miércoles, 30 de septiembre de 2020

Boceto de un autorretrato

Soy lluvia mansa,

huracán,

noche clara,

estrella fugaz.


Ilusa por naturaleza,

ignorante de vocación,

cierta tendencia a la tristeza

y la cólera facciosa en perpetua contención.


No me asusta el fracaso

ni me da miedo querer,

no le temo al ocaso

ni a un nuevo amanecer.


He aprendido a cantar

en las horas más sombrías.

Muchas cosas por cambiar,

de todo hacer poesía.


Soy amoroso desastre,

diaria contradicción,

admiradora del arte,

talento en evolución.


Estas son las pinceladas

de mi primer autorretrato.

Siempre gano mis batallas:

cuando no muerdo, araño.


Soy misterioso universo;

discurso ahogado en orujo,

imperfecto verso incierto

de un vagabundo mudo.


Mi niña eterna disfruta

de cuanto existe alrededor.

Y a veces, me siento una intrusa

en mi propio interior.

lunes, 10 de agosto de 2020

Panpachay

"Y la luz empezó a salir al encuentro de los buscadores de amaneceres"
- JM. R. Olaizola - 


La encontré por casualidad, aunque no creo en el azar.

La vi desde lejos. Como un viajero ve un oasis en mitad del desierto y piensa que es un espejismo. Pero no, allí estaba. En medio de la selva. Era una casita sencilla, construida de madera y el tejado de palma. La rodeaba un paisaje de frondosa vegetación que parecía devorarla y la hacía pasar desapercibida. No sabía si era del todo sensato aproximarme, pero me moría de sed y no aguantaba más el calor ni los mordiscos de los insectos, acribillándome brazos y piernas. Estaba perdida y necesitaba ayuda. Era bastante evidente.

Conforme me acercaba, vi la silueta de una persona cortando cañas de bambú en la entrada. Se trataba de una mujer mayor. Lucía cabello plateado, recogido con un palo; tez morena y enormes ojos oscuros. Me sonrió al verme llegar.

- Bienvenida joven, ¿en qué le podemos ayudar?

Se presentó por su nombre y me preguntó el mío. Le expliqué mi situación y me ofreció entrar en su hogar mientras localizaban a alguien que me pudiera llevar de vuelta a la ciudad, antes de que anocheciera.

En la cabaña, se encontraba su marido, un hombre alto, encorvado, cuyas manos estaban deformadas por la enfermedad. Sonreía también, aún más que su esposa, y cuando lo hacía su rostro se contraía en mil pliegues que le conferían un aspecto risueño, de anciano bonachón. Su mirada brillante, gris, invitaba a la confianza, a pesar de que no podía ver.

- Sus ojos se cansaron de mirar- explicó la mujer, mientras me tendía una botella de agua- Pero su corazón permanece alerta a las novedades de cada día.

Aquel entorno con sus dos viejitos tenía algo de poético, una belleza peculiar, un pequeño y solitario paraíso camino a ninguna parte. Sin embargo, había un elemento más, que rechinaba con el resto, que no cuadraba. Otro hombre habitaba la vivienda. Un hombre considerablemente más joven, que arrastraba una sombra de tristeza como una pesada carga engrilletada a su vida. De mirada esquiva, ojeras profundas y manos tatuadas. Me produjo un escalofrío contemplar cómo el abuelo se acercaba a él y tras susurrarle algo al oído, ambos salían fuera.

Quizás por defecto profesional, empecé a hacer preguntas a la mujer acerca de aquel individuo discordante, sobre quién era y si residía en su casa por voluntad propia de la pareja. Entonces, mi anfitriona se sentó en la mecedora, sacó su pipa de fumar y, con la calma que precede a las grandes historias, comenzó a narrarme la suya.

