martes, 24 de julio de 2018

Querido abuelo,

¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ¿Sabes? Éste no es un cumpleaños cualquiera, porque a partir de los 90 ya se puede afirmar, sin dudas, que una persona es muy mayor. Así que alégrate por este último año que te queda de juventud rica en experiencia y sabiduría.

Tampoco para tu familia es un cumpleaños cualquiera. Es el primero que celebras en casa después del ictus. El primero que sabemos tajantemente que nunca volverás a ser el de antes (ni la abuela). Aceptarlo nos ha costado (y nos sigue costando) muchas lágrimas y noches en vela a mi madre y a mí. Pero no te pongas triste, abuelo... Sabemos que tú sigues ahí, con tu buen humor y tu genio, atrapado por esta enfermedad que tanto nos hace sufrir, sobre todo a ti.

Reconozco que echo de menos tu conversación, tus chistes malos y las expresiones divertidas en euskera. Echo de menos que me cuentes tu vida y esas anécdotas que repetías una y otra vez hasta que me las aprendí de memoria. Echo de menos verte pasear por el barrio, con tu txapela, tu bastón y tus gafas de sol, parándote a hablar con todo el mundo, que por algo eres el alcalde de Iturrama. Por añorar, hasta añoro lo bien que sonaba mi nombre en tus labios. Sin embargo, hay una cosa que no me hace falta recordar: tu sonrisa, esa sonrisa que muestras a quienes te saludan por la calle y que te reservas un poquico más con la familia, salvo si te chincho y te hago monerías como si fueses un niño. Porque tú siempre fuiste un poco niño, y por eso, en algunos gestos que todavía conservas, te reencuentro.

Hoy, celebro tu vida como cada año. Celebro cada uno de los 386 días que han pasado desde que renaciste. Celebro seguir compartiendo momentos contigo. Porque el recuerdo de estas tardes junt@s, más o menos divertidas, sea verano o invierno, renunciando a otros intereses o deberes, ya nadie me lo podrá quitar. Celebro teneros como abuel@s, porque mucha gente tiene abuel@s, pero no como vosotr@s y tampoco mantienen la relación tan especialmente bonita, estrecha y constante que nos une.

Has tenido una vida dura (y la yaya también), de guerra y de posguerra; trabajando desde que eras un crío: el campo, las vacas, la bodega..., yéndote lejos de casa en busca de sustento...; apenas fuiste a la escuela ni tuviste demostraciones de ternura por parte de tu madre, quien murió en tus brazos de chaval; conviviendo con tus suegr@s desde recién casado; emigrando del pueblo a la ciudad... Y por último, este golpe bajo a tu salud. Sin embargo, ¿te das cuenta de que has tenido una vida plena de sentido más allá de las dificultades? ¡Bravo, abuelo, bravo!!

Eres un ejemplo de fortaleza, de hombre currante, valiente, cercano con tod@s, ahorrador pero no apegado al dinero, sencillo, sin grandes pretensiones, que ni siquiera se planteó cuales eran sus sueños y sacrificó sus deseos, siempre tirando para adelante por su mujer y sus hij@s. Un ejemplo de persona buena.

Me encantaría ser así. Ahora que el éxito se traduce en grandes logros, que se exige una visión globalizada y el derecho a la ignorancia es un lastre porque hay que saber y opinar de todo. Yo quisiera actuar como tú, en lo concreto, en mi entorno. Y desgastarme en lo pequeño y no visible, aportando mi granito de arena dentro de una normalidad silenciada.

No sé cómo habrás sido como esposo (aunque no he visto a nadie querer tanto a su compañera de vida como tú a la tuya), ni como padre, hermano o amigo, pero como abuelo has sido el mejor.

sábado, 16 de junio de 2018

Oda a la peregrina

Anakephalaiosis
Y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende
("La vida es sueño", P. Calderón de la Barca)

Lleva equipaje ligero.
Un hatillo lleno de nombres,
mil rostros en el recuerdo
y proyectos infinitos para el camino.

Echa la vista atrás y mira:
los obstáculos sorteados,
las cuerdas rasgadas que ataron sus tobillos,
las pieles bajo las que se camufló,
las personas a las que decidió no imitar ni seguir
y otras rutas que renunció a recorrer.

