sábado, 9 de abril de 2016

Hija amada, por vocación

* Semana Santa Franciscana en Madrid'16.

- Te dije que lo que Tú quisieras, pero no era de verdad. Y no quiero “culparte” ni enfadarme por no haber cumplido MI voluntad. Pero no puedo evitar sentir tristeza. Estás tan claro y evidente en las personas sin hogar, Dios Mendigo... Estaba tan segura de que me traías aquí, de la mano de Francisco, para estar con ell@s y así estar contigo. Me hacía tantísima ilusión, que no puedo evitar sentir rechazo por un voluntariado en un centro para hombres con discapacidad. Tú lo sabías, ¿por qué me haces esto?

- Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde (Jn. 13, 7). ¿No me ves aquí, en estos hermanos tuyos que tienen la inocencia de unos niños y una ternura que me refleja? ¿No me ves crucificado y mendicante en ellos que también son excluidos y abandonados, quizás mucho más dependientes que aquellas personas que sufren la calle? ¿No encuentras una gran pobreza en carecer de salud? Haz el bien sin esperar nada a cambio (…) y serás hija de Dios (Lc. 6, 27 – 58).


lunes, 21 de marzo de 2016

El superpoder de cuidar

Lo opuesto a una cultura masculina de la violación 
es una cultura masculina afectiva: hombres aumentando 
su capacidad de dar cuidados (Nora Samaran)
Amar es cuidar. Hace tiempo que vengo dándole vueltas a este tema y al por qué a los hombres les afecta tanto en su masculinidad que se les pida que cuiden, ¿es que no aman? ¿Es que l@s hij@s no son también suy@s? ¿O sus madres/padres? ¿O la casa que siempre quieren ver limpia? ¿O sus camisas y calzoncillos? (Por supuesto, no hablo de aquellos que se deconstruyen, que cuestionan sus prejuicios y que no ayudan a sus parejas sino que hacen la mitad del trabajo doméstico, según les corresponde).

Una amiga tiene la teoría de que no es machismo sino desidia y el patriarcado sólo les reafirma para que no se sientan culpables por mantener unos privilegios ilógicos, mientras que con las mujeres hace todo lo contrario. Porque cuidar cuesta. Cuesta tiempo y cuesta esfuerzo. Pero lo que más cuesta es la obligación del cuidado a cambio de nada, gratis, a cambio de descuidarte, en nombre de un amor desinteresado, ilimitadamente generoso. ¿Por qué no se habla del síndrome de la cuidadora quemada que padecen tantas amas de casa? Hombres y mujeres deberíamos repartirnos las tareas, por justicia, por plenitud individual y porque así tendríamos más tiempo para el autocuidado, para las relaciones sociales, para las aficiones, en resumen, para disfrutar la vida. 

No podemos seguir plegadas a las necesidades, expectativas y deseos de los demás, para que nos quieran. No te dejes convencer por la imposición de "sufrir por amor". No valen los razonamientos estúpidos, ésos de "ellos no lo hacen tan bien, no saben", "friego los platos y hago como que no me doy cuenta de que la chapa está sucia, ya la limpiará ella...", "si por naturaleza, dais de mamar, también tenéis que cocinar" (No, no me lo invento. Lo he oído), "el instinto maternal...", "las mujeres caéis más en los detalles". No. Dímelo a mí que soy la persona más despistada sobre el planeta Tierra y ésto no me resta feminidad. Y tampoco sé cocinar, por cierto. Y no pienso planchar en mi vida. 
El cuidado debe ser libre, un espacio de igualdad, sin dominación ni subordinación.