Décadas atrás, ambos ancianos se conocieron en una villa dorada por el sol de la Toscana italiana. Él llegó tras recibir una oferta de trabajo para ser profesor en la pequeña escuelita. Sólo portaba consigo una maleta con un par de mudas y su traje de los domingos, todo el conocimiento que había podido acumular y una última esperanza desgastada que perdió en el trayecto. Ella fue la encargada de devolvérsela. La joven hija del panadero lo deslumbró desde el primer día que cruzó el umbral del negocio familiar. La muchacha le lanzó varios improperios por alguna razón y él supo desde ese instante que se enamoraría de ella. Tras años de galanteos y esfuerzos por conseguir unos ahorros, se casaron en una pequeña ermita. La ceremonia fue sencilla, pero nadie ha sido más feliz como lo fueron ellos en ese momento, mientras decían que sí al sacerdote, que querían estar juntos toda la vida, hasta que la muerte les separase por un instante de eternidad.

Con el paso del tiempo, el maestro, como era conocido en el pueblo, se había ganado una excelente reputación. Sin embargo, no era querido por todos. La envidia crecía entre aquellos que ambicionaban lo que el maestro tenía y ellos nunca podrían comprar por muy grandes que fuesen sus fortunas: elegancia y esa paz alegre de quien actúa según los dictados de la recta conciencia.

Fue fácil engatusar a la gente del pueblo para que acusaran al abuelo de delitos que nunca cometió. A pesar de que él quería hacer frente a las calumnias, su esposa, intuyendo lo peor, lo disuadió para que se fuesen de allí, con la excusa de buscar una vida más tranquila, donde poder disfrutar de la hija que esperaban. Se asentaron en una villa costera donde nacieron y crecieron sus dos niñas. Volvieron a empezar y fueron felices.

Sin embargo, unos años más tarde, la desgracia no tardó en presentarse de la mano de la violencia. Una violencia devastadora que se llevó consigo lo que más amaban. Como un fogonazo de luz que ciega al acuchillar la oscuridad de golpe; como un puñetazo imprevisible en la boca del estómago. Así irrumpió el horror, el terror en aquella casa.

Cuando la policía llamó a su puerta y sus pequeñas no habían vuelto tras marcharse con sus amigas a las fiestas de un pueblo próximo, se temieron lo peor. La falta de oxígeno, la pérdida de un motivo para vivir, las noches sin dormir... Exactamente, cincuenta y tres con sus respectivos amaneceres nublados. Hasta que las encontraron. No llegaron a cumplir quince años.

La anciana hizo una pausa para dar una calada a la pipa. Se mantenía increíblemente serena.

Cuando la desesperación estaba logrando asfixiarles y el dolor traspasaba todo su ser, se miraron y descubrieron que todavía se tenían el uno al otro. Sacaron fuerzas de Dios sabe donde para continuar y no detenerse. El tiempo no alivió el dolor, ni la justicia cerró la herida. Esa herida nunca dejaría de sangrar. Pero había algo más: el perdón.

Cuando las circunstancias se lo permitieron, aquellos padres a los que habían robado el derecho a la paternidad, se exiliaron a una humilde casita abandonada entre la espesura de la selva en el continente americano. Lejos de todo y de todos. No obstante, el destino o quien maneja sus hilos, tenía preparados otros planes para ellos.

martes, 28 de julio de 2020

Vera no trabaja frente a mi ventana

“El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas"
- de Cheris Kramarae/ Angela Davis
 
El día que la conocí llovía a mares. La tormenta había comenzado sin avisar y a mucha gente nos sorprendió en mangas de camisa. La ciudad se volvía más caótica, si eso era posible, en los días de lluvia. Una cortina de agua descendía hacia la tierra y al rumor de las gotas chocando contra el suelo se unían los truenos y el ruido del tráfico. Ríos de agua anegaban las aceras y formaban charcos en el asfalto. Sin embargo, ni un cielo de plomo ensombrecía esa luz especial que caracteriza a la capital italiana ni eliminaba un ápice de su belleza natural.

El diluvio me pilló en mi plaza favorita. Algunas tardes, si me daba tiempo tras salir de la facultad, paseaba hasta el centro y comía en la cantina que regentaba un indio de sonrisa fácil, donde cocinaban la mejor pasta del mundo. Después, recorría los callejones inundados de turistas y me maravillaba ante el arte de los edificios y esculturas, para terminar deleitándome con un helado o un capuccino en Piazza Navona. Llevaba un par de meses allí y ese ambiente me seguía fascinando. Era como sentir mil mariposas en el estómago.

