domingo, 3 de marzo de 2019

Miedos

Me da miedo que llegue el día en que me mire al espejo y no me reconozca. O peor aún, que me reconozca y descubra que soy como nunca quise ser. Como Dorian Gray, siendo en apariencia como la sociedad quiere, pensando y sintiendo como una autómata más, pero con el interior podrido, vacío. Ebria de egocentrismo e individualismo. La moda de las masas.

Me da miedo haberme perdido en ideologías, política; entre lógicas y razonamientos; olvidando lo esencial. Me da miedo embarcarme en mil aventuras con la pretensión de no encerrarme, de vivir, de salir del cascarón, para darme cuenta demasiado tarde que mi vida estaba entre quienes lo dieron todo por mí, en los momentos sencillos, en la simple alegría de compartir. Me da miedo el amor materno/paterno. Me da miedo apegarme. Me da miedo el egoísmo que me cubre de indiferencia, de argumentos para justificarme. Me da miedo acostumbrarme a la injusticia y a esa horrible distinción entre ricos y pobres. Me da miedo que la soberbia haya convertido mi corazón en piedra para siempre. Me da miedo que mis deseos sean, en un futuro, cadenas. Me da miedo soñar sueños fáciles que me inducen a una vida mediocre. Me da miedo no estar preparada para las grandes utopías.

Me da miedo la incoherencia entre mis valores y mis actos. Me da miedo ser consciente. Me da miedo no poder engañarte al respecto. Me da miedo ser insensible a los problemas ajenos. Me dan miedo las lágrimas de cocodrilo y desaprender el llanto. Me dan miedo los abrazos no sinceros porque duelen. Me dan miedo las palabras pronunciadas sin que pasen el filtro del corazón. Me da miedo las ataduras, pero me siento segura en su regazo. Me da miedo la inestabilidad, no ser capaz de desvestirme de este disfraz.

Me da miedo esa rabia que consume, el acomodamiento que aplatana, la sonrisa que se pierde entre las comisuras sin que nadie la reciba. Me da miedo no estar atenta y no caer en los detalles. Me da miedo el chantaje emocional y que “me coman el tarro”. Me da miedo la frivolidad, la crueldad, la agresividad diplomática. Me da miedo mi incapacidad para amar mejor e incondicionalmente. Me da miedo no saber o no poder hacer lo que debería. Me da miedo que me venza el desánimo, perder la esperanza, dejar de intentarlo. Me da miedo la mala memoria. Me da miedo quedar varada en el pasado, no recuperar partes de mí que se me olvidaron por el camino y me aterra pensar que no me reencontraré con las personas que lo hicieron posible. 

Me da miedo el país de Nunca Jamás y las despedidas; el "para siempre", la esclavitud a algo... o a alguien, que me mutilen las alas -o las ganas de volar-. A veces, me da miedo no ser recordada por gente que es parte de mí. Me da miedo no mostrarme quién soy a mí misma. Me da miedo no encontrarme, no encajar nunca en ningún sitio, no formar parte de nada, estar sola rodeada de incomprensión. Me da miedo el tiempo, que pasa, no se detiene, no retrocede y nunca vuelve.

Me da miedo no saber qué es verdad y qué no lo es. Me da miedo sentir miedo, no ser invencible, estar bloqueada, que la confusión me aprisione. Me da miedo acostarme cada noche preguntándome por qué hay personas maravillosas tan lejos de mí.

Pero, sobre todo, temo que el agujero negro me engulla y ahogarme en el fuel, sin estrellas, sin colores, sin arena donde merezca la pena dejar huella.

jueves, 28 de febrero de 2019

Capullolandia, un lugar donde (sobre)vivir

Érase una vez, en un reino no muy lejano llamado Capullolandia, bajo el lema de lo políticamente correcto, cada capull@ hacía lo que le daba la gana, siempre precedid@ por palabrería de alta gama que escondía valores no tan altos.

Gustaba a la ciudadanía capullina que se le dorara la píldora y se le palmease la espalda delante de multitudes. Era costumbre en l@s habitantes, denostar a otr@s, seguramente no tan capull@s y despreciarles por su origen, profesión, físico o aficiones, siempre quedando por encima, casi siempre a escondidas y entre el gentío.

Como en los otros reinos de la imbecilidad universal, en Capullolandia se gobernaba desde una dictadura invisibilizada, disfrazada de democracia.

jueves, 3 de enero de 2019

Síndrome de caballero

Todos los días sale el sol cuando se duerme bajo techo. Aunque hoy el día se ha levantado perezoso y la lluvia fina, mansa, da un aire melancólico al paisaje. Pero no le importa. Hoy comienza un nuevo año y está decidido a empezarlo con buen pie. Apenas ha conciliado el sueño debido a los nervios por lo que va a vivir en las próximas horas. Se siente eufórico. 

Ella duerme a su lado. La observa. Su respiración es pausada. Su cabello ensortijado oculta su rostro marcado por el tiempo y la desdicha. No encuentra belleza en sus rasgos, pero no le importa. Ha aprendido a valorar otros aspectos como la compañía, la comprensión y el cariño mutuo. No la conoce desde hace mucho, pero sospecha que es una pobre mujer que ha sufrido demasiado. Por eso hoy, le va a compensar por todo.