El dolor que implica
el crecimiento,
la libertad,
curar las heridas
y poner nombre a la propia fragilidad.

El valor que exige
vencer los miedos,
decir que no,
decir que sí
-sobre todo a las personas cercanas-,
dejar de dar explicaciones,
seguir al corazón frente a lo socialmente aceptable,
enfrentarse a los mensajes negativos que, con malicia o sin ella,
llegan desde fuera para convencer de la ausencia de capacidad,
para cambiar la dirección, para bloquear los sueños.

Aprender (siempre aprendiendo)
que agradecer los dones no es orgullo
sino autoestima y conocimiento personal,
que no todas las luchas son violentas
aunque conlleven conflicto,
que ser más racional que sentimental
es más ventaja que inconveniente.

Perdonar (primero a una misma)
los errores,
las exigencias,
los cuchillos envueltos en palabras
-o en intenciones-,
la incomprensión...
porque no hay comunidad humana perfecta,
sino diálogo, paciencia, amor, confianza.

Aceptar (donde hay humanidad, hay límites, ¡qué maravilla!)
que no puedes andar cincuenta kilómetros en dos días
-aunque otr@s sí lo hagan-,
si estás hecha para caminar treinta en una semana.
Ella no desea competir, sino cooperar
y disfrutar del paisaje en buena compañía.

Y vio su reflejo en los charcos
y asustada rechazó volver a mirarse,
hasta que se limpió las pestañas
del barro y sus legañas.
Y tuvo que quererse así:
más real que ideal.
Menos de piedra y más de piel.

sábado, 12 de mayo de 2018

Personas mágicas

* A las personas bonitas de mi vida.

“Hay personas mágicas.
Te lo puedo asegurar.
Se encuentran escondidas por todos los rincones del planeta. Disfrazadas de normales. Disimulando su especial forma de ser.
Procuran comportarse como las demás. Por eso, a veces, es tan difícil reconocerlas. Pero cuando las descubres, ya no hay marcha atrás. No puedes deshacerte de su recuerdo. 
No se lo digas a nadie, pero dicen que su magia es tan fuerte, que si te toca una vez,
lo hace para siempre.”
La libertad significa no estar atada a nada... pero probablemente sí unida a muchas "cosas"

Cuando ella está a mi lado se me olvida el estrés de las oposiciones,
los posibles vacíos existenciales
y el picor que me produce la urticaria en los momentos y lugares más inesperados.

Cuando él está a mi lado se me olvidan los kilos de más,
mis heridas sin cerrar,
que tengo un trabajo a tiempo parcial
y que todavía vivo con mis padres.

Cuando ella está conmigo, ya no me importa saber si mi espalda me permitirá caminar los veintiséis kilómetros diarios que me separan de Santiago de Compostela,
no me importa madrugar, dormir poco y dormir mal,
ni tirarme un pedo en público.

Cuando él está conmigo, deja de preocuparme la pobreza de mi cuenta bancaria,
los silencios incómodos
y no tener nada nuevo que decir.
No me recrimino el no saber inglés ni desear aprenderlo.
No me preocupa no prever qué va a pasar al minuto siguiente, ni controlar donde estaré mañana.
No me interesa la política, las redes sociales, ni mi naturaleza antipática.

Si ella está aquí no me fijo en mis inseguridades y podría viajar al fin del mundo (aunque haga un calor excesivo y los bichos sean del tamaño de pelotas de tenis). 
No escucho consejos ni críticas, porque cuando hay ganas de más, que intenten derrumbarte es lo de menos... 
Y con “aquí” no me refiero sólo a que esté junto a mí. Es un “AQUÍ”, dentro de mí.

Me da miedo decírselo así, cara a cara, a bocajarro. Por no pecar de sentimental... ya sabes, eso es imperdonable para una tipa dura. Pero le quiero. Da igual si le conocí hace una semana o diez años. He descubierto el cariño que esconde su acogida, la simplicidad que se intuye en su conversación, la gratitud en sus vaciles, el cuidado... causa de tantos detalles. He tropezado con esas arruguitas que se le forman en la comisura cada vez que sonríe y esas chispitas que llenan sus ojos y cosquillean mis entrañas.

