jueves, 19 de diciembre de 2019

Presencia

Presencia.
Una, única, inigualable.

Presencia
habitada y habitable.
Por la que soy inundada.
En la que vivo y
desde donde soy plena,
sin ser más de lo que soy.

Presencia,
que es tierra de encuentro,
hogar,
instantes compartidos con quien es diferente,
sin límites, ideas o fronteras.
Que es abrazo profundo, paterno y tierno.

Presencia
luminosa
y sumergida en las noches del mundo.
En la noche de la violencia,
de la enfermedad,
de la miseria,
de la incomprensión,
de la envidia y la venganza,
del egoísmo y la indiferencia,
de la persecución,
de la soledad,
del mal.
En mi propia oscuridad,
ancla de esperanza.
Sanando las heridas,
o evitando que sigan doliendo.
Pasando desapercibida.
Sin darme cuenta que es el faro que me permite continuar.

Presencia
inocente,
que ve siempre lo mejor,
de la que somos imagen,
la cual es reto y meta.

Presencia
traducida en sueños
y no en ensoñaciones,
en llamadas
y no en cantos de sirena,
en verdad pura
y no en fuegos artificiales.

Presencia
mendicante,
disfrazada entre los amigos que duermen en las calles.
Escondiendo el rostro entre tantos,
atravesando mi historia,
tomándome de la mano,
para susurrar palabras bonitas al corazón
que todavía no entiendo.

Presencia
tan evidente en la belleza.
Especialmente en la naturaleza,
en los animales
y en la música.
En un paisaje,
en la tormenta
y en los ríos de agua anegando las aceras.
En la niebla baja.
En el sol radiante.
En la noche clara.
El atardecer.

Presencia
libertaria y libertadora.
Esencialmente fraterna.
Palpable en la alegría regalada
y en los momentos de amistad.
En la risa y en el cuidado mutuo.
En las conversaciones sin malicia.
En esas miradas que miran bien.
En esas escuchas que buscan comprender.
En caricias que alivian el peso.
En el ímpetu de quienes luchan
pacíficamente
por la justicia y el bien común.
En quien te quiere sin amarras y te ayuda a crecer.

Presencia
cotidiana y sin grandes arrebatos.
Sin éxtasis.
Sin alienaciones místicas.
Sólo paz y esa mirada sobre mí.
Que no me quita nada.
Pero me acompaña,
está,
permanece,
confía.

Presencia
divina en un establo.
Presencia
despreciada por el mundo.
Presencia
amada
por l@s más pobres,
l@s desheredad@s
y por extranjer@s.
Presencia
tan sublime que se abaja
a la fragilidad humana,
a la fragilidad de la infancia.

¿Qué es Navidad sin ti?

lunes, 4 de noviembre de 2019

El ángel del tercer grado

Conocí a Manuel por correspondencia. Me lo pidieron como favor y acepté por sentir que hacía una obra de caridad. No tenía ni idea.

Al principio, me costaba rellenar un folio con anécdotas sin importancia y preguntas protocolarias, pero poco a poco, me fui animando. Le escribía acerca de mis aficiones y sueños, sobre mi familia, el trabajo, mi forma de pensar y de ver el mundo. Pronto, aquel desconocido de caligrafía elegante y precisa se convirtió en un amigo íntimo, sin apenas advertirlo. Me habían avisado: Manu era muy especial.

Me contestaba siempre, dándome sabios consejos desde esa humildad de quien se sabe indigno para intervenir de manera alguna en la vida de los demás. Según me contaba, antes de quedarse en la calle y dormir en las aceras de Madrid, Barcelona o París, vivió en Marruecos y Pakistán en un tiempo que no recordaba. Hacía diez años había sufrido un accidente que le había dejado amnésico y solo en el mundo. Hablar sobre ese pasado que únicamente podía imaginar a través de flashes y momentos inconexos que iluminaban su mente de repente le hacía sufrir. Lo sabía por las señales de sus lágrimas en el papel. No quise hurgar en la herida y preguntarle más, pero era consciente del dolor que esa incertidumbre le causaba.

Por aquella época, Manu estaba en prisión y allí dentro se dedicaba a enseñar a otros presos a escribir o dibujar. Él mismo realizaba retratos de sus vecinos de celda y de las instalaciones del centro penitenciario. A menudo, me enviaba alguna de sus pinturas y podía adentrarme, a través de sus ojos, en la vida de aquellos tristes prisioneros.

Siempre finalizaba sus cartas con un agradecimiento y el deseo de conocernos en persona algún día. Sin embargo, a mí me gustaba así, a distancia. Me gustaba imaginármelo, que su presencia física no me afectara para trabar una amistad profunda. Disfrutaba de esa relación mágica creada a través del papel y la tinta. Quizás fuera cobardía y esa paz perezosa de no tener que implicarse en exceso con alguien. Ignoraba que los anhelos de Manuel eran órdenes para un destino aburrido de castigarle injustamente y no poder vencerle.

jueves, 31 de octubre de 2019

El señor de las noches

"Henos aquí. Igual que en las grandes historias Sr. Frodo, las que realmente importan,
llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido?
Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar el paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, AUN CUANDO ERES DEMASIADO PEQUEÑO PARA ENTENDERLAS"
- Sam en 'Las Dos Torres' -


Era noche cerrada y una densa niebla desdibujaba los contornos. Había llovido y hacía frío. Mi aliento dejaba estelas de vapor en la bruma. La calle se hallaba desierta y el silbido del viento acompañado por el parpadeo constante de las farolas había sembrado en mí una inquietud. Respiraba con dificultad. La ansiedad me oprimía el pecho. En medio de aquel silencio aterrador, envenenado de una soledad marchita, se oía el eco de mis pasos inciertos, apresurados, y el crujir de la hojarasca bajo mis pies. La puerta del templo se encontraba sellada, velando el descanso de los clérigos y un viejo postigo golpeaba el cristal de una de las ventanas con vehemencia.

