaba donde siempre, recogiendo sus pertenencias bajo el pequeño toldo de un pub. A decir verdad, ella y yo nos conocíamos desde mi llegada a la Città Eterna. Podría decirse que se ganaba el jornal en la calle, cerca de donde yo vivía y la veía muchas veces cuando me dirigía a la universidad y al regresar. Pero nunca habíamos hablado. Hasta ese momento. El momento en el que, con mi italiano chapurreado, le presté el paraguas para que no se mojara de camino a la habitación que ocupaba junto con su hija.

Desde aquel día, nos saludábamos al pasar. En una ocasión en que el frío arreciaba, la vi desde mi ventana. Cruzaba la carretera para dirigirse a su puesto habitual y se me ocurrió llevarle un café caliente y unas pocas pastas que había comprado por si tenía visita. Nos sentamos en un banco y nos presentamos. Se llamaba Vera y era brasileña. Se había asentado en Roma, como podía haberlo hecho en cualquier otro sitio, buscándose la vida. Y lo hacía. Se prostituía. No debía ser mucho mayor que yo, pero su mirada parecía haber visto más miseria y tristezas de lo que yo vería en cien años. Para Vera, la ciudad no tenía la magia que yo intuía entre sus adoquines, ni disfrutaba de los conciertos que los músicos bohemios brindaban a plena luz del día. Para ella, aquel era un país más, cuyos muros llenos de historia hedían horror y corrupción. Sin embargo, Vera todavía reía. Tenía la carcajada clara y sonora del repicar de las campanas.

Durante un tiempo, continuamos reuniéndonos en ese banco a charlar con la excusa de un café. Hasta que un día me atreví y la invité a mi casa, un pisito que compartía con otros estudiantes, que apenas paraban en él. Aceptó, a riesgo de perder a los puteros que le pagasen el alquiler del mes. Para ese encuentro, ya sabíamos muchas cosas la una de la otra. Éramos amigas. Y ambas habíamos perfeccionado nuestro italiano. Vera decía que pasaba gran parte de su día desnuda ante desconocidos, pero sin compartir una intimidad real como lo hacía en esos momentos, ante una muchacha que sabía poco o nada de la vida, pero no juzgaba la suya.

lunes, 8 de junio de 2020

El hombre que cena conmigo los viernes

"Al final, cabe preguntarse si la casualidad existe de verdad. 
¿Quizá todas las personas con las que nos cruzamos recorren nuestro perímetro con la esperanza incesante de cruzarse con nosotros?"
- En La Delicadeza de David Foenkinos -

Soy un as escuchando conversaciones ajenas. No es por cotilleo, sino por trabajo. Poco importa si la historia es real o ficticia. Mis lectoras y lectores siempre buscan en la contraportada de la revista un buen relato, da igual que sea un drama o una comedia, siempre que sea entretenido y les quite de cabeza sus propios problemas.

Viajando en el metro, en el autobús, sentada en la cafetería o en el banco de un parque; charlando con alguien, escuchando música, haciendo la compra o comiendo en un bar. De todas las situaciones puede surgir algo digno de ser contado. 

Por eso, todos los viernes, ceno en un restaurante. Es mi lugar favorito para conseguir mi dosis de inspiración. En los restaurantes, la gente suele ir acompañada y habla y habla, casi como si olvidaran que están en un lugar público. Sin embargo, me llaman especial atención las parejas que se sientan en una mesa, la una frente a la otra y no se dirigen ni una palabra. Ni una sola palabra. Sólo oyen el ruido de los cubiertos al rozar con el plato y el murmullo generalizado. Me da para preguntarme ¿será que están enfadados? ¿Por qué han venido a cenar entonces? ¿Llevarán tantos años juntos que se han aburrido el uno del otro y salen para rodearse de otras personas y no encontrarse tan solos en su propia compañía? Y me percato de si se miran o no, si se sonríen o no, si meten el tenedor en el plato del otro o no, si beben alcohol o no... Cuando me topo con una de estas parejas, mi crónica suele ser dramática, incluso la convierto en tragedia. Que corra la sangre siempre gusta a los lectores. Lo reconozcamos o no.


