Recuerdo la acogida de l@s niñ@s y cómo recibí con sorpresa esos abrazos "apretaos" a los que no costó acostumbrarse. Recuerdo algunas miradas concretas de esos ojos oscuros y limpios. Miradas en las que me parecía leer la necesidad de ser querid@s incondicionalmente y buscaban en la mía la promesa de otra vida posible. Recuerdo esas sonrisas que sanaban cualquier preocupación
superficial, que me enseñaban que ningún problema puede impedir la alegría. El menú bueno y sano del comedor, casi tan saludable como el afecto que se respira. El orden, la pulcritud y la sobriedad. Las clases de refuerzo, su letra de principiantes que empieza a mejorar y sus terroríficas faltas de ortografía. La subida a la ladera para volar las cometas, la dedicación de las "seños", los juegos de manos y los ratos de crear música con un cajón y una guacharaca. Recuerdo abrir los brazos el último día y sentirme arropada por una decena de "niñ@s lapa", que no me soltaban (ni yo quería que lo hicieran). Recuerdo el cariño y la ternura que me ensanchaba el corazón cuando les veía cada mañana o cada tarde, y todo el amor que me entregaban de forma tan simple y espontánea. Sé que soy una afortunada por haber compartido con est@s "pelaít@s" tan rebonic@s unos días tan especiales. Imposible no quererles.

Recuerdo las oraciones de la mañana en la capilla. Los desayunos con tinto, queso y papaya. Los conciertos de guitarra de Fray Jordi y lo espectacular que suena el flamenco por aquellas latitudes. La simplicidad. El gran apoyo del resto de misioner@s en los momentos bajos y cómo les eché de menos cuando nos dividieron. Los cuidados y detalles maternales de Marielo, su profundidad y ese "no se qué" que trasmite tanta paz; la magia y los chistes de Javi, su conversación y su fe capaz de mover montañas; la defensa de las causas justas de Maricruz, sus ideas, su optimismo y buen ánimo infatigable; el arte y la gran sensibilidad de Arturo, la comprensión, la calma; y la memoria infinita de Clara, su dinamismo y su fortaleza ante las adversidades.
Recuerdo el trato amabilísimo y educado, sin palabras malsonantes. Las expresiones colombianas. Las noches fraternas en la terraza. Recuerdo disfrutar de la presencia de los frailes y de mis compas, de escuchar sus cosas y sentirme privilegiada. Recuerdo el día que fuimos a Sincelejo, la capital de Sucre, y cómo dieron una vuelta para que viéramos la famosa iguana de azulejos y entráramos a un centro comercial, donde todo parecía demasiado en comparación con lo que habíamos conocido hasta el momento. Colombia, país de contrastes.
Recuerdo emocionarme escuchando las historias de las personas mayores que venían al comedor, admirando su resistencia y su capacidad de renuncia para que sus hij@s pudieran comer y estudiar, educándoles como mejor podían o sabían, aunque much@s lo han olvidado y no mantienen contacto con sus madres o padres. Sin embargo, qué resiliencia la de nuestr@s ancian@s ¡y qué ritmo!
Recuerdo los paseos por los caminos de tierra, visitando enferm@s... y a mí me acongojaba llegar sin avisar y que además nos ofrecieran algo para tomar, como si fuéramos alguien importante. Me asombró el anhelo con el que esperaban la Comunión cuando no se podían desplazar a la iglesia y la gratitud por nuestros rezos.
Recuerdo su
confianza en un Dios bueno, sin atisbo de duda. Una fe popular, que se refleja más allá de los muros de lo privado. Recuerdo esa forma de vivir tan diferente a la de España, tan "al día", tan poco organizada ni cuadriculada, de horarios sumamente laxos.