Sabía que no estaba sola. Era la hora de los fantasmas. Esos que te observan desde la oscuridad para asaltarte, devorarte y recordarte lo vulnerable que eres.

Entonces, la vi. Al principio, una llamita tenue que se hacía más vigorosa conforme me aproximaba. Debía ser la única hoguera encendida en toda la ciudad. De hecho, ni siquiera estaba segura de que estuviera permitido encender una fogata en plena acera, aunque estuviera en la periferia.

Él estaba junto al fuego. Cuidaba de que no se apagase, echando más ramas secas de vez en cuando. No me asustó su tosca presencia, porque todo en él transpiraba bondad. Sonreía como un niño que todavía no ha recibido una herida y, sin embargo, todo en aquel hombre parecía herido.

Vestía de sayal y se protegía de la humedad con una capa de lana de cordero. Pies descalzos y manos encalladas. El rostro era moreno, rugoso, marcado, como el de alguien que se ha expuesto al sol por demasiado tiempo. Me miraba. Y en su mirada, me encontraba inocente de nuevo. Con un gesto, me invitó a sentarme a su lado. No sé por qué intuía que él deseaba que yo estuviera allí, cerquita suya, como la niña de sus ojos. Y era imposible tenerlo tan próximo y resistir el impulso de abrazarle. Olía a incienso y mirra. Su abrazo era hogar y refugio seguro.

El semblante del hombre irradiaba una ternura infinita, una pureza eterna. Acarició mi mejilla con su tacto áspero, pero yo la acogí como la caricia más suave, cálida y sincera. Y su alegría serena era contagiosa. Por eso era tan bello. No podía dejar de contemplarle.

Hablaba con paz, narraba historias y contaba chistes como nadie. Su risa era la carcajada clara y espontánea de quien tiene un corazón simple. No había engaño en su boca. Quizás por eso, después de un rato, el temor se había esfumado. Podía confiar.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Un oasis al sur de India


India huele fuerte todo el tiempo. A especias, especialmente a curry. Y a algo más que está en el ambiente y se te pega en la piel, en la ropa y acaba metido en la maleta.

India es diversidad religiosa y los múltiples templos. Es Gandhi. Las fortalezas de piedra roja construidas para defender las ciudades. La historia de los mongoles por el subcontinente indio. Es la contaminación acústica y la polución producida por el tráfico. Es un caos de coches, motos y tuc-tucs esquivando baches. ¡Toda una aventura más que recomendable montarse en un rickshaw de pedales en Varanasi!

India son los vendedores ambulantes, la malicia en el regateo, las anécdotas que recuerdas con  humor, el picante, las calles inundadas de gente, las vacas sagradas, los monos, los barracones convertidos en viviendas, los aseos matutinos en medio de las aceras, los dentistas callejeros de dudosa competencia, la elegancia de las indias con sus saris, indios sentados de cuclillas apoyando los talones como si fuese sencillo, ese color de piel tan bonito... sobre todo al sur, más negro y aceitunado.

India es el agobio de pasear por sus calles estrechas entre el calor,  la humedad, el gentío, las miradas de los lugareños y la suciedad. India son las esperpénticas leyendas hinduístas, el sistema de castas y las bodas concertadas, aunque ya no estén tan de moda.

No obstante, India es mucho más que los edificios británicos en perpetua decadencia de Delhi o la ciudad rosa, el paseo en elefante y los palacios de maharajás de Jaipur. India es más que el espléndido Taj Mahal ante el que te quedas hipnotizada... Pero sí es la pobreza del orfanato para niñ@s con discapacidad que las Misioneras de la Caridad tienen en Agra, donde también hay un centro para personas con problemas de salud mental. India es su "namasté" entre risas y su gratitud por una caricia.
La belleza no es un lugar. La belleza es GENTE.
Yo diría que India es Varanasi/Benarés, su centro espiritual. Todo se mueve y palpita con mucha intensidad allí. El río Ganges, los bañistas y sus rituales, las cremaciones, los santones, la miseria... es una ciudad que parece recoger toda India, algo que no puede explicarse a través de las palabras o las fotografías. Varanasi es difícil de vivir, pero impresionante. Al menos para el turista que al final del día tiene un hotel donde descansar.

India no es fácil, pero no puede existir un país más interesante a nivel de pluralidad cultural.


Sabiendo como sé que viajar por viajar no es lo mío y el turismo por el turismo me deja indiferente, aproveché esta oportunidad por un único motivo: la Fundación Vicente Ferrer.