Últimamente, opto por un local cerca de mi casa. Barato, comida casera y trato amable. La dueña ya me conoce y me reserva la mesa bajo la escalera, donde me llegan mejor retazos de conversaciones y además, paso desapercibida. Ceno sola. Ya lo dije: estoy trabajando. Cada semana pido un menú diferente. “Lo que me aconseje la casa”. Y doy un trago a mi copa de vino. Eso que no falte. Una copita de vino blanco para acompañar mi soledad.

Antes de que me sirvan, hojeo un libro. Es mi momento de relax. De vez en cuando, levanto la vista y contemplo la estancia y a las personas que han ocupado sus sitios a mi alrededor. Familias, amigas, compañeras de trabajo, cenas de negocios, parejas que recién comienzan, matrimonios consolidados... De todo pasa ante mis ojos. A veces, no hace falta el lenguaje verbal, porque una lágrima cae, una mirada despierta, un abrazo anima, una sonrisa enamora, dos manos se acarician sobre el mantel... Me sirve para hacerme una composición de lugar y trazar las primeras líneas de mi esbozo. Más tarde, mis oídos comienzan a captar también las risas, anécdotas, preocupaciones, peticiones, propuestas de matrimonio o de divorcio, el niño que no quiere comer o que quiere un poco de cada cosa, el cierre de un negocio beneficioso para ambas partes, una solicitud de perdón y una respuesta afirmativa o no... Compruebo que estamos hechas de sonidos y de silencios que desvelan historias. Y empieza a orquestarse todo. Termino mi primera copa de vino y continúo con mi observación participante.

Durante varias semanas seguidas veo al mismo tipo, solo, en la barra. Bebe vino. Blanco, como yo. Pero la copa le dura más. Y únicamente toma una. Luce un sombrero sobre su cabeza y una barba oscura, bien cuidada. Nuestras miradas se cruzan sin quererlo varias veces. Me pregunto qué hace allí. ¿Vendrá todos los días? ¿Quizás quiera ahogar sus penas en alcohol? Difícil con un poco de vino. ¿Cuáles serán sus miedos, sus inquietudes, sus creencias? ¿Qué guardará en la pequeña bandolera que le cuelga del hombro? ¿A qué se dedicará? Imagino que a la pintura. Tiene aspecto de bohemio. Y de no llegar a fin de mes con holgura. Puede que espere a alguien que nunca llega. Puede. Puede que haya salido de trabajar, un viernes por la noche y quiera relajarse un poco antes de encerrarse todo el fin de semana con su mujer y sus tres hijos pequeños. Pero no. Habíamos quedado que era un artista. Los artistas de verdad no tienen un empleo formal ni crean una familia tradicional. Al menos, en mi imaginario.

Una noche algo cambia. Hace calor y el establecimiento ha sacado las mesas fuera. Yo también he cogido posición en la terraza. Mi concentración está dividida entre las explicaciones que una chica joven le da a otra -sobre cómo va a dejar a su novio por estar enganchado al fútbol y no destinarle un tiempo a ella- y enrollar mis espaguetis en la cuchara sin que se escurran, caigan en la salsa y me salpiquen la ropa. Cuando lo veo entrar. El hombre del sombrero. Nos miramos con la simpatía que proporciona la costumbre y sigo a lo mío. Sin embargo, al poco rato, siento una presencia que se acerca a mi mesa y se sienta frente a mí. El hombre del sombrero. Le miro perpleja y me devuelve la mirada, ladino. En ese momento, le traen otro plato de espaguetis y otra copa de vino. Blanco, como la mía.

martes, 19 de mayo de 2020

No sé quién soy

"Todos nosotros, entre ruinas, preparamos un renacer" 
- Albert Camus -

Desgranaban las primeras luces del alba, cuando escuchó a su madre levantarse y poner agua a hervir para su primer té matutino. Podía tomarse cuatro o cinco infusiones al día. En cambio a Leire, le parecía la bebida más insípida y aburrida sobre la faz de la tierra. Su madre nunca desayunaba más que eso, pero le obligaba a ella a comer algo consistente: un trozo de pan con mermelada que a duras penas era capaz de terminar y un vaso de leche. Había adelgazado mucho en los últimos dos meses y a veces no encontraba la energía ni las ganas suficientes para levantarse y dar inicio a la jornada.