Aquel día, por uno de esos milagros que sólo pueden asombrar en Roma, alcancé mi autobús a tiempo en Via del Corso -hecho inaudito- y, salvo los bajos de mis pantalones, no me empapé demasiado.

Ella estaba donde siempre, recogiendo sus pertenencias bajo el pequeño toldo de un pub. A decir verdad, ella y yo nos conocíamos desde mi llegada a la Città Eterna. Podría decirse que se ganaba el jornal en la calle, cerca de donde yo vivía y la veía muchas veces cuando me dirigía a la universidad y al regresar. Pero nunca habíamos hablado. Hasta ese momento. El momento en el que, con mi italiano chapurreado, le presté el paraguas para que no se mojara de camino a la habitación que ocupaba junto con su hija.

Desde aquel día, nos saludábamos al pasar. En una ocasión en que el frío arreciaba, la vi desde mi ventana. Cruzaba la carretera para dirigirse a su puesto habitual y se me ocurrió llevarle un café caliente y unas pocas pastas que había comprado por si tenía visita. Nos sentamos en un banco y nos presentamos. Se llamaba Vera y era brasileña. Se había asentado en Roma, como podía haberlo hecho en cualquier otro sitio, buscándose la vida. Y lo hacía. Se prostituía. No debía ser mucho mayor que yo, pero su mirada parecía haber visto más miseria y tristezas de lo que yo vería en cien años. Para Vera, la ciudad no tenía la magia que yo intuía entre sus adoquines, ni disfrutaba de los conciertos que los músicos bohemios brindaban a plena luz del día. Para ella, aquel era un país más, cuyos muros llenos de historia hedían horror y corrupción. Sin embargo, Vera todavía reía. Tenía la carcajada clara y sonora del repicar de las campanas.

Durante un tiempo, continuamos reuniéndonos en ese banco a charlar con la excusa de un café. Hasta que un día me atreví y la invité a mi casa, un pisito que compartía con otros estudiantes, que apenas paraban en él. Aceptó, a riesgo de perder a los puteros que le pagasen el alquiler del mes. Para ese encuentro, ya sabíamos muchas cosas la una de la otra. Éramos amigas. Y ambas habíamos perfeccionado nuestro italiano. Vera decía que pasaba gran parte de su día desnuda ante desconocidos, pero sin compartir una intimidad real como lo hacía en esos momentos, ante una muchacha que sabía poco o nada de la vida, pero no juzgaba la suya.

lunes, 8 de junio de 2020

El hombre que cena conmigo los viernes

"Al final, cabe preguntarse si la casualidad existe de verdad. 
¿Quizá todas las personas con las que nos cruzamos recorren nuestro perímetro con la esperanza incesante de cruzarse con nosotros?"
- En La Delicadeza de David Foenkinos -

Soy un as escuchando conversaciones ajenas. No es por cotilleo, sino por trabajo. Poco importa si la historia es real o ficticia. Mis lectoras y lectores siempre buscan en la contraportada de la revista un buen relato, da igual que sea un drama o una comedia, siempre que sea entretenido y les quite de cabeza sus propios problemas.

Viajando en el metro, en el autobús, sentada en la cafetería o en el banco de un parque; charlando con alguien, escuchando música, haciendo la compra o comiendo en un bar. De todas las situaciones puede surgir algo digno de ser contado. 

Por eso, todos los viernes, ceno en un restaurante. Es mi lugar favorito para conseguir mi dosis de inspiración. En los restaurantes, la gente suele ir acompañada y habla y habla, casi como si olvidaran que están en un lugar público. Sin embargo, me llaman especial atención las parejas que se sientan en una mesa, la una frente a la otra y no se dirigen ni una palabra. Ni una sola palabra. Sólo oyen el ruido de los cubiertos al rozar con el plato y el murmullo generalizado. Me da para preguntarme ¿será que están enfadados? ¿Por qué han venido a cenar entonces? ¿Llevarán tantos años juntos que se han aburrido el uno del otro y salen para rodearse de otras personas y no encontrarse tan solos en su propia compañía? Y me percato de si se miran o no, si se sonríen o no, si meten el tenedor en el plato del otro o no, si beben alcohol o no... Cuando me topo con una de estas parejas, mi crónica suele ser dramática, incluso la convierto en tragedia. Que corra la sangre siempre gusta a los lectores. Lo reconozcamos o no.