Se ducha con calma, saboreando la plácida sensación del agua caliente recorriéndole la piel. De pronto, escucha gritos y se imagina lo que ha sucedido. El dueño del piso la ha descubierto en su habitación y le recrimina que esté allí, se lo prohíbe. Sabe que tiene razón, que es el trato acordado. Exige que se larguen. ¡Qué desconsiderado! ¡Qué poca humanidad! Él no puede soportar esa falta de cortesía y le pega un puñetazo. Cree que le ha roto la nariz, pero no esperan a que llegue la policía para corroborarlo. Recogen sus escasas pertenencias y se piran. Nada ni nadie va a amargar su felicidad.

Le acompaña a la casa de baños para que se asee. Le ha comprado un vestido digno de una princesa. Cuando sale vestida y con una sonrisa enorme, se desencanta un poco. Había imaginado que le quedaría mejor. Pero ella le besa en los labios y lo amortiza. 

La conduce hasta el mejor hotel de la ciudad. Hace semanas reservó allí la suite principal con todo incluido. Cualquiera que los vea entrar con ese talante distinguido, puede pensar que son un matrimonio de la alta sociedad. Tras un suculento desayuno como nunca antes habían probado, él esnifa unas rayas de delicioso polvo blanco para continuar a tope, mientras ella entra en el jacuzzi. 

Entonces, algo falla de repente. Se ahoga, apenas puede controlar sus movimientos, un sudor frío le impregna la piel. Necesita salir del cuarto. Se dirige a la puerta a trompicones. Le parece oír la voz de ella como un eco lejano. Consigue llegar a la planta baja. Algunas personas le rodean y le hablan. Las piernas le flaquean y se derrumba en el suelo. Luego, se cierne sobre él una inmensa oscuridad.

domingo, 25 de noviembre de 2018

La abuela

"Si estás aquí es porque necesito conocerte
Y así las hijas de mis hijas
Sabrán que hubo una abuela
Que se acercó a mito"
- Rozalén -

"Vida, trabajo y humor..."

La niña siempre imaginaba a la abuela en blanco y negro, como en las fotografías de los viejos álbumes que había en casa. La abuela era una mujer corpulenta y cuando subía a su nieta sobre sus rodillas, ésta se sentía en el lugar más seguro del mundo, abrazada por esos enormes brazos y recostada sobre su pecho cálido. La abuela se dedicó a lavar y lavar, tal vez por esa razón se recogía el lacio cabello azabache en un moño que sostenía con una peineta de hueso y vestía con batas oscuras hechas a medida, con topos o flores blancas. A la abuela le gustaba la colonia y salir a la calle arreglada, aunque jamás se pintó, ni falta que le hizo.

Se casó con un mozo del mismo pueblo, labrador, al que conocía de toda la vida. Tuvieron once hijas, pero la abuela fue ama de leche de otras tantas criaturas. Era una mujer de carácter fuerte frente a un marido de talante tranquilo y amable, quien lloraba a moco tendido con las novelas del oeste y que, de vez en cuando, empinaba el codo y regresaba al hogar más cariñoso y alegre de lo habitual.

En las noches de verano, salían a departir con las vecinas y la abuela mandaba a sus niet@s a por agua a la fuente para refrescarse. Le gustaba jugar a las cartas y charlar. Se interesaba por la gente, pero no por malicioso cotilleo, sino porque realmente se preocupaba por unas y por otros. 

Las mañanas de sábado, la nieta se despertaba con el rico aroma a café recién hecho. Sus padres habían marchado a trabajar y en la cocina estaba la abuela. Al carecer de cafetera, hervía el café en puchero, al que añadía una buena dosis de azúcar y pedazos de pan seco. Las semillas molidas se filtraban a través de una manga y tintaban el agua mezclándose con el resto de ingredientes. Eran los desayunos secretos entre abuela y nieta. Quizás por eso, por el cóctel de confidencia, glucosa y afecto, se convertía en el mejor momento del día para ambas. Otros, eran las meriendas bañadas en chocolate, procedente de la tendera de la esquina, a la que la abuela mandaba a su nieta con una mirada pícara y un susurro cómplice.

La abuela tuvo una hija muy especial. Una hija que la cuidó en la vejez y con la que convivió gran parte de su vida. Esta hija contenía en la mirada la bondad del mundo y aunque a muy temprana edad tuvo que abandonar el hogar para trabajar en otras casas y servir a otros señores, la relación nunca se enfrió. Esta hija de ojos color mar también se casó con un hombre bueno y tuvo una hija y dos hijos. Más tarde, llegaron l@s niet@s. Y nunca nadie ha querido tanto a un@s niet@s como ella. Siempre ha estado ahí para ell@s, con esa sonrisa espontánea que se le salía al verles y que le hacía chispear los ojillos; para recibirles con un beso, una caricia o una de esas comidas que sólo las abuelas saben preparar. Ni una mala palabra salió de sus labios y si alguien la trató mal, ella se comportó con dócil magnanimidad, como la reina y señora que es.