El soplo de claridad que se filtró por la ventana cuando descorrió la cortina, deslumbró sus ojos aletargados. Un diluvio en polvo había cubierto la calzada de una alfombra blanca. Se asomó a la calle, solitaria a esas horas de la madrugada, y sintió que el frío le quemaba las heridas de los antebrazos. Una silueta oscura enfundada en una gabardina la observaba desde una esquina. El humo de su cigarrillo tejía telarañas en la bruma. Gritó de impotencia y desazón, pero cuando su madre corrió a abrazarla, el hombre ya no estaba y una estela de vapor venenoso se perdía en la niebla, como si nunca hubiera existido.

Aquel invierno de sus dieciséis años comenzó a trabajar limpiando portales. No había querido continuar con los estudios después de lo acontecido y su familia no iba a permitir que se refugiara en casa para siempre. Notaba que sus hermanos la estudiaban preocupados, como si esperasen que en cualquier momento, fuera a hacer alguna estupidez. Y no les culpaba. Ni ella misma sabía que le pasaba en ocasiones. Como aquel día en clase.

Había discutido con la profesora de Química y ésta le había expulsado del aula. Ella había sentido que le faltaba el aire de pura rabia y frustración y había decidido asomarse a la ventana del pasillo. Lo siguiente que recordaba era en flashes: sirenas de la ambulancia, el camión de los bomberos, chillos... y a ella, de pie en el alfeizar, a menos de un paso del vacío.
"La mémoire" de René Magritte
A las nueve de la mañana, cuando finalizaba su horario de trabajo, acudía al hospital de día infanto-juvenil. Desde luego, había chavales que estaban mucho peor que ella. A quien no le daban espasmos, se acurrucaba en un rincón y no hablaba con nadie. También había gente más normal y se lo pasaban bien entre actividad y actividad. Ese día, le habían propuesto ayudar a pintar una sala del segundo piso. Le gustaba el dibujo y la pintura. Además, era buena.

Naroa, la trabajadora social del centro, le daba conversación a su lado. A ella le había contado prácticamente todo. El único problema era que no diferenciaba lo real de lo que su mente recreaba como un espejismo. Sentía que se hundía en las profundidades de un pozo sin fondo, absorbida por sombras espectrales que la envolvían entre tinieblas y voces que no reconocía.

Todo había comenzado dos años atrás como un juego. Lo conoció una mañana de primavera. Una de las primeras de calor. El sol parecía burlarse de ella, viéndola marchar tan temprano para soportar interminables clases de asignaturas inútiles. Los árboles habían explosionado en flor e invitaban a la alegría. 

Antes de llegar al moderno edificio del instituto cuyo interior albergaba aburridas aulas repletas de pupitres, largos pasillos y profesores amargados, dispuestos a complicarle la existencia; había quedado con un par de amigas para compartir un porro que le hiciese más amena la mañana. Eva y Lola no eran compañeras del centro escolar, sino más mayores. Les presentaron en fiestas del barrio. Con ellas, había probado el cannabis y había sentido la adrenalina de robar en el Corte Inglés sin que les pillaran.

- Hemos quedado con nuestros sugar daddy. Les va a acompañar un amigo. ¿Te unes? 

Leire no tenía ni idea de qué era eso, pero cuando se lo explicaron, pensó que bien merecía la pena perderse un día de clase si, a cambio, no tenía que volver a estudiar el resto de su vida.