Reivindicar el valor de cuidar
Una vez aclarado este aspecto, creo que el mayor superpoder que existe en el mundo es el de cuidar. Cuidar es amor en acción, en lo concreto. La política no soluciona problemas, no sólo de idealismos vive la persona y el dinero no lo puede todo. Cuando cuidamos entramos en el mundo de la otra persona, compartimos su intimidad y entonces, se inicia un mecanismo mágico que nos ensancha el corazón y nos conecta con la humanidad, con lo importante, con el sentido de la existencia. Cuidar nos ayuda a percibir nuestra debilidad, nuestra necesidad de comunidad, de no estar sol@s. Cuidar nos enseña verdades como puños como que no hay mayor regalo que la persona que tengo enfrente y que me acepta, dándome la posibilidad de acceder a su universo. Cuidar es proteger, velar, defender la dignidad de la gente, su derecho al bienestar, a la calidad de vida.

martes, 2 de febrero de 2016

La rebelión de los maniquíes desnudos

"Cuenta la leyenda, que hubo una vez
una manada de maniquíes que se opuso
a que los convirtieran en meras perchas de ropa y etiquetas..."

Hace tiempo que quería escribir sobre las etiquetas. Pero sin el deseo de criticar a nadie (aunque sí algo), porque supongo que muchas veces -y la mayoría de ellas inconscientemente- también yo intento cumplir con mi etiqueta, me aferro a ella para no ser contradictoria y no salir de mi zona de confort.
Me han llamado conservadora y revolucionaria, feminazi y provida, hipster y descuidada, hippie y capitalista. Para mi profe de ciencias naturales era la chica del 4'75. Mucha gente me tiene por una persona tímida y en otros ambientes, en cambio, soy la payasa. No me identifica ninguna de esas clasificaciones. No totalmente. Al menos, en esta etapa de mi vida.

También la publicidad, la sociedad, la familia nos impone ciertos roles que “debemos” asumir. Las mujeres “debemos” resaltar por encima de todo la belleza física y el servicio incondicional (si no, nos convertimos en feas, gordas y malas). Los hombres “deben” ser atléticos, fuertes, sin demostraciones de ternura (y menos con el mismo sexo) ni de debilidad. 

Por no hablar de cómo las mayorías etiquetan de forma negativa ciertos comportamientos de minorías, sólo porque no son los habituales para la cultura predominante. Según la teoría de la reacción social, intentamos cumplir con las etiquetas que nos ponen, por tanto, si tildamos a alguien de delincuente, esa persona lo va a ser (explicado a grosso modo). Y esto verifica que los conflictos sociales son una cuestión comunitaria y no sólo de individuos concretos. Pero ese es otro tema del que no escribiré hoy.

La verdad, sólo quiero ser yo, con mis defectos y mis dones, pero yo al fin y al cabo. Siempre en esa búsqueda incansable de la verdad y con ella, la justicia. Con ideas de diferentes colores, pero que soy capaz de razonar por mí misma, aunque eso conlleve no pertenecer a ningún grupo o a varios, pero no del todo. 

No quiero preocuparme por mi forma de vestir, por cómo llevo el pelo ni por mis gustos musicales; no quiero sentir culpa por ser quien soy, aunque tenga ilusiones estúpidas, sueños imposibles, comportamientos tradicionalmente masculinos y en muchas ocasiones me sienta a medio camino entre dos polos opuestos. Y lo que es más importante, no quiero controlar cada palabra que salga de mi boca, dependiendo de quien esté presente; ni poner trabas a mis pensamientos porque no se ajustan a la imagen que me gustaría tener de mí misma y dar a l@s demás. No voy a esconderme tras un muro. 