Él es más de amaneceres que de lunas llenas, pero el instante perfecto es cuando estamos junt@s. Más de hechos y menos de palabras. Su lenguaje es la cortesía. Lo que más me gusta es su mirada: te mira bonito, sin engaño ni segundas intenciones. 

El invierno le provoca desazón a ritmo de lluvia. Y es más de otoños que de primaveras. A veces, adopta la apariencia de tierna melodía triste, otras es vallenato y hasta llega a adquirir aspecto de comedia en blanco y negro. Si fuera un poema, el público aplaudiría al final de cada verso.

Ella no te dará un abrazo de repente, ni un beso, ni te dirá cosas bonitas que doran el ego. Su cercanía baila a un son diferente. Ella, sencillamente, permanecerá. Aunque el agua se torne fuego y el cielo se vuelva ceniza. Te acompañará cuando sea necesario. Con una alegría no siempre traducida en jarana y carcajada. Eso es lo que más confianza me inspira: es verdadera, no intenta comprarte, aunque a veces es difícil convivir con tal dosis de realidad.

“Ni etiquetas ni tomarse en serio cualquier idiotez, gracias”. Es embajadora de esperanza. Sanadora de intolerancias. Sin complejos. Transparente y trascendente. Sonrisa perenne. Espíritu trovador. Creadora de momentos inolvidables.  Soñadora de imposibles. Incansable guerrera. La humanidad por bandera. 

Ella es roca firme, pero también viento que se cuela por los resquicios y refresca. Capaz de pedir perdón aunque no sea culpable de nada. Incapaz de añadir comentarios negativos. Persona de firmes convicciones, de esas que te impulsan y que te empujan a saltar, creyendo en ti más de lo que tú crees. 

Poeta de lo cotidiano. Defensor del arte y de las calles. Libre, sobre todo, libre. 

miércoles, 11 de abril de 2018

Las niñas de verdad no pueden volar

La Niña Arcoiris volaba en línea recta. Hacia las montañas. No sabía por qué iba allí, pero debía dirigirse a algún lugar. Si no, volar no tendría sentido.

Volaba con los brazos extendidos en cruz y las piernas muy juntas. De vez en cuando, realizaba volteretas y piruetas en el aire, descendía dando giros hasta marearse y volvía a subir de un impulso, para continuar boca arriba con la cabeza apoyada en las manos y silbando. El gélido viento se colaba por el cuello de su pijama, produciéndole escalofríos.

De pronto, comenzó a nevar. Al principio, la nieve caía despacio y después con mayor intensidad, pero la Niña Arcoiris no se detuvo. Bajo ella, estaba cuajando muy rápidamente. Contempló el paisaje fascinada. Hasta donde alcanzaba su vista, todo se había cubierto de una espesa capa blanca. Jamás había imaginado nada semejante. Deseó ser uno de esos copos de nieve que caían lentamente desde el cielo, bailando sobre sí. Tan geométricamente perfectos, desprovistos de preocupaciones... Para acabar, finalmente, fusionándose con el suelo. Se lo pensó mejor: ella no quería una vida tan corta.

La visibilidad era casi nula. Volaba mirando el bosque que se extendía bajo sus pies, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza. Miró al frente: las montañas parecían más lejanas de lo que la Niña Arcoiris recordaba. Se sacudió el pelo y se limpió la cara, colorada por el frío. Intentó seguir adelante, pero volvió a chocar contra una pared invisible. 

Recordaba esa sensación. La había sentido en innumerables ocasiones cuando estaba en casa o en la escuela y oía el ruido de las bombas. Esa horrible sensación de no poder escapar. Había soñado cientos de veces con volar y huir de aquel lugar en el que había nacido y que envenenaba los corazones de pérdida, mientras unos pocos echaban a suertes los destinos de personas invisibles, sin importar si se las llevaban por delante para lograr sus objetivos.

Y además, el miedo. Un miedo que corroía las entrañas, como un monstruo que devoraba ilusiones, infancias y almas inocentes para seguir con vida. Nadie debería enfrentar jamás ese pánico que olía a destrucción, menos aún cuando no se había rebasado la mayoría de edad.

Quiso gritar, pero estaba sola. Volar ya no le parecía tan divertido. "Sólo quiero ser una niña", deseó en voz alta.