Últimamente, opto por un local cerca de mi casa. Barato, comida casera y trato amable. La dueña ya me conoce y me reserva la mesa bajo la escalera, donde me llegan mejor retazos de conversaciones y además, paso desapercibida. Ceno sola. Ya lo dije: estoy trabajando. Cada semana pido un menú diferente. “Lo que me aconseje la casa”. Y doy un trago a mi copa de vino. Eso que no falte. Una copita de vino blanco para acompañar mi soledad.

Antes de que me sirvan, hojeo un libro. Es mi momento de relax. De vez en cuando, levanto la vista y contemplo la estancia y a las personas que han ocupado sus sitios a mi alrededor. Familias, amigas, compañeras de trabajo, cenas de negocios, parejas que recién comienzan, matrimonios consolidados... De todo pasa ante mis ojos. A veces, no hace falta el lenguaje verbal, porque una lágrima cae, una mirada despierta, un abrazo anima, una sonrisa enamora, dos manos se acarician sobre el mantel... Me sirve para hacerme una composición de lugar y trazar las primeras líneas de mi esbozo. Más tarde, mis oídos comienzan a captar también las risas, anécdotas, preocupaciones, peticiones, propuestas de matrimonio o de divorcio, el niño que no quiere comer o que quiere un poco de cada cosa, el cierre de un negocio beneficioso para ambas partes, una solicitud de perdón y una respuesta afirmativa o no... Compruebo que estamos hechas de sonidos y de silencios que desvelan historias. Y empieza a orquestarse todo. Termino mi primera copa de vino y continúo con mi observación participante.

Durante varias semanas seguidas veo al mismo tipo, solo, en la barra. Bebe vino. Blanco, como yo. Pero la copa le dura más. Y únicamente toma una. Luce un sombrero sobre su cabeza y una barba oscura, bien cuidada. Nuestras miradas se cruzan sin quererlo varias veces. Me pregunto qué hace allí. ¿Vendrá todos los días? ¿Quizás quiera ahogar sus penas en alcohol? Difícil con un poco de vino. ¿Cuáles serán sus miedos, sus inquietudes, sus creencias? ¿Qué guardará en la pequeña bandolera que le cuelga del hombro? ¿A qué se dedicará? Imagino que a la pintura. Tiene aspecto de bohemio. Y de no llegar a fin de mes con holgura. Puede que espere a alguien que nunca llega. Puede. Puede que haya salido de trabajar, un viernes por la noche y quiera relajarse un poco antes de encerrarse todo el fin de semana con su mujer y sus tres hijos pequeños. Pero no. Habíamos quedado que era un artista. Los artistas de verdad no tienen un empleo formal ni crean una familia tradicional. Al menos, en mi imaginario.

Una noche algo cambia. Hace calor y el establecimiento ha sacado las mesas fuera. Yo también he cogido posición en la terraza. Mi concentración está dividida entre las explicaciones que una chica joven le da a otra -sobre cómo va a dejar a su novio por estar enganchado al fútbol y no destinarle un tiempo a ella- y enrollar mis espaguetis en la cuchara sin que se escurran, caigan en la salsa y me salpiquen la ropa. Cuando lo veo entrar. El hombre del sombrero. Nos miramos con la simpatía que proporciona la costumbre y sigo a lo mío. Sin embargo, al poco rato, siento una presencia que se acerca a mi mesa y se sienta frente a mí. El hombre del sombrero. Le miro perpleja y me devuelve la mirada, ladino. En ese momento, le traen otro plato de espaguetis y otra copa de vino. Blanco, como la mía.