jueves, 16 de abril de 2015

Hay una historia detrás de la esquina

A Germán. A Antonio.

Para algunos era el trompetista en la esquina con el 7, para otros se trataba de un artista callejero que tocaba la guitarra en el parque de la Media Luna, mientras a sus pies, las palomas recogían las migajas de una vida hecha pedazos. Unos lo tenían como el borracho que cantaba fandangos los jueves a partir de medianoche y los niños lo veían como un señor extraño con olor a tabaco y sudor, de manos negras por nunca nada recibir y con los ojos claros de tanto llorar. Lo cierto era que Dante mentía en cuanto a su identidad, pero no me importaba; ni esa ni el resto de falacias que había inventado con el fin de evadirse de su realidad, de convertirse en una persona diferente a la que había sido durante toda su vida. Una vida que no le había dado segundas oportunidades para cambiar.

Había algo en su mirada que no podía describir con palabras. Una luz que penetraba en mi alma iluminando mi interior oscuro y maldito. Él me miraba y me hacía mejor persona. Me fascinaba su modo de sobrevivir a la soledad y a un mundo cada vez más ciego y sordo. Su risa, tan escasa, era el mayor regalo. Bastaba detenerse un instante para intuir que tras esa sonrisa melancólica, su ropa no era lo único que revelaba remiendos.

Y, aunque él lo ignorase, tenía tanto para dar...

jueves, 12 de marzo de 2015

De Graná... a pedacitos

* A Ángel, Luis, Esperanza, Manolo, Limón, Patxi, Miguel, Aristo, José Manuel, Mostapha, Ricardo, Sergio, Pilar, Jorge... y a tantos otros ángeles de las aceras. (Si les ven por los alrededores de Plaza de Toros, sonríanles, porque son personas mágicas)

“Quizás no importe el sitio, eso está de más”
(Love of lesbian)

A veces, medio en sueños medio despierta, vuelvo a recorrer esas calles y confío en que esa parte de mí escapase con la última brisa de primavera mientras paseaba por la Avenida de la Constitución aquel día de junio, cuando tras despedidas agridulces, tenía la intuición de que el corazón ya no me pertenecía y que saldría disparado de mi pecho hacia cualquier lugar. Y así fue, al menos, en parte. 
Avenida de la Constitución (al fondo, Sierra Nevada)
Esa parte de mí, quizás, pidió permiso a la Inmaculada que preside los jardines del Triunfo y se elevó hasta Sierra Nevada, hasta la cima del Mulhacén, donde Dios sólo tuvo que agacharse unos metros para recogerla en su abrazo. O tal vez no fue así. 
Mirador de San Nicolás (barrio del Albaycín)

Tal vez, le gustaron tanto los atardeceres en el Albayzín, mientras la suave melodía de una guitarra flamenca rozaba el ambiente con un arte mágico y gitano, que se quedó allí, hechizada, contemplando la Alhambra y las casitas de pintura y cal bañadas por los reflejos rojizos y dorados del sol. Visión celestial como pocas... Puede ser

O que al descender, por las estrechas callejuelas a Plaza Nueva, la eclipsaran los espectáculos callejeros y la música de grupos como Elsa Bhör.

O también puede que, la mirada del muchacho que olía a tabaco, sudor y vino barato captara su atención aquella noche de noviembre en la Plaza de Gran Capitán. Me gusta pensar que fue así. Que aunque nunca más me reencontré con esa mirada auténtica que aun añoro, una parte de mí está con él, viéndole resurgir de sus propias cenizas, siendo así satisfecho uno de mis mejores deseos.

Lo más probable es que una de esas bonitas tardes de viernes, encontrase refugio en medio de unos amigos que buscaban mitigar la soledad con un tiempo de ocio en unos locales de Cáritas Diocesana, y entre intensas partidas de dominó y ping pong, descubriese que aquella compañía era única e inigualable.