Recuerdo los trayectos hasta los corregimientos en el pickub, extasiada ante el verde paisaje sabanero e intentado mantener el equilibrio entre la multitud de baches y el tráfico vacuno. Recuerdo la disponibilidad de D. Jorge (la exprimimos al máximo, creo yo). Recuerdo esos descansos en el bohío y el suave balanceo de la mecedora. Recuerdo lo mal que lo pasé en algunas reuniones porque se me cerraban los ojos sin remedio y ¡qué pena (vergüenza) quedarme siempre la última comiendo! Recuerdo despertarme a palanganazos de agua y la mezcla de sudor, crema solar y loción antimosquitos embadurnando la piel. Recuerdo Coveñas y las olas de agua tibia del Mar Caribe. La peregrinación al Señor de los Milagros (Villa de San Benito Abad, Sucre) y la gente linda del Mamón, aunque yo ese día estaba con marejadilla intestinal. Recuerdo nuestra efímera estancia en las Llanadas, lo bien que nos atendieron, sobre todo la juventud de allá, y las pésimas condiciones de tant@s ancian@s en soledad.
Recuerdo mi primera salchipapa y esa risa contagiosa de Fray Oto que hubiese querido embotellar para traerla a Pamplona. La teología del realismo de Fray Jorge con esa pizca de locura que le caracteriza y que él asume tan ricamente. El curro de Fray Antonio para cuidar de l@s niñ@s como un papá (ése que a tant@s les falta) y también de nosotr@s. Recuerdo a Chicho, el gato del convento, sus mordisquitos y la paciencia que el pobre animal tenía que tener con sus dueños. Recuerdo ver a los tres frailes entregados a su labor parroquial, en los proyectos, en los coles, en los corregimientos... desgastándose en silencio, sin aplausos y con buen humor. Viviendo lo ordinario de modo extraordinario. ¿Cómo no sentirse abrumada de gratitud con estos hombres de Dios que nos abrieron de par en par las puertas de su hogar, dándonos todo lo que son, lo poquico que poseen y cuya presencia nos esponjaba el alma?
Recuerdo las despedidas con un "Dios le bendiga", las Eucaristías en Santa Clara con un montón de monaguill@s escoltando al sacerdote y dejándonos anodadad@s con su respeto y el control sobre los protocolos litúrgicos. Recuerdo con especial devoción la canción de "¡Clara, Clara, Clara!
Clara es tu nombre".
Recuerdo la vitalidad de la juventud costeña, su testimonio, autenticidad e idas de olla, su disfraz de franciscano conventual -que me quedaba fenomenal- y el compromiso en los diversos grupos. Las fotografías, los bailes y sus intentos fallidos para que mis caderas adquirieran movimiento. Aquel paseo hasta el centro de Corozal guiadas por ese angelito con gafas. Las charlas con esas "seños" que nos amenizaban y nos hacían reír. Las queremos a pesar de los vaciles en los que siempre caía (¡ya no más!). El regalo de la amistad, espero conservarlo y gozarlo hasta el próximo reencuentro.
Me dijeron que a Corozal es fácil llegar, pero difícil de olvidar. Y tenían razón. Quiero volver.
Rumbo a Medellín
En Medellín, agradecí el cambio de temperatura que me sirvió para despejar la mente. Disfruté de ese acento paisa que me tiene enamorada y me dejé maravillar por la belleza del paisaje: una ciudad entre montañas.
Sin embargo, el cambio a una ciudad grande como Medellín fue brusco. A las problemáticas familiares y a la pobreza impuesta se les unían la corrupción, la droga y la mafia de las bandas, por las que llegué a sentir verdadera repugnancia. Me pareció una tesitura mucho más triste y perversa.

Aprendí muchísimo de la descorazonadora realidad de las mujeres. Están completamente desprotegidas. Visitamos sus casas o chabolas, donde muchas residen en condiciones de hacinamiento y conocimos sus dificultades. No son situaciones que se puedan resolver de la noche a la mañana, pero el proyecto de los franciscanos es un buen punto de partida. En
una sociedad tan machista, donde los hombres se dedican a fabricar hij@s,
pero no tienen los huevos de ser padres; las mujeres son las que
trabajan, cuidan y se organizan.