De hecho, el problema no es mío, sino de la mirada ajena que espera estereotiparme. Y en esa mirada estamos todas las personas, no importa la ideología. Todas demostramos nuestra intolerancia, nuestra hipocresía. Ya lo decía la gran Chavela “a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.
El único pecado que no se perdona en España es el de no tomar bando y resistirse a unirse a un rebaño u otro.
El que tiene mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego (C.R.Zafón)

martes, 1 de diciembre de 2015

La dama y su corcel

Desde septiembre de 2009 hasta agosto de 2015. ¡Gracias amiga!
"Había una vez
un ángel de El Kelaa Des Srharna,
en la región de Marrakech,
que durante un tiempo,
paseó por estas calles
y convivió con nosotras..."
El Kelaa Des Sraghna

Últimamente regreso a menudo a Tudela. A las calles, plazas y cafeterías a las que íbamos juntas, de las que ni siquiera sabías el nombre y te reías de ti misma. Camino hasta el Ebro, donde en aquella ocasión te pedí amistad eterna- rodilla hincada incluida- y una funda de cojín árabe como señal de compromiso. Tus carcajadas todavía resuenan en las aguas.

A continuación, me acerco a tu burrito. El primer día que te visité en Tudela, estuviste toda la tarde dándome la murga de que me tenías que llevar a ver al burrito, que era lo que más te gustaba de tu ciudad. Como poco, imaginé una gran escultura de un asno de mirada humilde y alforjas llenas. Debí intuir que tú te dejabas siempre sorprender y encandilar por cosas más sencillas, como la silueta de un pollino pintada en la pared desconchada de un edificio viejo. En mis sueños, me aproximo a él y le acarició el lomo mientras cierro los ojos... y siento que estás ahí, a mi lado, con tu perfume, tu risa blanca, tu sonrisa auténtica y tu presencia firme. Un ángel.

Nunca pensé que tendría que escribirte esto, así, en estas circunstancias. Hasta ahora sólo habíamos compartido apuntes (Arial 11, interlineado 1'5, ¡ésa eras tú!) y esos escritos tan nuestros que no nos atrevíamos a enseñar a nadie más.

Querida amiga, creí que había aprendido a mirarte en mis recuerdos desde el cariño y el agradecimiento, pero todavía queda mucha nostalgia. Es difícil despedirse de una amiga; es terrible asumir que no volveré a sentir ese feeling, esa confianza total, plena, inexistente con alguien más, que me llenaba de seguridad y alegría.

Y es que entendíamos la vida desde la misma perspectiva: lo personal, lo familiar, lo social, los estudios, la fe... aunque tú fueras musulmana y yo cristiana. Era gracioso cuando hablábamos: 

- Soy un bicho raro por esto que creo/siento/pienso/me ocurre... 
- ¡Y yo!! Entre mi gente, también soy a la única que le pasa”.

Sintonía perfecta. ¿Cómo era posible que la distancia y el tiempo no fueran impedimentos cada vez que volvíamos a vernos?

Todas las noches, antes de dormir, le pido a Dios que te diga que te quiero y tantas otras cosas que me hubiese gustado contarte y que no tuve tiempo. Que apliqué los consejos que me diste la última vez que nos vimos. Cosas de mi trabajo que sé que sólo tú escucharías y comprenderías de esa manera que sólo tú sabías hacerlo. Que agradezco las interminables charlas por teléfono cuando estudié en Granada, aunque tuviéramos exámenes al día siguiente; los encuentros personales ¡y los whatsapp Pamplona- Tudela y viceversa! Que añoro tu bondad espontánea, tu optimismo y tu forma de animarme los días. Que necesito tus abrazos, saber de ti, de tus bromas y teorías racionales. Que disfruté atendiendo tus preocupaciones, tus dudas e intenté darte lo mejor de mí como esperanza.

Recuerdo tu inocencia y cómo hablabas con desconocid@s como si l@s conocieras desde hace años. Recuerdo lo concreto: ¡cómo me cuidaste aquel día de julio que llovía a cántaros para que no me mojara porque tenía una celebración! Cuando me invitaste a merendar aunque estuvieras de Ramadán, y me explicaste que no lo pasabas mal, sino que llovían bendiciones para ambas. Aquel té en el Café Iruña después de nuestro último examen de primero, ¡el más difícil! ¡Cómo competíamos por la nota! Una tontería de lo más motivadora.