Sin embargo, es posible que, esa parte de mí eligiera un lugar donde todo el mundo es bien acogido. Un oasis situado en una de las calles que cruzan Puentezuelas y que tantas veces atravesé. La calle Paz. En un pequeño monasterio donde ángeles de azul dan hospedaje a quienes, cansad@s de la frialdad de la ciudad, buscan una oportunidad para serenarse y mirar al cielo. Es posible que, si algún día vuelvo por allí, las Hermanitas del Cordero sigan cuidando de esa pequeña parte de mí.

Quizás, ese trocito de mí, deambule por los alrededores del Comedor Social de San Juan de Dios, mezclándose con esas personas sin nombre ni rostro y con el corazón tan herido que sólo quisieran dejar de sentirlo.

O siga paseando tan campante por el Cerro, buscando el abrigo de las cuevas y sus habitantes, acompañada por los sonidos de sus instrumentos, sus historias -a veces tristes, pero increíbles- y las vistas de la sierra y de esa ciudad, que embrujan el alma.

lunes, 9 de febrero de 2015

Entre el encuentro y la ausencia

A Sergio

Él. Siempre es él. Se asoma a mis pensamientos de puntillas. Sin hacer ruido. Y de pronto su presencia me asusta, incluso me avergüenza. Pero creo que me estoy acostumbrando.

Sólo le he visto una vez. Pero su mirada fue tan auténtica que bastó para que piense en él todos los días, a cada rato. La autenticidad ha pasado de moda y cuando la reconoces en una sonrisa sincera, ya no quieres separarte de ella.

En el autobús busco un rostro similar; entre la gente, un gesto parecido. Camino por las calles intentando hallar entre el deambular de personas sin nombre esa mirada que me proteja del olvido. Pero no la encuentro y es entonces cuando me desespero y mi deseo vuela hasta fusionarse con su recuerdo. Esa mirada oscura, brillante. Mirada humana.
"Me da miedo la enormidad, donde nadie oye mi voz"
Habitaba en las calles, su mundo entre botellas y cartones, envenenado de angustia. En compañía de la soledad y una gratitud eterna, paradógica, reflejada en sus pupilas. Alma de poeta y cuerpo herido de frío y realidad. Sueños de alquitrán. Un buscador, al igual que yo. Una presencia maldita para una civilización en ruinas. Una existencia entre sombras que aquel día iluminó la mía.

domingo, 11 de enero de 2015

El secreto de la mañana

Hoy he conocido la magia de mi ciudad. Veinte años viviendo en ella y apenas había intuido el secreto que encierra.

¿Alguna vez habéis paseado a primera hora de la mañana descubriendo los entresijos y laberintos de aceras y alfalto? Es entonces, -la ciudad despierta- cuando muestra en todo su esplendor los misterios desconocidos por los dormidos. Sus calles desiertas huelen a frío, a brisa... a los pasos recorridos por campesinos y señores a lo largo de la historia, a los besos prohibidos en lúgubres esquinas. Antes de que los comercios levanten sus persianas, la soledad te coge de la mano y te empuja por callejones oscuros con toques hippilonguis y ambientes especiados.

Hoy, el Rincón del Caballo Blanco era un espejismo de sol y silencio, apenas perturbado por paseantes de perros. Desde allí arriba he podido contemplar sin prisas toda la ciudad amurallada. A lo lejos, un ejército de amenazantes nubes negras enviaba ese aliento mensajero de sombrías intenciones a los árboles inquietos. Los montes de los alrededores parecían querer huir de la tormenta sin éxito. Humo y roca quedaban fusionados en una única frontera, en el límite que une cielo y tierra.

Después, mis pasos me condujeron hasta la Catedral, en un alto, presidiendo la capital norteña. Calles que bajan a lo mundano, empapadas por los primeros servicios municipales. Carteles y símbolos independentistas en los balcones que son parte de la cultura popular, me acompañaron en el descenso.