Según le explicó Eva, los "sugar daddy" son hombres mayores que buscan chicas guapas y jóvenes para que les hagan compañía, a las que pagan y compran caprichos en un trueque que cubría necesidades de ambos lados. "No tienes que hacer nada que no quieras. Dinero fácil y rápido", le aseguró Lola. "Sería una pena que no aprovecharas tu potencial" añadió, como si no sacar beneficio de su cuerpo y de su juventud fuera un desperdicio, un pecado capital.

Él era más joven y más atractivo que los otros dos señores que esperaban a sus compañeras. No tendría más de treinta y cinco años, así que -se dijo- la diferencia de edad no resultaba tan insalvable. Era súmamente agradable y considerado. En su primera cita, le regaló un Iphone, además del vestido que le había comprado para la ocasión. Con el dinero que ganaba, podía consumir más a menudo y el cannabis le ayudaba a olvidar los problemas que empezaban a surgir en casa: que si faltaba a clases, no aprobaba los exámenes, no llegaba a la hora establecida los fines de semana, broncas con sus hermanos, que de dónde había sacado la ropa nueva... y mentira va, mentira viene... Fueron meses de desatino sin conciencia, en los que, con la fe inmadura de quien no le ha visto todavía nunca las fauces al lobo, cree que el mundo está en sus manos y que se lo puede comer entero sin sufrir una indigestión. 

lunes, 13 de abril de 2020

Bajo una retama

"Confieso haber mordido el polvo,
haber tocado fondo, haber besado el suelo.
Confieso que me equivoqué más veces que acerté, 
que quise ser lo que no era.
Confieso que más de una vez,
al verte me cambié de acera."
- El Kanka -

Yo...
Tan grande
       Con mi fortaleza inventada
       Con mi afán de protagonismo
               Mi ansia de poder
               Mi cultura del descarte: determinadas personas, determinados ambientes.
La capacidad de control
      Mordiéndome la lengua para cumplir el protocolo o no parecer distinta al resto.
La sensación de ser mejor.
               Maquillaje en las mejillas y también en el corazón.
       Superviviente en un mundo competitivo.
Las buenas notas,
La moda para ser guay.
      Recibir piropos bonitos, adulaciones y sucedáneos.
El deseo de superioridad y de comodidad.
      Ganar prestigio.
Mis razonamientos, ideas y mi lógica ante todo. La supremacía de mi verdad.
               Seguridad como máscara.
El convencimiento de que merezco éxito.
      Comparándome con otras personas.
      Apegándome a objetos y sentimientos.
      Apropiándome de todo lo que considero mío. Sin vivir los dones como regalo.
Tan orgullosa por lo bueno que dicen que hago.
Pagada de mí misma.
Exigente, claro, pero no conmigo.
                                                                            "Sin pecado concebida".

Fuerte, correcta, inteligente, capaz, segura, implacable y horriblemente complicada. 
Pura apariencia.


Tú...
Tan simple.
Abierto a lo que venga.
Abrazo que acoge a cansad@s, agobiad@s y perdid@s.
Esencia de fraternidad.
Amante de lo imperfecto.
Sencillo,
Terreno,
Mendigo,
Pequeño.
No importa dónde o por qué hayas caído: ¡levántate!
Con tus paradojas.
Tu predilección por lo torpe,
Por mí,
Por lo débil,
Lo inseguro,
Lo humilde,
Lo impopular.
La falta de éxito,
La ausencia de habilidad,
La realidad herida.
Lo marginal,
Lo caduco,
Lo difícil de aceptar,
Las caras lavadas y sin peinar,
Lo bello,
Lo brusco,
Lo sutil,
Lo inútil,
Lo ingenuo y hasta lo ignorante.
Lo escondido,
Lo pobre,
Lo enfermo,
Lo inquerible y despreciable,
Lo feo y lo no aceptable,
Lo tradicionalmente incorrecto,
Lo salvaje y no domesticado,
Lo heterodoxo e impulsivo.
Abrazable y abrazante.
Entrañable.
Apasionado y apasionante.
                                           Auténtico...